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Cultura

Un libro rescata las memorias de las mujeres extranjeras que escribieron sobre la Guerra Civil

Ana R. Cañil sigue en ‘Rescatadas del olvido’ los pasos de las extranjeras que, escribieron sobre España en el siglo XX

Un libro rescata las memorias de las mujeres extranjeras que escribieron sobre la Guerra Civil

La periodista y escritora madrileña, Ana Ramírez Cañil.

Cuenta en su libro Rescatadas del olvido (Galaxia Gutenberg, 2026) Ana Ramírez Cañil que, en el verano de 2022, estaba con Lourdes Lancho, en el programa A vivir que son dos días de Cadena SER, realizando una sección estival sobre los escritores que aparecieron en su libro Los amantes extranjeros, que se publicó ese mismo año, cuando ambas se dieron cuenta de que apenas habían tratado mujeres, más allá de Edith Wharton y Katharine Lee Bates. Y se dijeron que no podía ser, concluyendo que el próximo año iban a dedicar la sección completa a tratar sobre mujeres, dedicando Ramírez Cañil así el siguiente otoño a la búsqueda de mujeres extranjeras que hubieran estado, vivido y escrito sobre nuestro país.

En esa indagación, refiere Ramírez Cañil a THE OBJECTIVE, que fue donde halló de primeras a Nancy Cunard, quien fue para ella un descubrimiento y la escritora que abre su más reciente libro. Nancy Cunard era una de esas frívolas niñas ricas y bellas de la sociedad londinense, «de las de cuento», a la que, sin embargo, el desgarro de la Primera Guerra Mundial, con la muerte de amigos y amantes, convierte en activista y revolucionaria. De ahí su venida a España y su pasión por la democracia instaurada por la II República española. Musa y modelo de los surrealistas parisinos en los años veinte, llegó a Barcelona el 11 de agosto de 1936, escribiendo 30 artículos para el Manchester Guardian donde cubre la caída de la Ciudad Condal y su huida junto a los refugiados durante la retirada hacia Francia. Sus textos son artículos llenos de viveza, subjetivos y llenos de emociones. Y esta será una característica de la quincena larga de escritoras y periodistas recogidas en este volumen, a excepción de Sylvia Plath y Vita Sackville-West, ambas también extranjeras de visita en España, pero la una en 1949 y la otra en 1956, con visiones y experiencias de la realidad española bien diferentes a las de los tiempos de la contienda fraticida.

Para comenzar con la búsqueda de las huellas de todas estas escritoras, Ramírez Cañil fue a visitar a Olga Arcos, responsable del Memorial de Argelés, indagando sobre esos rastros de aquellas mujeres que escribieron más sobre la vida cotidiana, sobre ciertos ratos de frivolidad que, sin embargo, y en opinión de Ramírez Cañil, no ocultaron lo trascendente. Mujeres que vieron, sintieron y escribieron sobre ello.

«En general, nos cuenta la autora, y aunque las cosas han cambiado, ir a una guerra por seguir a tu amor o llorar ante niños muertos o con hambre, preocuparse por su ropa interior bajo un bombardeo —si me mata una bomba al cruzar la Gran Vía, llevo el sujetador sudado desde hace tres días, por ejemplo— u observar a las mujeres de negro que solo tienen un trozo de tocino rancio para echar en el puchero que alimenta a la familia, a niños y viejos, son más actitudes femeninas». Y añade que «a los corresponsales más importantes —Herbert Matthews, Jay Allen, Henri Buckley o el eterno citado, Hemingway— se les pedía que no escribieran en tono lacrimoso. A ellas les da igual, no tienen tanto sentido del ridículo ni que presumir de machotes. Hablo en general, claro. Las mujeres fueron menos al frente, pero miraron mejor la retaguardia y tenían menos miedo a los sentimientos». 

