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Historias de la historia

Auschwitz en Madrid

El arco de entrada del campo de exterminio de Auschwitz se encuentra en Madrid. Es una clara manifestación de la banalidad del mal

Auschwitz en Madrid

En un lugar de Madrid de cuyo nombre no quiero acordarme está el arco de entrada del campo de exterminio de Auschwitz. Es un arco de hierro forjado en el que se recortan unas letras de gran tamaño, ARBEIT MACHT FREI (el trabajo os hace libres), el lema de los campos de concentración nazis, y lo han abandonado en descampado, arrumbado junto a una valla, semicubierto por las malas hierbas. ¿Cómo ha podido llegar a Madrid la seña de identidad de Auschwitz, el arquetipo del mal?

Cuando lo vi por primera vez, fruto de la casualidad, recordé haber leído que unos neonazis lo habían robado de Auschwitz. Me sentí Sherlock Holmes, ¡había encontrado el botín de aquellos desalmados! Pero cuando acudí a la hemeroteca descubrí que el arco original de la entrada de Auschwitz, robado el 18 de diciembre de 2009, había sido encontrado dos días después por la policía polaca, partido en tres trozos. Desde entonces se encuentra custodiado en el Museo de Auschwitz-Birkenau, y han colocado una réplica en la entrada del campo de la muerte.

No era por tanto el arco robado, ¿cómo había llegado entonces a aquel lugar de Madrid? Entonces formulé varias hipótesis sobre las que investigar. Descarté a los voluntarios de la División Azul que regresaron de luchar en Rusia. Se trajeron a España muchos recuerdos, mucha parafernalia nazi –y también soviética-, pero obviamente un rótulo de hierro forjado de 7 metros, con letras de 35 centímetros, no cabía en la mochila de un soldado. 

El regalo

Entonces pensé en un regalo oficial, un presente del III Reich a la España franquista. Los nazis eran maestros en la propaganda, en poner piel de cordero a los lobos. Elegir el lema «el trabajo os hace libres» para los campos de exterminio no era un sarcasmo, era una forma de disimular la realidad. Ese eslogan tenía un marchamo progresista: lo había formulado en 1927 la República de Weimar, el régimen democrático que existió en Alemania antes de Hitler, en referencia a la política de obras públicas que emprendió para remediar el paro.

Arbeit macht Frei gozaba por tanto de una resonancia positiva, y venía bien para designar lo que los nazis presentaban como colonias de tránsito para judíos que emigrarían fuera de Alemania. Existía incluso un «campo modelo» que se enseñaba a los visitantes extranjeros, Terezin, donde funcionaban varias orquestas de cámara, el pintor Leo Has daba clases de dibujo a los niños, el compositor Hans Krasa creó una ópera infantil, y había cursos y conferencias de todo tipo de materias. El cineasta judío Kurt Gerron realizó allí una película titulada Theresienstadt, un documental sobre la colonia judía, que da una imagen amable del campo a donde iban judíos VIP, como la hermana de Freud o Adolf Eichengrün, inventor de la aspirina, que tenía un apartamento en una hermosa casa del XVIII y disponía de medios para investigar.

Tuve entonces una revelación. El rótulo pudo ser un regalo de Hitler a Ernesto Giménez Caballero, el excéntrico poeta vanguardista que introdujo en España el surrealismo, el futurismo y el fascismo. En 1941, siendo el más brillante intelectual del régimen franquista, Giménez Caballero fue a Alemania para ofrecerle a Hitler la mano de Pilar Primo de Rivera, hermana de José Antonio, el fundador de Falange Española. Obviamente, mezclando esos genes debería nacer un niño que sería el proto-hombre fascista. La extravagancia –de la que ni Franco, ni Pilar Primo de Rivera tenían idea- era de tal calibre que debió dejar perplejo al Führer. ¿Qué hacer con aquel loco español? Que le den algún regalo y se vuelva a su tierra… Un regalo adecuado a la desmesura de Giménez Caballero (que era a la vez antisemita y filosefardita) podía ser el arco de entrada de Auschwitz. 

La banalidad del mal

La especulación era atractiva, pero no tenía nada que ver con la realidad. La realidad era mucho más banal, y remitía a ese concepto de «la banalidad del mal» que Hanna Arendt formuló en referencia al holocausto nazi. A principios de los 2000 un estudiante de Bellas Artes tuvo una idea para eso que en el arte actual se llama «una instalación». Colocar una reproducción exacta del arco de entrada de Auschwitz sobre la entrada de su facultad. La instalación era repelente pero las autoridades académicas tragaron, porque si la hubiesen rechazado las habrían acusado de reprimir la creación artística. Al fin y al cabo Damian Hirst exhibe un cadáver humano despellejado o un tiburón putrefacto y gana millones.

Además «el artista» alegaba que su arte evocaba la situación de opresión que vivían los estudiantes en esta España nuestra, comparable a la de las víctimas del nazismo. Hacer semejante comparación es, exactamente, banalizar el mal. He oído a españoles supervivientes de otro campo nazi, Mauthausen, referirse a ese «trabajo que os hará libres», que en realidad hacía muertos. En la cantera había una célebre escalera de 186 peldaños, por la que los prisioneros tenían que subir sobre sus espaldas bloques de piedra de 50 kilos.

Por allí pasaron 8.000 españoles, exilados republicanos que habían caído en manos de los alemanes, de los que murieron 5.600, y eso que no era un «campo de exterminio» sino un «campo de trabajo». «Para sobrevivir, cada escalón que subíamos nos decíamos: un escalón más hacia la liberación». Al final resultó verdad, los supervivientes protagonizaron un acontecimiento único, se sublevaron y se apoderaron del campo, dirigidos por la organización clandestina del Partido Comunista de España, pero eso es otra historia.

Volviendo a la de nuestro rótulo, la Facultad de Bellas Artes se convirtió en un banal remedo de Auschwitz durante años, hasta que en 2011 una visita oficial de Shimon Peres, presidente de Israel, le ofreció al decanato la oportunidad de remediarlo. Cerca de Bellas Artes está en Palacio de la Moncloa, y si pasaba por allí el presidente israelí, que tenía casi 90 años, y veía aquel sosias del peor campo de la muerte, se podía morir de la impresión.

Gracias a Peres, arrancaron el símbolo de Auschwitz y lo tiraron lo más lejos posible, donde sigue como el cadáver de un monstruo en lenta descomposición, rodeado de malas hierbas.

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