The Objective
Arte

Sergio Larraín, el fotógrafo que se convirtió en fantasma

La Fundación Foto Colectania, con sede en Barcelona, le dedica una exposición centrada en su Chile natal

Sergio Larraín, el fotógrafo que se convirtió en fantasma

Sergio Larraín Pasaje Bavestrello. Valparaíso. | © Sergio Larrain - Magnum Photos

El chileno Sergio Larraín (1931-2012) fue un fotógrafo deslumbrante y enigmático. Su ascenso fue meteórico y su fulgurante trayectoria profesional se limitó a dos décadas. Ya en sus inicios despertó el interés del MoMA, que por sugerencia del maestro Edward Steichen, adquirió cuatro de sus fotos tempranas. En 1959 se convirtió en el primer latinoamericano admitido como socio de la prestigiosa agencia Magnum, por deseo de uno de sus fundadores, Henri Cartier-Bresson.

La carrera de Larraín arrancó a principios de los años cincuenta del pasado siglo y se clausuró a principios de los setenta. Por propia voluntad. Decidió abandonar su carrera como fotógrafo y desapareció. Incluso quiso quemar sus fotos y destruir los negativos. Se convirtió en un fantasma, refugiado en un pueblo del norte de Chile, donde practicaba yoga y meditación. Ahora la Fundación Foto Colectania, con sede en Barcelona, le dedica una exposición: Sergio Larraín. El vagabundo de Valparaíso (abierta hasta el 24 de mayo). Se centra en las imágenes que captó en su Chile natal, incluida la serie dedicada a la ciudad portuaria mencionada en el título, que es una de las cumbres del arte fotográfico del siglo XX.

Larraín provenía de una familia de clase alta y culta. Su padre, Sergio Larraín García-Moreno, era el arquitecto más importante del país, además de un destacado coleccionista de arte precolombino y fundador del Museo Chileno de Arte Precolombino. La familia quedó marcada por una tragedia: la muerte del hijo menor en un accidente ecuestre. Sergio defraudó las expectativas que su padre había puesto en él cuando decidió abandonar los estudios de ingeniería en Berkeley. En esa etapa estadounidense se compró dos objetos: una flauta travesera y una Leica III. La cámara se convirtió en su instrumento de expresión.

A principios de los años cincuenta realizó una serie de fotografías de enorme trascendencia: se ganó la confianza y retrató la vida cotidiana de los niños abandonados, que vivían en las alcantarillas de Santiago, cerca del río Mapocho. En esas imágenes ya asoma su mirada humanista: la crudeza de la realidad plasmada se combina con la empatía de su cámara. En esos primeros años en Latinoamérica, fotografió también la isla de Chiloé, Bolivia, Buenos Aires y Valparaíso, ciudad a la que regresaría al final de su carrera.

A finales de los años cincuenta consiguió una beca del British Council para una estancia en Londres de unos meses. Entre octubre de 1958 y febrero de 1959, captó con su Leica la urbe brumosa y gris, previa al estallido de color pop del Swinging London sesentero. Oficinistas con bombín, caballeros con sombrero de copa, bobbies, inmigrantes de las Indias Occidentales, el metro, clubes nocturnos, calles lluviosas…El resultado fue un libro que es un hito de la fotografía: Londres. 1959. Unos años antes, en 1951, otro gran fotógrafo, el suizo Robert Frank, había retratado la misma ciudad envuelta en smog. La comparación entre ambas aproximaciones es muy estimulante: un mismo tema, dos miradas.

La poesía de Valparaíso

En 1959, en París, Larrain fue admitido como socio de Magnum. La agencia lo mandó a Sicilia para realizar un reportaje sobre el capo di tutti capi de la Cosa Nostra, Giuseppe Genco Russo. Volvió con una foto legendaria: el capo durmiendo la siesta en un sofá de su casa. Fue enviado también a la coronación del Sah de Persia y Farah Diba —donde captó también la otra cara del país— y a Argelia. Pero él no se sentía cómodo con estos trabajos de encargo y decidió regresar a Chile.