No todos los casos referidos en este libro son iguales, pues sí hubo algunas mujeres más implicadas en la cercanía de las refriegas, como por ejemplo Virginia Cowles, una joven destinada a ser una niña pija de la sociedad de Boston, quien, a pesar de comenzar su estancia en el país buscando los testimonios humanos de hospitales y hogares de la retaguardia, acabaría siendo una notable cronista y testigo de dos notables episodios que vivió España en aquel momento, como el sucedido con el secuestro del que fue objeto el general soviético Gal (y que ella misma habría de presenciar), en el bando republicano, y las amenazas que sufrió en el bando franquista de parte del empresario Ignacio Rosales (hijo de alto cargo de Tabacos de Filipinas) y el capitán Aguilera (conde de Alba de Yeltes) para que no contara la realidad de lo sucedido en Guernica, y que la llevaron a huir de España por miedo a ser detenida. Nos lo confirma Ana Ramírez Cañil, que la Cowles «tuvo contrastada la verdad sobre el bombardeo de Guernica por los fascistas sublevados. Concretamente, por los militares que ya estaban en El Bohío o la Mataleña, la última residencia del lehendakari Aguirre en España antes de salir para el exilio. Le confirmaron con rotundidad que habían bombardeado Guernica». Así, avisada por Kim Philby (el luego famoso espía británico para los soviéticos) de su inminente detención, cuando llegó a San Sebastián, no tuvo más remedio que huir. Como dato curioso, podemos decir que la linda damita bostoniana consiguió una entrevista con Mussolini en 1935 para el grupo Hearst y que en 1938 estuvo en Núremberg tomando un té —con casi 70 personas más, eso sí— con Hitler, de quien dijo que era «un hombrecillo corriente y más bien insignificante».

Rescatadas del olvido nos lleva así de la Barcelona de Nancy Cunard al hotel de Tossa de Mar (la conocida como «la perla de la Costa Brava») de Nancy Johnstone (que sirvió durante la guerra para albergar refugiados); a los artículos sobre Madrid en el semanario de la Sección Española del Socorro Rojo Internacional, Ayuda, de Tina Modotti, la así conocida como la Mata Hari de Stalin; al Madrid de la Oficina de Prensa Internacional (sita entonces en el edificio de Telefónica de Gran Vía), de Ilsa Barea-Kulcsar, esposa del novelista Arturo Barea; a la guerra con pieles y tacones de Virginia Cowles; a la mirada del valle de Tajuña de Josephine Herbst. De la Valencia de Kate Mangan a la visión sobre los efectos de la guerra y los bombardeos entre niños, madres y abuelas de Andrée Viollis, una mujer entonces de 66 años y que se había graduado en la Sorbona, amén de ser la única mujer firmante de la convocatoria del II Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura (entre los que se encontraban Alberti, Bergamín, Machado o André Malraux).

De las peripecias del matrimonio formado por Gamel Woolsey y Gerald Brenan, en la Alpujarra y Málaga, y del relato que Woolsey hizo de la caída de Málaga en su libro El otro reino de la muerte, a la visita de Vita Sackville-West a Málaga en 1949 y que le sirve para reconstruir la memoria de sus raíces españolas en su libro Pepita. Para Vita, se ha de decir, España significaba una memoria vergonzosa; el carácter heredado de su madre (una mujer manirrota, excéntrica y genial, egoísta, ciclotímica y gritona) se lo atribuía a su sangre española.

Se diría así que este libro es un esbozo mirado con ojos extranjeros que constituye ese primer borrador de la (intra)historia española durante los primeros momentos de la contienda, más desde atrás, desde la periferia. «Durante la guerra y la posguerra fueron mujeres que ofrecieron otro ángulo de la historia. No entendían de la marca de los tanques o de los pistolones, pero miraban cómo se las tenían que arreglar las mujeres españolas (esas mujeres siempre vestidas de negro y dignas) para sobrevivir y mantener la retaguardia, entendida esta como la vida doméstica que hay en todas las guerras», nos cuenta Ana Ramírez Cañil. Y añade que «aunque hay testimonios de las propias mujeres españolas (siempre menos, claro, que masculinos), las cronistas contenidas en este libro veían desde fuera a nuestras abuelas, madres o tías las venidas de los otros países (con democracias avanzadas) y son datos importantes que hubieran sido útiles en nuestra historia. Y sus reflexiones de admiración sobre la dignidad ante la pobreza, en la guerra y en la posguerra, de las mujeres de nuestro país. Justo en estos momentos oscuros había que profundizar aún más», para acabar matizando que «ahora vemos que ningún derecho de la mujer está conquistado para siempre». De ahí, pues, la contemporaneidad de este libro. 

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