Chino Moya: el arte digital y el colapso de las utopías
THE OBJECTIVE conversa con el artista, que presenta su obra ‘Metapope’ en Madrid y en la Saatchi Gallery de Londres

El artista Chino Moya.
El artista y cineasta Chino Moya, cuya obra explora temas como el colapso de las utopías o la tecnoespiritualidad, presenta su premiada obra Metapope en las salas de Conde Duque en Madrid y en la Saatchi Gallery de Londres. THE OBJECTIVE se reúne con este creador, afincado en Londres desde hace dos décadas, que ha sido galardonado con el Premio BMW de Arte Digital y actualmente prepara dos nuevos largometrajes: «El cine apela más a la emoción y el arte a las ideas, pero en ningún caso deberían ser excluyentes», nos dice…
PREGUNTA.- Es madrileño, pero vive hace mucho en Londres…
RESPUESTA.- Me vine a Londres por impulso hace 2 años. Empecé trabajando en publicidad, haciendo videoclips por mi cuenta. Me tocó vivir un momento muy bueno en el sector. Había directores extraordinarios haciendo videos musicales —como Chris Cunningham— que capturaban la imaginación popular y eran como estrellas. Llegué justo al final de ese ciclo donde Londres era el epicentro de todo aquello.
P.- ¿Qué elementos coincidieron para que se gestara esa generación tan recordada de directores y publicistas londinenses?
R.- Hubo dos o tres factores clave. Era un momento de bonanza económica y había grupos musicales muy potentes dispuestos a invertir en sus vídeos. Bandas como Radiohead y Björk, que producían videoclips a gran escala. Además, coincidió con la aparición de las herramientas digitales aplicadas a la imagen en movimiento. Fue el boom de la manipulación digital: empezaron a hacerse cosas que antes eran imposibles. Había directores nuevos muy talentosos, buenas ideas y clientes dispuestos a asumir riesgos. Todo eso terminó con el crash financiero de 2008.
P.- ¿En qué momento dejó la publicidad para dedicarse al arte?
R.- Yo empecé haciendo videoarte, aunque creo que el término ya casi no se utiliza. Hice exposiciones, pero la publicidad acabó ocupando todo mi tiempo. Con el tiempo sentí que lo que realmente quería era hacer cine y dedicarme al arte. Después de rodar mi primer largometraje (Undergods, 2021), la Colección SOLO me contactó para presentar un proyecto. Hice Deemona: un tríptico y fotografía de gran formato que representaban un mundo futuro, una civilización humana generada por la inteligencia artificial. Esa idea ya la había planteado en Digital Witness, un videoclip que hice para St. Vincent. En SOLO expandí ese universo, esa obra viajó mucho y, a partir de ahí, mis proyectos de videoinstalación empezaron a coger tracción rápidamente.
P.- La película Undergods plantea una distopía fantástica y de ciencia ficción de una Europa en decadencia ¿de dónde nace la trama?
R.- Desde el primer borrador supe lo que quería contar. Aparecieron muchos elementos de mi infancia: nací un mes y medio después de la muerte de Franco y un año antes del inicio de la democracia en España. Crecí en una especie de limbo histórico, entre el final de una utopía —o distopía— católica y fascista, y el comienzo del sueño neoliberal y ultracapitalista de los ochenta y noventa. Vi colapsar un sistema y luego la promesa de otro que también terminó colapsando. En la película se cruzan muchas dimensiones paralelas y esa idea de una Europa con estructuras patriarcales que colonizaron el mundo entero para finalmente quebrarse.
P.- ¿Qué fue lo más complejo de hacer ciencia ficción con tantos efectos especiales?