Allí realizó su obra cumbre, recogida en otro libro imprescindible: Valparaíso. Plasmó en ángulos sorprendentes las calles empinadas de la ciudad que asciende por una colina, el ambiente portuario, marineros, perros callejeros, detalles del asfalto, sombras, reflejos… Y se adentró en un prostíbulo llamado Los siete espejos. ¿Cómo logró tomar fotografías en ese entorno? Él mismo lo explicó: fue ganándose la confianza de los habituales poco a poco, hasta conseguir que la presencia de la cámara no los incomodase. El resultado esquiva la sordidez y traza un retrato conmovedoramente humano. Larraín atrapa en sus imágenes de Valparaíso la recóndita poesía de la realidad. Sus imágenes van mucho más allá del fotoperiodismo y se adentran en una magnética dimensión estética y humanista.

Si para definir su concepción de la fotografía Cartier-Bresson habló del «instante decisivo», cuando se presiona el botón de la cámara en el momento justo, Larraín elevaba la apuesta: «Los fotógrafos no somos cazadores de imágenes, ni de luz, sino de milagros». El milagro se produjo como mínimo en una ocasión, en su foto más célebre. En Valparaíso, captó a dos niñas que se cruzan y son tan similares que parecen la misma niña duplicada. Una, de espaldas, se dispone a bajar una escalera; la otra avanza hacia la cámara convertida en silueta. Sus cuerpos crean una geometría misteriosa y la imagen deviene a un tiempo realista y mágica. Es una imagen perfecta, tomada por alguien que en una carta escribió: «Para hacer una buena fotografía debes estar en estado de gracia, no pensar, respirar con el mundo».

Yoga y ruptura

Después, Larraín retomó su interés por el yoga y la espiritualidad, probó el LSD, entró en contacto con pensadores sincretistas, se marchó al norte chileno y rompió con todo. Quiso borrar su legado como fotógrafo, pero Cartier-Bresson y Josef Koudelka preservaron el material depositado en Magnum. Larraín empezó a pintar y siguió tomando extrañas fotos, muy distintas de las que había hecho hasta entonces. Eran imágenes intimistas y casi abstractas, hechas de sombras y fragmentos, de interés muy relativo. Las llamó satoris (un término del budismo zen que designa la revelación mediante la iluminación repentina).

Una de las pocas personas del mundo fotográfico con la que mantuvo correspondencia fue Agnès Sire, presidenta de la Fundación Cartier-Bresson, que se empeñó en mantener vivo su legado. Editó libros de Larraín y comisarió exposiciones dedicadas a él, como la organizada en 1999 en el IVAM. En 2021, un magnífico documental, Sergio Larraín, el instante eterno, dirigido por Sebastián Moreno, indagaba en el mito y en el fotógrafo, con la participación de los dos hijos que tuvo de parejas diferentes, quienes hablaban de la compleja personalidad de su padre.

Larraín, que fotografió a Neruda en Isla Negra, se hizo amigo de Cortázar en París. Le contó que, en una ocasión, tomó una fotografía en los alrededores de la Catedral de Notre Dame y, al revelarla, se percató de que había captado, sin ser consciente de ello, a una pareja en actitud comprometida. A Cortázar esa anécdota le inspiró el relato Las babas del diablo, en el que un fotógrafo saca una instantánea en la Île Saint-Louis en la que aparecen tres personas, un hombre, una mujer y un adolescente. Al observarla con detalle después de revelarla, deduce que la escena que ha captado no era lo que creía, sino algo mucho más sórdido. El relato fue el punto de partida de Blow Up de Antonioni, rodada en el Swinging London de 1966. En la película un fotógrafo de moda hace unas fotografías en un parque y descubre que acaso ha captado involuntariamente un crimen… ¿Qué nos muestran, qué nos cuentan las fotografías? En una carta, Larraín escribió: «Cuando paseo por ahí con la cámara en la mano, es el interior de mí mismo lo que busco».

Publicidad