La ciudad, el miedo y una lavadora que sangra: Elvira Navarro vuelve al cuento
THE OBJECTIVE conversa con la escritora a propósito de la publicación de ‘La sangre está cayendo al patio’

Elvira Navarro. | Bokeh
La escritora Elvira Navarro (Huelva, 1978) enciende su cámara. «A ver si ahora me ves. ¿Me oyes bien?», dice al otro lado de la pantalla en una videollamada. La conversación comienza con una confesión biográfica: La sangre está cayendo al patio, su nuevo libro de relatos editado por Random House, tiene una historia fragmentada, casi como los relatos que lo componen. «Yo pedí una beca hace mucho, el año 2015, a la Fundación BBVA, y me la concedieron. Esa beca inicialmente era para un proyecto de tres novelas, pero al final se ha convertido en otra cosa», explica. De esa idea original terminaron saliendo dos libros: uno es la novela Las voces de Adriana (2023) y, el otro, este nuevo ejemplar. «La beca, en lugar de para un libro, me ha dado para dos», responde con una sonrisa breve.
Pero no todo es celebratorio. «No te creas que esas becas son tan fáciles de conseguir, porque hay una competencia feroz», comenta. Luego, con tono serio: «Es muy duro ser escritor de fin de semana o escritor en verano. Tener que aparcar todo lo que tú quieres hacer durante el año». La escritura, para Navarro, no tiene nada de romántico. «Si te dan una beca puedes dejar aparte tu trabajo y dedicarte, aunque sea unos meses, a la escritura». Ella da clases por las tardes. Las mañanas, si no hay muchos cursos, se salvan para la escritura.
El título del libro, tomado del primer cuento, actúa como un aviso. «Ya sabes que vas a ir a un sitio peligroso y oscuro». Sin embargo, el relato que es el disparador de este compendio, El recogedor de animales, es el corazón del proyecto. «Cualquier cosa que yo escribo tiene un origen siempre personal en algo. En este caso, El recogedor de animales es que yo si me encuentro un animal herido, dejarlo me supone mucho dolor». Esa imposibilidad de salvar lo que sufre articula no solo el cuento, sino la tensión del libro entero. «El recogedor de animales sería una hipótesis de mí misma, de una tendencia que tengo como llevada al extremo», confiesa.
La sangre está cayendo al patio tiene una continuidad con su libro anterior, La isla de los conejos (2019). «Yo creo que está en los dos de una manera una inocencia que el ser humano no tiene», afirma. En ambos libros, los animales no son responsables de nada. No pueden hacer el mal porque no saben lo que es. «Es un tema bíblico casi, como la inocencia imposible». El verdadero problema es la intervención humana, incluso cuando pretende hacer el bien. «La enorme pena que tiene -el personaje- es de no poder salvar toda esa inocencia».
Navarro no solo trabaja el contenido: también piensa desde la forma. Si hay un hilo estructural que une los relatos, está en los espacios. Casas, electrodomésticos, ciudades: todo se convierte en escenario de una extrañeza lúgubre. «No sabría decirte quién es -mi referencia- para este tema de los espacios. Posiblemente para el tema de los espacios tengo siempre presente a la escritora rumana Ana Blandiana». También menciona a Cortázar y su relato Casa tomada o a la obra de Edgar Allan Poe, como lecturas formativas.
Paisaje urbano
La casa es el lugar donde se está más solo. «El espacio te refleja la soledad, porque las casas siempre reflejan a los personajes o nos reflejan a nosotros». En el cuento de La lavadora, por ejemplo, el electrodoméstico no limpia: sangra. La pregunta no es qué hay sucio en la ropa, sino en el entorno. «Qué es lo que está sucio dentro de esa casa que hace que la lavadora lo refleje».
El paisaje urbano también tiene un peso específico, no solo en este libro sino en la obra de Navarro. Dos cuentos, ubicados en la deprimida banlieue parisina, dialogan entre sí. Uno casi al principio. El otro, al final. «Yo te diría que el cuento del principio es casi una poética», afirma. Una poética del libro y de su forma de estar en el mundo. «Una de las protagonistas de esos relatos llega un momento, se pierde, llega a sitios que le dan miedo. Retrocede, pero cuando se da cuenta de que se está dejando llevar por el miedo, decide ir hacia el miedo».
Ambos cuentos ocurren en el barrio parisino. La escritora vivió allí durante su Erasmus. «Poco después fueron los disturbios estos enormes, en 2005, cuando se incendiaron», recuerda. Fue un impacto. «Es como el gran fracaso del proyecto europeo está encarnado en las banlieue parisinas». Para ella, ese lugar funciona como símbolo de la descomposición de Occidente. «Todo el discurso europeo, filosófico, incluso político, fracasado».
En el último cuento, una mujer guía a otra por un paisaje quebrado. Es un guiño deliberado a su novela La trabajadora (2014). «Ella es la que va allí. Lo ve. Le dice en un momento: ‘Yo llevo no sé cuántos años viniendo aquí. Y no me lo creo’», recuerda. «Es la que sabe moverse por lo que es inconcebible». Navarro insiste en que fuese una mujer quien hiciera ese recorrido en la narración. «Estoy un poco cansada de que se presupone que tenemos miedo de ir por la calle, pero es que a cualquiera le puede pasar algo en una calle. No solo a una mujer».
Tremendismo
Y es que las mujeres de estos relatos están heridas, pero no derrotadas. «Yo te diría que son mujeres que sí son víctimas, pero no se victimizan, que es distinto», aclara. «Ni mujeres ni hombres se victimizan». En su opinión, la victimización como discurso político es peligrosa. «Es algo muy perverso porque además es un juego de chantaje y es un juego en el que todos podemos empezar a jugar. Muy poco honesto».
No se considera parte del auge gótico actual, aunque reconoce afinidades. «Yo no me considero a mí misma una autora gótica. Lo que pasa es que a lo mejor, de vez en cuando, yo meto cosas que pueden venir de lo gótico», dice. Si tuviera que buscar raíces, las hallaría en el tremendismo español, en Cela o en las pinturas negras de Goya. «La portada es un cuadro de Saura que es una reinterpretación del perro de Goya», apunta. «Es una imagen angustiosa y negra».
Eso sí, la literatura gótica —como etiqueta de moda— le resulta más útil como síntoma que como definición. «A mí las autoras latinoamericanas me encantan. Por ejemplo, pienso en Mariana Enríquez y ella es totalmente autora gótica. Además sus referentes son Stephen King, pero para mí Stephen King no es un referente».
Termina con un gesto de apertura: «Lo que pasa es que ahora le ponemos unas etiquetas. Lo empaquetamos. La etiqueta es comercial totalmente». Pero lo inquietante, ese malestar que atraviesa lo cotidiano, no necesita nombre para Elvira Navarro. Solo basta con una lavadora que sangra, una casa sin habitar o un animal que no se salva.
