Ingmar Bergman: notas de cine y ensayos vitales
Fulgencio Pimentel reúne una antología de escritos del cineasta, donde se revela como un autor ajeno a las convenciones

El cineasta Ingmar Bergman.
«En realidad me dedico al ilusionismo, puesto que la cinematografía se basa en una imperfección del ojo humano: la incapacidad para captar cambios rápidos de imágenes prácticamente iguales (…) Me valgo de un aparato con el cual someto a mi público a fuertes sobresaltos emocionales. Lo hago reír, gritar de miedo, sonreír, creer en los cuentos de hadas, indignarse, conmocionarse, fascinarse, caer seducido o bostezar de cansancio. Una de dos: o soy un estafador o –en caso de que el público acepte el engaño– soy un mago».
El cineasta sueco Ingmar Bergman (1918-2007), sin duda uno de los autores de películas más importantes del pasado siglo, que es historia pero también presente porque el arte supremo no se extingue con el mero paso del tiempo, definió así en 1954 el oficio de rodar películas. Frisaba entonces los 40 años de edad y había rubricado ya más de una decena de títulos, además de dirigir un buen número de obras de teatro.
Sabía bien de lo que hablaba porque, más que teorizar sobre cine, había constatado –sucede en todas las artes– que la reflexión sobre lo que se crea es siempre posterior al hecho mismo de crear. Bergman tenía fama de ser un director caprichoso y tiránico. Un artista obsesionado con la trascendencia, de una obstinada espiritualidad y con naturaleza luterana. Sin embargo, si se observa en el costado de su carrera –su menospreciada tarea como escritor– se reparará en que las leyendas, incluso cuando tienen alguna clase de asidero, nunca hacen honor a (toda) la verdad.
Por eso es un ejercicio fascinante adentrarse en la antología de sus ensayos breves que la editorial Fulgencio Pimentel, radicada en Logroño, uno de los sellos independientes que apuestan con mayor convicción por los libros bien hechos –espléndida factura, excelente presentación, sabia elección de materiales y traducción rigurosa–, acaba de publicar con el título de Las palabras nunca están ahí cuando las necesitas.
Aviso a navegantes: no se trata de un libro sobre cine, aunque se hable mucho del séptimo arte, del teatro, del trabajo de los actores y hasta de la industria audiovisual, asuntos sobre los que Bergman, que prefería presentarse como un artesano, tenía sus propias y particulares ideas. Los ensayos reunidos en este volumen, en su mayoría inéditos en español, traducidos por Marina Torres y Francisco Uriz e ilustrados por Manuel Marsol, responden a esa noble y vieja filosofía de Julio Camba: no hacer excesivos planes antes de salir navegar y dejarse deleitar por las vistas.
Profundo y divertido
Los textos versan un poco sobre esto y aquello. Esto es: sobre muchas cosas y sobre ninguna de forma exhaustiva y en particular. En este sentido, son un complemento a otras obras literarias de Bergman, incluidas también en el catálogo al cuidado de César Sánchez, Joana Carro y Alberto García Marcos, como La buena voluntad, Niños de domingo o Confesiones privadas, las tres novelas de la trilogía familiar del cineasta.
Este volumen de ensayos, en cambio, abarca un arco temporal mucho más amplio –reúne desde textos tempranos a piezas de senectud, cuando Bergman se volcó con más intensidad en la escritura– y aborda materias y formatos más complejos, desde prólogos a breves guiones, pasando por piezas confesionales, críticas artísticas y algunos ejercicios de vanidad, como varias autoentrevistas. Son, en general, piezas breves, ágiles y transparentes que desvelan que el cineasta sueco, igual que le sucedía a Salvador Dalí, al escribir tenía un talento similar –o equiparable– a su tarea como pintor (en el caso de Bergman, como realizador cinematográfico).
El autor de estos ensayos, la verdad sea dicha, es un tipo profundo y muy divertido. Sus textos prescinden de las convenciones literarias, que se sacrifican en favor de la naturalidad y de una seductora sinceridad, y están surcados de un humor caricaturesco y festivo. Si se prescinde de la identidad pública de su autor –un dramaturgo y cineasta profundo en la cima de su arte, epítome del cine europeo– las piezas se leen con el mismo gusto y deleite, al margen de que haya lectores que puedan llegar hasta ellas por una más que comprensible devoción documental.
Bergman vierte en ellas sus impresiones, reflexiones e ideas sobre el arte, de forma que pueden interpretarse perfectamente como una suerte de arte poética que, aunque no agota la producción literaria del cineasta, sí dejan claro cuáles eran sus predilecciones estéticas. Su rumbo y sus vientos.
El lenguaje de las imágenes
A pesar de reunir escritos de seis decenios y en circunstancias cambiantes, en estos ensayos palpita una asombrosa unidad de tono. Hay coherencia. Acaso se deba a que Bergman no prescribe cómo debe ser el cine. Prefiere describir el suyo, que en realidad no lo es exactamente ni por completo, pues la verdadera autoría cinematográfica –nos recuerda el director de El séptimo sello– es colectiva, un hecho comunal, una música coral.
Lo más atractivo de estos ensayos es la perspectiva con la que Bergman habla de su artesanía. Lo hace de manera precisa. Sin alardes. Con voluntad antirromántica. Ligando sus películas a experiencias vitales, como su tendencia infantil a llamar la atención de los demás, la costumbre (salvadora) de la ensoñación ante la realidad o el aprendizaje de un lenguaje que no se sustenta en las palabras, sino en las imágenes presas dentro de los fotogramas. «El cine» –escribe– «me permitía hacerme entender en un idioma que iba más allá de los dones de la palabra –de los que carecía–, la música –que no dominaba– y la pintura –que me dejaba indiferente– (…), un idioma que me permitía hablar de alma a alma, con voluptuosidad y en unos términos que escapaban al control intelectual».
La vocación artística de Bergman siempre fue ajena al éxito –del que gozó y que, por tanto, podía permitirse el lujo de despreciar desde su retiro en la isla de Farö– e independiente de la habilidad técnica, del mismo modo que su escritura es una forma de expresión instrumental que no se busca necesariamente a sí misma y que, justamente por esta ambición tan terrestre y en apariencia hasta limitada, deslumbra.
En un pasaje del libro, el cineasta se confiesa: si a los 42 años continuaba haciendo películas era por curiosidad, no por necesidad o ambición. En otro, incide en la dificultad de recrear las obras ajenas, superior incluso a la creación ex novo. Dedica un clarividente ensayo a tratar las diferencias entre cine y literatura, otro a lo que distingue el teatro del cine –«Una pieza teatral no necesita mucho. Se las apaña bien con unas pocas situaciones, unas pocas lágrimas, unas pocas sonrisas y un buen diálogo (…) Las exigencias del ojo de la cámara, en cambio, son ilimitadas. En una película no queremos oír hablar de las cosas, queremos verlas»– y otro más, planteado con una perspectiva dialógica (imitando una conversación), sobre la relación –«dolorosa, estimulante, repugnante y satisfactoria»– que un artista tiene con su público.
Las abundantes variaciones formales de los ensayos de Bergman, que unas veces son textos de circunstancia, otros discursos y cartas, a veces la presentación en sociedad de una película, incluso algún ejercicio de redacción escolar– hacen que cada página de esta antología editada por Fulgencio Pimentel, que reúne más de medio centenar de textos– sea como una epifanía. Un buen libro, lleno de sabiduría, amenísimo y editado con oficio y maestría.
