La educación, según Fernando Savater
Savater y Jaume reflexionan en este capítulo sobre la pedagogía y la labor de enseñanza del filósofo español
En esta nueva entrega de las conversaciones que Fernando Savater mantiene con Andreu Jaume, se aborda el problema de la educación, cardinal en la disciplina filosófica. La filosofía nació en la democracia como un proyecto de reeducación de la ciudad y, por tanto,, nunca ha dejado de ocuparse de la cuestión. Savater ha dedicado toda su vida no solo a ejercer la docencia, sino a meditar sobre ella y a defender su importancia en la conformación de la condición humana.
A continuación, la conversación al completo:
PREGUNTA.- Querido Fernando, vamos ahora con otro asunto cardinal desde todos los puntos de vista y que se confunde con el ejercicio filosófico: la educación. Desde sus inicios, la filosofía en Grecia está asociada de alguna manera con la pedagogía, la reforma, la educación.
RESPUESTA.- La pedagogía y la democracia nacen a la vez en el mismo sitio. Cuando uno se dedica toda la vida a la enseñanza, tiende a magnificar mucho la importancia de la educación y reconozco que a mí la educación siempre me ha parecido decisiva, no porque yo crea que la educación resuelve todos los problemas, sino porque la solución de todos los problemas tiene una parte de educación. Los griegos educaban porque no se sabía para qué iba a servir el ciudadano. En Grecia, que siempre miraban hacia Persia para ver lo antagónico, los persas no necesitaban educar, necesitaban enseñar destrezas: el hijo del arquero sería arquero, el hijo del agricultor sería agricultor. Entonces cada uno estaba ya destinado a una cosa y no hacía falta ninguna educación. En cambio, para los griegos, como uno iba a ser, simplemente, ciudadano, no había ninguna clave segura de lo que necesitabas. Por ello te enseñaban todo lo que se pudiera enseñar; de ahí la importancia de la educación. Educamos para ser lo que tengamos que ser dentro de una ciudadanía civilizada; lo que los antropólogos llaman la neotenia de los humanos. Dicho de otra forma: nacemos dos veces. La primera, del útero materno; la segunda, del útero social. El nacimiento social es la educación. Por supuesto, la educación es una imitación. También los animales aprenden. La mayoría de los monos que más se nos parecen imitan. Lo que pasa es que la imitación de los seres humanos es coactiva. Nosotros obligamos a imitar, que no es lo mismo que imitar. La educación es esa imitación coactiva gracias a la cual se transmiten las cosas. Por eso es un disparate esa idea que hay que «dejar al niño que improvise». Un niño vive en la eternidad y, por lo tanto, no tiene ningún interés en ponerse a estudiar matemáticas. Nosotros somos los que fastidiamos la vida a las criaturas, pero porque creemos que hay una buena razón.
P.- Pero no solo porque lo creemos. Tú has escrito un libro estupendo, El valor de educar, todavía vigente, en el que la educación se parece mucho más a un arte que a una técnica o una ciencia, que se descubre en el ejercicio diario.
R.- Porque la educación tiene muchos objetivos imprevistos. Uno de mis preferidos es Kant. Decía: «El objetivo más importante que se consigue en una escuela es que los niños estén sentados cinco horas sin hacer nada». Claro que no.
P.- Cosa que es muy difícil. Pero, volviendo a esa cuestión de la educación y de la relación prácticamente nativa entre filosofía y pedagogía, cuando decías que la revolución que se produce es que lo que se enseña ya no es tanto un contenido, sino algo muchísimo más complejo. Y eso tiene que ver con la configuración de lo que es lo humano.
R.- En la Política, Aristóteles dice: «Antes de gobernar, habrá sido gobernado». La educación te enseña a ser gobernado. No puedes hacer lo que quieras. Cuando estás aprendiendo, tienes que aprender de una forma determinada. Gracias a esa disciplina, luego podrás gobernar. A mí me hace gracia cuando dicen que quieren bajar la edad de la participación política a los 16 años. Los griegos hasta los 30 no participaban en la vida de las ciudades y a mí me parece más razonable. Creo que habría que hacerlo a los 30 y después de un examen previo.
P.- Es importante insistir en eso, porque el proceso de lo humano es un proceso de convertirse en humano. No viene dado. Decía Ortega: «El tigre es lo mismo ahora que hace 3.000 años, pero lo humano siempre es un aprendizaje». Es decir, hay que humanizarse y, por la misma razón, uno se puede deshumanizar también. Esa es la cuestión y la diferencia entre una cría de un animal que sale a la naturaleza, que sabe lo que tiene que hacer por una carga genética animal, y una cría humana, que es muy frágil, pero tiene una cosa que el cachorro no: una apertura, que es lo que la educación fomenta.
