Claudio Magris viaja por las utopías del Gran Sur
El escritor recrea a través de tres personajes reales, exiliados en Argentina y Chile, los mitos de las sociedades ideales

Detalle del mapa 'Tractus australior Americæ Meridionalis' de Frederik de Wit (Amsterdam, 1675). | Wikimedia Commons
«Se canta lo que se pierde», escribió Machado (Antonio) en una de sus canciones a Guiomar, la secreta Dulcinea del poeta sevillano. Mujer con nombre ficticio bajo el que se ocultaba la identidad de Pilar de Valderrama Alday, poeta y dramaturga. Una utopía crepuscular que, como todos los sueños, dice más de quienes lo soñaron que de aquellos que un día los encarnaron. Somos lo que anhelamos. Es un vicio recurrente en la larga y tormentosa historia de la Humanidad predicar las bondades de la desaparición súbita. Una de sus variantes es el suicidio. La otra, menos trágica pero no por eso más incierta, consiste en el autoexilio, en romper amarras con todo, en quemar de una vez las naves, como Hernán Cortés, en huir de todo aquello que otros nos han dicho que nos configura.
Claudio Magris (Trieste, 1939), germanista italiano, autor de El Danubio, uno de los libros de viajes que lograron hacer época al contar otra idea de Europa, ha dedicado su último volumen de narraciones —Cruz del Sur (Anagrama)— a evocar, a través de la historia de tres personajes reales, ese sueño fundacional que acompaña a muchos individuos, e incluso a determinadas sociedades, de hacer borrón y cuenta nueva con el pretérito y empezar desde cero, lejos —far away, far away, como escribió Poe— en unas lejanías geográficas que son también sentimentales. El libro es un ejercicio estilístico e histórico. Un acto de memoria. Una pieza de cámara sobre un sentimiento sin el que no existe vida. Hablamos de la esperanza.
El planteamiento de Magris es, en apariencia, simple. Elige tres historias y otros tantos personajes —excluimos aquí los nombres secundarios, entreverados en las sucesivas biografías, que incluyen panorámicas históricas del Finisterre austral— cuyo vínculo es su huida a los confines del mundo, a los páramos (shakespearianos) de Argentina y Chile. La Pampa y su soledad y el infinito horizonte de la Araucanía, el territorio al que Alonso de Ercilla dedicase en el siglo XVI su glorioso poema épico.
Los personajes de Magris, por supuesto, no son soldados con voracidad de conquista y oro ni esforzados caballeros, pero a su manera encarnan los recurrentes ideales utópicos del mundo civilizado, que no son anhelos ancestrales sino deseos del presente, como vivimos tras la fiebre (efímera) del retorno al universo rural tras la pandemia. Tampoco busca el ensayista italiano resucitar la literatura bucólica, género en boga durante los años de nuestra literatura áurea.
Su mirada es profunda y contemporánea. Con la perspectiva del presente sitúa su atalaya de viajero (libresco) y contempla ese país (imaginario) de las utopías arcaicas, que cuenta a través de personajes reales y asombrosos que un día decidieron reinventarse en la paz y en el tormento de los desiertos. El primero de ellos, Janez Benigar, fue un antropólogo, agricultor y lingüista esloveno que llegó a la Pampa en las oleadas de inmigrantes de comienzos del pasado siglo y que, en lugar de instalarse en Buenos Aires, en cuyo puerto desembocaban entonces ríos de recién llegados, huyó a tierras mapuches, donde se asimiló con los indios, creó una familia e inventó falansterios agrarios al margen de la civilización.
Emperador de la Patagonia
Más sublime, y en cierto sentido también más cómica, es la epopeya de Orélie-Antoine de Tounens, un abogado francés que se autoproclamó a finales del XIX emperador de la Araucanía y de la Patagonia, territorios para los que llegó a redactar una Constitución y que se enfrentó —igual que Jesús de Nazaret y don Quijote— a la incomprensión tanto de los caudillos locales y de los naturales del país como de los europeos, que lo consideraban un chiflado. Una mujer es la tercera heroína: Angela Vallese, monja piamontesa que, igual que los frailes de la colonia, quiso descubrir a las tribus de Tierra del Fuego, en los confines del Gran Sur, las bondades de la fe y las técnicas de supervivencia del mundo moderno.
Las tres biografías son el punto de partida para una indagación literaria más ambiciosa que, además de la peripecia concreta de cada personaje, nos advierte sobre las trampas del progreso y la experiencia íntima de resurgir en otro sitio, bajo otros cielos, con otra gente. Se diría que este es un anhelo imposible porque, como dijera Quevedo, «nunca mejora su estado quien muda solamente de lugar y no de vida y costumbres». Magris, sin embargo, no presenta la decisión de huir de la civilización como un sueño vano. Para él es un acto consciente, delirante a ojos de los demás si se quiere considerar así, pero cargado de vitalismo y de poesía, y que cuenta con antecedentes filosóficos y literarios, desde La república de Platón a la Utopía insular de Tomás Moro, aunque —al contrario que en estos dos libros— la conquista de la libertad individual aquí no esté exenta de dificultades, trabajos y adversidades. La autonomía tiene un precio.
Los viajeros de la Cruz del Sur, una constelación austral de estrellas que, en la cultura de los pueblos andinos, simbolizaba un puente de paso entre el mundo terrestre y la esfera celeste, practican el ritual de la renuncia y, al hacerlo, consuman una afirmación que viene a impugnar la idea más tradicional de progreso, asociada a lo material y alejada de lo espiritual. En un mundo cada vez más tecnológico y desacralizado, Magris propone con la narración de estas «vidas improbables» un retorno al compromiso con los demás, la aceptación pacífica del mestizaje, y el regreso a las formas tradicionales de humanidad. Las tres narraciones son parábolas, porque ninguno de sus adelantados en el Nuevo Mundo logra trasladarse desde la civilización a su periferia sin pagar un alto precio.
Magris defiende aquí una idea de patria distinta al lugar de nacimiento y ajena al idioma materno. Nos habla de esos lugares, más anímicos que geográficos, donde uno se siente en casa a pesar de que en ellos no habiten ni sus hijos ni estén enterrados sus progenitores. Sitios que uno ha elegido quizás —como le sucede a Beginar— por haber descubierto un libro de Rousseau en una modesta biblioteca de Liubliana, o debido al deslumbramiento de un poema de Borges sobre las guerras civiles que sucedieron a la emancipación argentina, o por los versos del Martín Fierro, el poema de José Hernández sobre el gaucho, donde se cuenta cómo el jinete nómada y fuera de la ley seduce —con su dignidad— a quien debería cazarlo. A todos los que han sentido alguna vez la zozobra no de fundar un hogar, sino de huir de él, les encantará esta Navidad en la Tierra que Magris celebra en este libro que, a su manera, es un canto a lo absoluto.