R.- Los efectos especiales son muy técnicos. Los directores no siempre ejecutan los procesos, pero cuando un director entiende cómo se hacen y cómo se terminan aplicando, se nota. Yo aprendí esas herramientas en la publicidad; siempre me interesó mucho la manipulación de la imagen. En Undergods fue complejo, porque no teníamos un gran presupuesto, así que desarrollé mi propio sistema. Rodamos en localizaciones reales, sobre todo en exteriores de países excomunistas como Estonia y Serbia, utilizando calles y grandes avenidas. Después envejecimos y destruimos digitalmente los edificios en posproducción.
P.- Menciona siempre que el cómic es una parte importante de su imaginario creativo…
R.- Sí, creo que porque viví su mejor momento histórico. En los años ochenta hubo una explosión de cómics: no solo Marvel, también había muchos de ciencia ficción, terror y de contenidos más para adultos, que igualmente llegaban a manos de los niños. Pasamos de un mundo muy censurado a uno muy abierto, donde circulaban materiales creados por artistas excelentes. Eso estimuló mucho mi imaginación.
«La esperanza de la imagen en movimiento está en la inteligencia artificial»
P.- ¿Qué autores de ciencia ficción le interesan hoy en día?
R.- En literatura me gusta mucho Cixin Liu, autor de El problema de los tres cuerpos. También obras como Aniquilación de Jeff VanderMeer o Los empleados de Olga Ravn. En cine, en cambio, siento que casi todo se queda a medio camino, sobre todo por cuestiones de producción. Hay que pasar por muchos inversores, ejecutivos y comités, y al final las películas se vuelven muy formulaicas y visualmente recicladas. Aunque suene controvertido, creo que la esperanza de la imagen en movimiento está en la inteligencia artificial. Ya se pueden hacer cosas casi fotorrealistas; lo que falta es que quienes están detrás tengan ideas a la altura.
P.- Ha sido el género por excelencia de la industria cinematográfica…
R.- La ciencia ficción siempre ha sido el género más caro y durante mucho tiempo fue monopolio de Hollywood. Hoy, con la tecnología disponible, se pueden hacer obras a gran escala sin recurrir a los mismos lugares comunes de acción. Ojalá empiecen a surgir nuevas narrativas que escapen de las fórmulas gastadas de la industria. Por otro lado, hay algo muy rico en lo tangible. Cuando ves La cosa de John Carpenter, hecha íntegramente con cámara, y luego comparas con el remake digital, prefiero claramente la primera. En cualquier caso, los tiempos han cambiado y uno de los aspectos positivos es la democratización del acceso a la producción.
«Se piensa que la IA hará que tengamos menos ideas, y creo que será al revés»
P.- Y esta mayor accesibilidad, también podemos pensar que fomentará o le dará más valor al mundo de las ideas…
R.- Sí, y creo que es la parte más interesante y de la que menos se habla. Se piensa que la IA hará que tengamos menos ideas, y creo que será al revés. Hasta ahora hacer una película era tan complejo técnicamente que gran parte del esfuerzo —especialmente en ciencia ficción— se iba en resolver problemas técnicos, dejando poco espacio para desarrollar conceptos. Cuando el foco esté en las ideas, sin el miedo constante a la aprobación de los productores, puede llegar una nueva gran era para la ciencia ficción.
P.- Ha ganado el Premio BMW de Arte Digital por la obra Metapope…
R.- Metapope forma parte de una serie mayor que desarrollé para el proyecto que presenté en la Colección SOLO. Es un conjunto de casi 30 obras en el que vengo trabajando desde Deemona, donde intenté imaginar cómo sería una civilización humana generada por entidades de IA evolucionadas. Cronológicamente ocurre mucho tiempo después de que los humanos se hayan autoexterminado. Paradójicamente, no utilicé IA para producir la obra, la trabajé con un equipo de cine y fue producida por Ridley Scott’s Black Dog Films. Actualmente está expuesta en la Saatchi Gallery y en Conde Duque en Madrid, dentro de la exposición de los ganadores del Premio BMW. Me interesa mucho el fantasy art y la ilustración de los años setenta y ochenta, esta obra es también una forma de reivindicar el género, que nunca ha sido tomado demasiado en serio en el arte contemporáneo. Me interesaba dotarlo de un soporte teórico y conceptual.
