La Real Armería renace
La reapertura de la Real Armería de Madrid, supone la recuperación de un auténtico tesoro de arte e Historia

El incendio de la Real Armería en 1884, según una ilustración de la época.
Felipe II fue apodado ‘el Prudente’ por su carácter previsor. Gracias a esa característica podemos hoy gozar de los mayores tesoros artísticos del patrimonio nacional, pues en su testamento prohibió expresamente que se vendieran las obras de arte de la colección real. Eso impidió que se hiciera la acostumbrada almoneda, es decir, la venta de objetos de valor para liquidar las deudas del difunto. En el testamento, Felipe II detalló que no se podía enajenar la armería, la tapicería y las pinturas, por ese orden, estableciendo la jerarquía del aprecio.
Un «tapiz rico» de Bruselas, es decir, con hilo de oro en su confección, era en efecto más caro que un cuadro de Tiziano, por citar al pintor más cotizado. Pero por encima de ambos estaban las armaduras de los armeros imperiales de Augsburgo o de Milán —que tenían prohibido trabajar para clientes extranjeros—, que a su condición de auténticas obras de arte carísimas unían el valor simbólico de haber sido usadas por el soberano en tal o tal batalla. «La armadura era un atributo esencial del príncipe y, en tal condición, ocupaba un lugar nada despreciable en la representación de su autoridad y majestad», dice Pierre Terjanian.
Cuando Tiziano pintó el retrato ecuestre de Carlos V en la batalla de Mühlberg, estableciendo así la imagen canónica del soberano universal, lo representó vestido con la armadura que había forjado Desiderius Helmschmid en Augsburgo en 1544. Desiderius era un genio en el arte de la armería y adaptó dicha armadura a las exigencias anatómicas de Carlos V, que padecía de gota. No es de extrañar que se convirtiera en la favorita del emperador, que no solamente la llevó en la guerra contra Francia para la que la habían encargado, sino también tres años después, en su más famosa victoria contra los príncipes protestantes alemanes, la batalla de Mühlberg.
La pintura, una de las obras cumbre de Tiziano, se puede contemplar en el Museo del Prado, pero la armadura que la inspiró está en la Armería madrileña, ahora reabierta. No por casualidad se exhibe teniendo como telón de fondo un tapiz rico en el que aparece Carlos V, en armadura, pasando revista en Barcelona a las tropas con las que va a emprender la conquista de Túnez, la última cruzada victoriosa de la cristiandad contra el islam. Esa tapicería es una de las más apreciadas de la soberbia colección real (hoy Patrimonio Nacional) y la realizó el tapicero de Bruselas Willem de Pannemaker sobre cartones de los pintores Vermeyen y Pieter Coecke van Aelst.
Varios paños de la serie, junto a otros de los trabajos de Hércules, arropan la planta principal de la Real Armería, que ha permanecido cerrada cerca de dos años precisamente por los trabajos de iluminación que se han realizado en esta sala, recreando el lucernario que en el siglo pasado permitía entrar a la luz natural. Considerada dicha luz perjudicial para las obras de arte, según los criterios actuales, se ha sustituido por una iluminación LED perfectamente lograda.
Bajo esta nueva luz, el visitante de la Armería puede hacer un recorrido por la Historia. Aquí hay espadas del Cid Campeador, de Alfonso X el Sabio, de Fernando el Católico, del Gran Capitán y de Pizarro. Aquí está la daga de Boabdil, el último rey moro de España, el soberano nazarí al que los Reyes Católicos arrebataron Granada en 1492, poniendo el punto final a la Reconquista. Todos los grandes hitos de la Historia de España tienen su testigo en esta gran colección, la más importante del mundo junto a la imperial de Viena, aunque la colección austriaca es más numerosa, pero carece de las joyas españolas.
Si citamos, por ejemplo, «la más grande ocasión que vieron los siglos», como llamó a la batalla de Lepanto Cervantes, que combatió y fue gravemente herido en ella, encontramos en la Real Armería las armas y la celada de Alí Bajá, el casco adornado con versículos del Corán que llevaba el almirante en jefe turco en Lepanto, y que don Juan de Austria le arrebató como botín de guerra.
Periodo convulso
La Real Armería fue mimada por los reyes Austrias y Borbones durante tres siglos, pero al llegar el XIX vivió un periodo tan convulso como lo fue para toda la historia de España. Cuando se produjo la traicionera invasión francesa de 1808 que dio origen a la Guerra de Independencia, la Armería sufrió especialmente por los más diversos avatares. En primer lugar, dando muestras de su indignidad, Fernando VII le regaló a Napoleón poco antes del Dos de Mayo una de las joyas históricas de la Armería, la espada del rey de Francia Francisco I.
El monarca francés había sido capturado por tres soldados españoles en la batalla de Pavía y vino como prisionero de guerra a Madrid, donde cumplió casi un año de cautiverio. Pocas veces en la historia se puede presumir de haber hecho en batalla un prisionero de esa categoría, y la espada de Francisco I era el símbolo de aquella hegemonía que tuvo sobre el mundo España en todo el siglo XVI.