R.- Hay esa tendencia a decir que el ser humano es un animal más perfecto y es al revés. Si vemos la extremidad de un león, por ejemplo, zarpas con una fuerza prodigiosa; o las aletas de un delfín, para nadar; son herramientas enormemente especializadas. Sin embargo, un brazo humano no es tan fuerte como la zarpa del león ni nada tan bien como el delfín, pero las puede imitar y, además, puede tocar el piano, disparar un misil… La imperfección humana es la que permite hacer muchas cosas. Los animales son perfectos, pero solo sirven para lo que sirven. Las habilidades de los animales son excelentes. No hay leopardos torpes, pero no saben ser más que leopardos. En cuanto cambian las circunstancias —no hay gacelas, se altera el clima, etcétera—, desaparecen porque no tienen capacidad de adaptación.
P.- Por eso también podríamos decir que el ser humano es un deber, que está asociado a la ética desde el principio y, por tanto, a la educación. Decía Julián Marías que en eso era muy clara la lengua, porque no es tanto la pregunta «¿qué es el hombre?» como «¿quién es?». Esa es la esencia.
R.- La esencia del hombre es múltiple y varía. Los persas no educaban, pero instruían. Un arquero sabía lo que era ser un buen arquero. No es una cosa caprichosa, sino que ser un buen arquero tiene unas normas y se pueden transmitir, pero en cambio no sabemos lo que es ser un buen hombre. En Ética para Amador mencionaba esto mismo y decía que era un buen futbolista. Yo ponía como ejemplo del buen futbolista a Butragueño, porque sabes lo que es ser un buen futbolista; lo que es un buen hombre, no. Ese es el tema. Educar para ser un buen hombre es educar para una multiplicidad de situaciones que abarca lo moral, lo técnico, lo intelectual, etcétera.
P.- También es la apertura de esa duda, de que no sabemos exactamente para qué sirve el hombre.
R.- Vivimos improvisando. Todos los seres humanos, incluso los que hayan seguido más claramente su trayectoria, han improvisado. Y, sobre todo, cuando uno llega a viejo y mira hacia atrás, es como: «¿Quién me iba a decir a mí que las cosas se iban a hacer de esa manera?».
P.- Quisiera abordar también una cuestión que tú comentas en El valor de educar, que es que la educación también parte, para empezar, de la constatación de la ignorancia.
R.- Eso es lo más importante para el profesor. Considero que he sido un buen profesor, pero lo he sido por ignorancia. Los sabios que lo saben todo son muy malos profesores. Tuve compañeros en la facultad muchísimo más sabios que yo, pero que, claro, se desesperaban. Un sabio cree que el conocimiento es algo que todo el mundo desea, y la mayoría de los jóvenes desean muchas cosas, pero no el conocimiento. En cambio, cuando uno es ignorante, entiende lo que los demás no entienden. El arte de explicar las cosas claramente es comprender qué es lo que les cuesta comprender a los demás.
P.- Por eso un buen maestro no es el que reprocha la ignorancia a los alumnos, sino el que constata que la ignorancia es indispensable para llegar a saber algo.
R.- Es que los alumnos tienen derecho a la ignorancia. Siempre he tenido fama de tener muy mal genio y es verdad que a veces tengo la mecha corta, pero me decían que con los alumnos nunca lo tenía: porque tienen derecho a la ignorancia, a no saber nada y a ser unos pelmazos. Lo que no puedo es, digamos, exigirles a los alumnos que sean cómodos para mí. Al contrario, soy yo el que tiene que ser cómodo y útil para ellos.
P.- El buen maestro es el que, de alguna manera, hace ver a sus alumnos que la ignorancia, en el fondo, nunca desaparece.
R.- Saber es saber que no sabes todo. El famoso «Solo sé que no sé nada» socrático lo que quiere decir es que, cuanto más sabes, más amplio es el océano de lo que ignoras. Siempre he dicho que, entre el ignorante y el sabio, el verdadero ignorante es el que cree que tiene las respuestas de todo. Los sabios saben que no tienen las respuestas de todo, ni muchísimo menos.
P.- Hay un libro de Julián Marías: Felicidad humana, con un párrafo en el que habla del malentendido del éxito y se refiere a esa vaciedad que embarga a mucha gente que se cree exitosa. Y dice Marías: «Es que el problema está en el malentendido de creer que el hombre puede llegar, cuando el hombre se define porque nunca llega».