P.- ¿Por qué cree que no se le ha tomado en cuenta al fantasy art en el arte contemporáneo?
R.- El fantasy art siempre se ha percibido como excesivamente figurativo y siempre estuvo ligado a portadas de discos o novelas de ciencia ficción. El arte contemporáneo, en cambio, se define por su aparato teórico y crítico, algo que estas obras rara vez ofrecían, en parte porque nunca se les exigió. Por eso quedaron al margen.
P.- ¿Qué temática abarca desde Metapope?
R.- Metapope ocurre en un futuro muy lejano: los humanos se han extinguido, pero permanecen conciencias o formas evolucionadas de lo que fue la IA. Transcurre en realidades diseminadas, con un sesgo bastante occidental. Es una de las muchas posibles formas de imaginar una sociedad, que haya eliminado los problemas que arrastró la humanidad. El conflicto fundamental fue que, al desarrollarnos científica y tecnológicamente, abandonamos miles de años de conocimiento metafísico y espiritual, lo que nos llevó a una contradicción interna y, finalmente, a la extinción. La entidad que gobierna este mundo intenta unir dos elementos aparentemente opuestos: la productividad del capitalismo y las tradiciones espirituales y metafísicas antiguas. Mezcla lo meditativo con ritmos corporativos, las estéticas empresariales con lo religioso. No existe la violencia, el hambre ni el sufrimiento, pero tampoco el deseo ni el placer. Se alcanza un estado de trascendencia a costa de abandonar el deseo. La obra reflexiona sobre ese precio a pagar. Freud ya hablaba de ello en El malestar en la cultura, cómo hemos cambiamos libertad por seguridad y cómo ello ha hecho que reprimamos nuestros instintos.
«Hoy estamos buscando cómo desarrollar nuevos instrumentos de trascendencia»
P.- Hay un retorno hacia la búsqueda espiritual, también desde el mainstream, pienso en autores como Oliver Laxe y su premiada película Sirat o en el disco Lux de Rosalía…
R.- Sí, porque pienso que la crisis espiritual colectiva lleva ya instalada hace mucho tiempo. No siempre se aborda de forma explícita, pero está presente. Creo que nuestra interacción con la IA la ha intensificado porque nos enfrenta a una nueva forma de conciencia y nos obliga a replantearnos qué ocurre con la conciencia individual y colectiva. Además, hemos perdido muchas herramientas. Al dejar de creer en Dios o algo superior, empezamos a creer en cualquier cosa. A pesar de todos los problemas que causaron las religiones monoteístas, ofrecían herramientas milenarias para acercarnos a lo espiritual. Hoy estamos buscando cómo desarrollar nuevos instrumentos de trascendencia. El mundo puramente tangible y científico también negó esa dimensión. Creo que estamos en una etapa de búsqueda que intenta unir ambas partes.
P.- ¿Qué proyectos estás preparando actualmente? ¿Es fácil coexistir entre la producción cinematográfica y el mundo del arte contemporáneo?
R.- Estoy haciendo un cuerpo muy grande de videoinstalación y desarrollando dos películas de terror. Una trata sobre el terror algorítmico y la estoy escribiendo con Layla Martínez. La otra es una historia de alienígenas, sobre la represión de los instintos. El arte digital y el cine se retroalimentan menos de lo que me gustaría. Yo uniría más ambas prácticas, porque en el fondo ambas trabajan con la imagen en movimiento. El problema es que el cine tiene una audiencia muy amplia y el arte, una mucho más reducida. El mundo del arte no suele abrirse demasiado y el diálogo es muy interno, mientras que el cine busca grandes públicos, lo que a veces reduce la complejidad temática. Aun así, es interesante moverse entre ambas realidades: el cine apela más a la emoción y el arte a las ideas, pero en ningún caso deberían ser excluyentes.