Pero a la pérdida de calidad sucedió la de cantidad. A finales de 1808, Napoleón avanzaba con su Guardia Imperial contra Madrid, que su hermano José I había abandonado tras la derrota francesa en Bailén en julio de ese año. No había prácticamente fuerzas militares españolas que se lo impidieran, pero el pueblo madrileño se dispuso a enfrentarse al francés como había hecho el Dos de Mayo. Como las autoridades no les daban armas (terminaron linchando al regidor de la Villa), acudieron a procurárselas a donde las había, a la Real Armería. Fue un saqueo justificado por las necesidades de la guerra, pero desapareció un gran número de armas de fuego y blancas.
La puntilla a la Real Armería se la daría una frivolidad de José I en 1811, la celebración de un gran baile en el edificio de la Real Armería. Para ello era necesario «quitar de en medio» las soberbias armaduras atesoradas por los reyes de España, y las armas en general, que fueron arrumbadas a las buhardillas del edificio sin orden ni concierto. La gran colección de la monarquía hispánica, a la que solo se aproximaba la imperial de Viena, había desaparecido, y así permaneció durante casi cuatro décadas de guerras civiles, revoluciones y golpes de Estado.
La resurrección de la Real Armería tuvo lugar en 1849, durante el reinado de Isabel II, y el hombre clave para lograrlo fue José María Marchesi, militar que desde los 14 años había estado implicado en las guerras civiles que padecía España. En tiempos de Espartero, incluso fue condenado a muerte por haber intentado el secuestro de Isabel II, entonces niña, y salvó la vida huyendo al extranjero. Volvió cuando Espartero perdió el poder y fue nombrado director de las Caballerizas Reales, un cargo que incluía las responsabilidades sobre la difunta Real Armería.
En 1844, Marchesi decidió recuperarla, para lo que empezó por encargar un inventario completo a Gaspar Sensi, un experto italiano de la Academia de Perugia, a la vez que se emprendía la restauración tanto del edificio que había levantado Felipe II a mediados del XVI como de las armas y armaduras. La Real Armería fue abierta de nuevo, a la vez que se publicaba en 1849 un minucioso Catálogo, obra de Antonio Martínez Romero, un erudito en muchos campos del conocimiento al estilo renacentista.
Sin embargo, sería después de varios cambios de régimen político, revoluciones, magnicidios y guerras civiles cuando Alfonso XII dio el gran paso hacia la modernidad al nombrar director de la Real Armería al conde viudo de Valencia de Don Juan. Más allá de su título nobiliario y sus cargos como diplomático, el conde don Juan Bautista Crooke y Navarrot era arqueólogo y académico de la Real Academia de la Historia, y desde que llegó a la Armería, concibió la idea de convertirla en un museo abierto al público.
Realizó un trabajo enorme de organización y reordenación de la colección y se recuperaron del extranjero algunas obras expoliadas. Pero su obra magna sería el Catálogo Histórico-descriptivo de la Real Armería de Madrid, publicado en 1898, realizado con criterios científicos, basándose en documentos históricos garantizados, como el Inventario iluminado de 1544 y el manuscrito de la Relación de Valladolid, de 1557. Todos los catálogos posteriores se han basado en el del conde de Valencia de don Juan.
España vivía durante esos años del reinado de Alfonso XII en una tranquilidad que no había conocido desde 1808, gracias a la Restauración inventada por Cánovas del Castillo, con el turno pacífico en el gobierno de dos grandes partidos, Liberal y Conservador. Pero incluso con un país en paz y prosperidad ocurren desgracias, y en la noche del 9 al 10 de julio de 1884, en vísperas de abrir el llamado «Museo Militar» al público, una explosión de gas provocó un incendio en la Armería. El edificio de Felipe II quedó en ruinas, y muchas piezas valiosas de la colección se perdieron.
Alfonso XII decidió reconstruir la Real Armería, pero murió al año siguiente. Después de su muerte, su segunda esposa, María Cristina de Habsburgo, dio a luz un varón, que automáticamente se convirtió en rey, Alfonso XIII, pero durante muchos años ejercería ella la regencia. El pueblo de Madrid había adorado a la primera mujer de Alfonso XII, la sevillana María de las Mercedes, pero no sentía mucha simpatía por María Cristina, a la que llamaba ‘Doña Virtudes’ por su beatería. Realmente era casi una monja, vivía en un convento como abadesa de la Imperial y Real Institución Teresiana de Damas Nobles del Castillo de Praga, cuando la sacaron de allí para casarla con Alfonso XII, y durante su regencia la más notable actividad social de palacio era el rezo del rosario de la reina con sus damas.
No es extraño que a doña Virtudes se le ocurriese que, en vez de reconstruir la Real Armería en su emplazamiento histórico, era mejor levantar allí, frente a la fachada principal del palacio, una catedral para Madrid, la Almudena. La mejor colección de armaduras del mundo fue así relegada a las arcadas de la Plaza de Armas, pero aunque su emplazamiento no sea el que le corresponde, el tesoro es deslumbrante.