R.- El viaje es lo que es importante.
P.- Tú has hecho una labor educativa muy importante porque tienes algo que no es tan fácil de encontrar, porque hay muchos intelectuales que se encasillan en su saber o en su disciplina y se dedican a practicar un lenguaje mistérico para unos pocos. Tienes una enorme capacidad para explicar cosas muy complejas a todo el mundo. Eso es mucho más difícil de lo que parece.
R.- La mayoría de los profesores, muchos profesores, sobre todo de primaria y secundaria, quisieran ser conferenciantes en salas donde estuviera todo lleno de premios Nobel. Si tú lo que quieres es hablar para premios Nobel, no puedes dar clases.
P.- Es incompatible.
R.- Dar clase es renunciar a tu imagen mental de estar con un areópago de sabios. No, tú estás delante de una serie de gañanes que están entretenidos con otras cosas y ninguno tiene mayor interés en escucharte. A partir de ahí es donde tienes que funcionar.
P.- Y tienes que despertar, excitar su interés.
R.- Lo más difícil de la enseñanza es que el alumno se interese. A mí me decían: «Has logrado que los jóvenes se interesen por la filosofía». Pero no, yo he logrado algo mucho más difícil: que los jóvenes se interesen por el profesor de filosofía. Yo no conozco a ningún chico de 14 o 15 años al que no le interesen las preguntas filosóficas. De hecho, es la edad en que inventas las preguntas filosóficas que te interesan. Lo que no les interesa es lo que les dice el profesor. Porque cuando ellos están interesados en el tiempo, el profesor se pone a hablar de Heráclito. Lo difícil es que se interesen en lo que dices.
P.- Pero cuando le das importancia al niño, le haces preguntas y le das la certeza de que él puede contestarlas, es cuando se interesan.
R.- Por eso en Las preguntas de la vida lo que intenté fue romper la imagen esa de que hay que empezar a explicarles a los chicos la filosofía por Tales de Mileto, que es un señor indescifrable.
P.- Hay que volver a las preguntas intempestivas.
R.- Si tú le empiezas a hablar, por ejemplo, de la muerte, que era un poco lo que sorprendía más… Es que si no muriésemos, no tendría ningún interés hacernos preguntas sobre las cosas.
P.- Luego también otra cuestión que abordas en El valor de educar: que la educación es cómo nos damos cuenta de hasta qué punto las voluntades se modifican entre sí. Es decir, que es la manera que tenemos de darnos cuenta de que nos relacionamos con los demás.
R.- Que vivimos con y para los semejantes. No es cierta esa idea que los colectivistas dicen de que vivimos para la sociedad, no. Vivimos para los semejantes, que es distinto. Nadie desearía una vida sin semejantes. Nadie querría las cosas que desea si no tuviera un público. Si no tuviera un público humano, que es el que rebota las cosas que deseamos. Los objetos no nos sirven como compañía. La obsesión esta que hay actualmente del animalito de compañía… El animalito de compañía es porque no tenemos la paciencia para soportar a nuestros semejantes. Y entonces, claro, un chucho siempre es más fácil de manejar que una persona.
P.- Es mucho más fácil aguantar a un animal de compañía que a un ser humano.
R.- «El mejor amigo del hombre». Hay que ver qué vil tiene que ser un animal para dejarse llamar «el mejor amigo del hombre».
P.- En El valor de educar tienes una frase muy memorable e inmejorable: «La educación es la revelación de los demás».
R.- Es lo que es. Y es lo único que echo de menos de haber dejado la enseñanza: ni la facultad ni las reuniones de departamento, echo de menos a los alumnos, porque te dan la sensación de que te mantienes joven. En el fondo es todo lo contrario: ellos son cada año más jóvenes, mientras que a cada año que pasa tú eres más viejo. Pero te da una sensación de que, cuando los ves, no pasa el tiempo.
P.- Una reflexión también muy iluminadora dices: «A través de la educación no nacemos tanto al mundo como al tiempo».
R.- Porque lo primero que aprendemos es que el mundo no ha nacido con nosotros. Todos los jóvenes, más o menos, piensan que el mundo nace cuando nacen ellos y que lo que hay antes, en el fondo, o es mito o no interesa.
P.- De hecho, la decadencia de la educación provoca que uno tenga cada vez menos memoria, ¿verdad?
R.- La educación se basa en explicar que el mundo es anterior a ti y que tú, para de alguna manera saber en qué mundo vives, tienes que enterarte de lo que pasó antes. No puedes simplemente decir: «Bueno, a mí solamente me interesa lo que me toca ahora».
P.- Es curioso porque Ortega, en los años treinta o cuarenta, hablaba de la aurora de la razón histórica. Y él sostenía que el ser humano del siglo XX estaba más capacitado para hacerse cargo de todo el pasado, que nunca habíamos tenido tanta apertura al pasado. Y es verdad. Pero, en cambio, se equivocó al profetizar que seríamos mucho más conscientes del pasado. Nos hemos ido cerrando a ese pasado también.
R.- Hoy estamos tan familiarizados con el pasado que a veces no sabemos qué es pasado. El acceso a bibliotecas enteras con solo tocar un botón… Antes, el pasado ocupaba mucho sitio y había que levantarse del asiento para buscar el libro que hiciera falta. Hoy está todo al alcance de la mano y, por lo tanto, de alguna forma estamos mucho más cerca de todo lo que ha ocurrido. Todo eso nos da una familiaridad con el pasado nunca antes vista. Antes el pasado era era misterioso, estaba envuelto en brumas que había que excavar para que apareciera de algo. Esa familiaridad no quiere decir que nos interese más, sino simplemente que lo tenemos más cerca, pero solo por tener algo cerca no significa que nos interese.
P.- Pero a veces también hay un problema imaginativo, porque una cosa es tener acceso técnico a ese pasado y otra es ser capaz de imaginar lo que fue ese pasado. Y, en ese sentido, nuestra época se distingue por haber penalizado, por haber criminalizado el pasado y haberlo reducido a una serie de tópicos ideológicos que muchas veces son muy empobrecedores.
R.- Sobre todo por aplicarle siempre nuestra moral y nuestra visión del mundo. El disparate más absurdo este del woke: «Qué malo era Julio César». Aplicar nuestros prejuicios actuales.
P.- Cuando se habla de si Cervantes era gay… Cervantes pudo tener experiencias homosexuales, que se llamaban sodomitas en aquella época. Pero lo que es seguro es que no era gay, porque no existía eso.
R.- Ni la visión que se tenía entonces de esas cosas, para bien o para mal, era la misma que hay ahora. Empeñarnos en aplicar los criterios actuales al pasado, primero, no tiene sentido, porque no lo podemos remediar.
P.- No lo podemos remediar, pero es que además el conocimiento cada vez más profundo del pasado nos obliga a suspender todas nuestras certezas.
R.- Toda esta historia inventada, por ejemplo, de lo que eran los pueblos primitivos en América antes de llegar los españoles. Es decir, los aztecas eran muy malos. Los aztecas eran aztecas.
P.- Justamente, se ha dado una impresión totalmente falsa de que toda civilización preoccidental, por así decirlo, era inocente de todo pecado que nosotros hemos pervertido.
R.- El mal y el bien existían desde el principio. Probablemente, las mitologías o las fábulas religiosas son más sabias que las nuestras, que no son unas normas históricas. El mito de Caín y Abel es más interesante que la idea de una pureza. Que había un paraíso, pero que el paraíso tenía su serpiente y que podías escuchar tanto el rumor del río que corría como la voz de la serpiente, es un mito, pero un mito útil para darte cuenta de cómo era el pasado.

P.- Y eso también, de alguna manera, nos ilustra acerca de los problemas que ha generado dejar de escuchar al mito para escuchar solo la voz de la ciudad y del deber ser, esa falsa ecuación entre imaginación y ética.
R.- La Ilustración, que fue fundamental en muchas cosas, también mató cosas importantes. Con el intento de hacernos menos prejuiciosos de lo que éramos antes, mató historias que era importante conocer, porque tener prejuicios es empezar a tener juicios también. Carecer completamente de prejuicios quiere decir que careces completamente de interés moral. Los prejuicios son el comienzo de la moralidad. Es malo quedarte solo con los prejuicios, pero también es importante que los prejuicios te inspiren el deseo de perfeccionarnos moralmente.
P.- Y esto nos da paso a hablar de esa cuestión que anunciaba antes, de esa dicotomía entre educar e instruir. Ferlosio sostenía que educar es siempre adoctrinar y que, en cambio, instruir es simplemente transmitir unos saberes libres de cualquier asociación ideológica o moral. Y tú decías que no, que eso es prácticamente imposible y que toda instrucción siempre conlleva una educación.
R.- A mí lo de adoctrinar, en principio, no me parece tan mal en general. Al niño pequeño le tienes que convencer de que no tiene que meter los dedos en el enchufe antes de poder explicarle cómo funciona la electricidad. Luego ya habrá un momento en que él mismo o tú le podréis decir cuál es el peligro de meter los dedos en los enchufes. Pero, antes de eso, es importante que sepa que no se pueden meter, por si acaso. Aprender a comportarse es parte de la educación. El comportamiento no es espontáneo y renunciar al salvajismo innato que todos tenemos y que en algunos momentos dejamos salir fuera es parte importante de la educación. Lo que decía Kant, que lo que se aprende en la escuela es estar sentado en un sitio escuchando a otro, eso es importante. Yo creo que aprender a comportarse es una dimensión de la educación, como lo es, efectivamente, aprender técnicas instrumentales.
P.- Hay una cosa que me parece que es muy profunda y compleja, relacionada con los valores. Ferlosio hablaba de la peste de los valores, los denostaba siempre por su degeneración, probablemente por su manipulación política e ideológica. Pero la cuestión de los valores me parece a mí que es interesante y muy respetable. Decía Ortega que, probablemente, en una capa profunda, el valor deja de ser subjetivo u ornamental y tiene una profunda carga objetiva.
R.- Es cierto que la monetización en valores de la ética es tramposa. La ética creo que tiene más de voluntad y de intención que de obtención de trofeos morales. Pero saber que existen esos trofeos y que son distintos en las distintas civilizaciones es importante. Una de las cosas que tenemos que aprender es que los valores de los aztecas no son los que tenemos nosotros. Y es importante, si quieres juzgar, saber cuál era su juego de valores para entender su civilización.
P.- Esa polémica con Ferlosio entre educar e instruir también revela hasta qué punto hubo un pensamiento muy activo en el siglo XX contra la escuela, y Ferlosio creo que era muy contrario a la escolarización canónica.
R.- Todo eso era mi primera ruptura antes de la ruptura con la izquierda. Yo empecé con eso. A mí me parecía que es más importante que un niño vaya a la escuela que lo que le enseñan en la escuela. Estar sentado con otros niños es más importante que lo que le vayan a enseñar en la escuela, mientras que Ferlosio creía que el niño lo que tenía que hacer era escaparse de la escuela.
P.- Él lo puso en práctica con su hija.
R.- Siempre he tenido un fondo completamente opuesto a eso. Yo creo que la escuela es civilizadora. Una de las cosas más difíciles que hay para la gente que no sabe lo que es la educación —entre los cuales están muchos pedagogos— es que creen que la escuela o la pedagogía están para enseñar a los niños a seguir siendo niños siempre. No: la escuela está para enseñar a los niños que no van a seguir siendo niños siempre y que van a tener responsabilidades de adultos. Les puede gustar más o menos, pero la vida es eso. La vida es saber que hay otra cosa además de la niñez. A lo mejor, si nos hubieran dado a elegir, todos hubiéramos preferido una niñez eterna. Pero no es el caso.
P.- La crisis de la educación y su desprestigio tienen que ver con la crisis de la autoridad. Tú lo comentas en El valor de educar. La autoridad viene, en latín, de «ayudar a crecer». En ese sentido, es una cosa perfectamente defendible.
R.- Tú, que eres un gran musicólogo, sabes que los grandes músicos son los que ayudan a oír música.
P.- Absolutamente. Y, en ese sentido, traes a colación una cita de Hegel que dice: «Ser libre no es nada. Llegar a ser libre lo es todo».
R.- Hegel lo vio muy claro. El ser libre no tiene importancia. Ahora, de la libertad animal a la libertad civilizada y humana, eso sí es un camino importante.

P.- Hay una frase estupenda en El valor de educar que es: «La cultura no es tanto consumir como asumir».
R.- La idea esta de que hay que acumular y llenarnos como si fuéramos almacenes… Y en las escuelas, a veces, a los niños a lo mejor se pecaba de exceso en convertirlos en almacenes en vez de en fábricas. No hay fábricas sin un almacén, pero lo más importante es la fábrica.
P.- En sintonía con lo que defiendes, también decía Arendt que la educación es inevitablemente conservadora y que los padres que renuncian a la autoridad en realidad renuncian a hacerse responsables del mundo en el que han puesto a los niños.
R.- Esto lo veía muy bien Arendt. Los maestros tenemos que ser conservadores para que los niños puedan ser libres. Si el maestro es el revolucionario, ya se ha fastidiado el niño.
P.- Porque la educación lo que hace es conservar la posibilidad de que el niño cambie las cosas.
R.- Claro. Pero, para eso, para que el niño se rebele contra la realidad, la realidad tiene que tener un abogado, y ese es el maestro. El maestro es el abogado de la realidad. Y luego, cuando le explique lo que es la realidad, el niño puede rebelarse contra él, pero después, a partir de que haya conocido lo que es la realidad.
P.- Luego también tratas en el libro la cuestión de la crisis de las humanidades. Dices una cosa sobre la que yo he meditado bastante: que lo importante no es tanto lo que se enseña, sino cómo se enseña. Yo, por ejemplo, he conservado toda la vida un gran amor por las lenguas clásicas, por el latín y el griego, pero porque tuve un gran profesor, Juan Telmo, en el colegio San Francisco de Palma. Porque justamente nos enseñaba de una manera que no era la rutina de aprenderse las declinaciones, que eso no tiene ningún sentido.
R.- Todo se lo debemos a los buenos profesores que hemos tenido. Todos hemos tenido algún buen profesor de algo. Yo supongo que lo que me ha interesado es el buen profesor de literatura. Eso es lo que ha sido decisivo. No hay asignaturas malas, sino malos profesores.
P.- Absolutamente.
R.- Es verdad también que hay algunos casos de torpeza con todo lo que es matemáticas… He sido de una torpeza extraordinaria. Me parece que no puede haber nadie que sepa menos que yo. Cuando hice la reválida aquella, cuando tenía 14 años, hacías los ejercicios de matemáticas y luego los de letras, y de ahí salía la media que te permitía elegir carrera. La idea era que tenías que saber ciencias y letras. Yo hice el examen y causé cierto revuelo en el Ramiro de Maeztu porque saqué 0 en ciencias y 10 en letras. Ellos me decían: «Tienes que saber algo». Y, bueno, al final me perdonaron y pasé, pero, efectivamente, yo no sabía nada de matemáticas y, en cambio, me defendía en lo otro.
P.- Lo importante es hacer entender o explicar por qué son importantes el latín y el griego. Es una forma de pensar y de ver la vida desaparecida, por ejemplo. Eso es lo que realmente puede ser interesante para alguien hoy en día.
R.- Sobre todo si hay un buen profesor. Es verdad que, visto desde un punto de vista puramente pragmático, no le vas a encontrar una utilidad fácil. Lo que pasa es que hay muchas cosas que no sabes qué utilidad tienen hasta que las conoces. Te dan una visión del mundo más rica o más compleja que lo que te daba no tenerlas. La anécdota famosa con Sócrates de que, a los 70 años, empezó a aprender a tocar la flauta, y cuando le decían por qué había que tocar la flauta, él decía: «Para saber tocar la flauta cuando me muera». Ese enriquecimiento no sabes lo que te da hasta que lo tienes.
P.- Para terminar, quisiera abordar un asunto que es la universalidad. Dices que la educación también tiene el deber de enseñar la universalidad democrática, que es algo que está muy mal visto en nuestra época. La universalidad se suele asociar a una forma de dominio occidental y eso ha provocado muchos malentendidos y muchas desviaciones.
R.- Es como lo de los museos, que hay que devolver cada una de las piezas del museo al lugar de donde vienen. Pero la cosa es más complicada de lo que se cree, porque hay que enviarlo al lugar de donde vienen y al tiempo de donde vienen. Enviarlas a Roma puede ser fácil, pero enviarlas al siglo II a. C.…
P.- Eso tiene una asunción que es falsa, porque no hay ninguna cultura que tenga un lugar estable.
R.- Eso, por supuesto.
P.- Pero sí que la enseñanza de la universalidad democrática apela a que hay un fondo común.
R.- Todos, en cuanto descubrimos alguna pieza antigua, lo que descubrimos es un ser humano. Esa fábula con la que Nabokov explicaba cómo nace la literatura: el niño que está cuidando el rebaño de sus padres y llega un día corriendo, diciendo «¡El lobo, el lobo!». Y no había lobo alrededor.
P.- Para terminar, podríamos concluir con esa idea que recuperaba Hannah Arendt en su ensayo sobre la crisis de la educación, que es una idea que recuerda de Cicerón, que dice que «ser culto significa ser capaz de elegir buena compañía entre los hombres y las cosas, tanto en el presente como en el pasado».
R.- Eso es saber que existe el pasado y que también es parte nuestra. Que el pasado nunca es el de los demás, sino el nuestro. Reconocer eso es importante.
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