En «Los umbrales» de Liliana Muñoz
«El libro con el que acaba de debutar en la literatura la mexicana es toda una declaración de amor a su familia»

Libro Los Umbrales.
Todo el mundo sabe desde antiguo, y no precisamente por superstición, que una de las principales desgracias que le pueden ocurrir a alguien en su vida es que le salga en la familia un escritor, una escritora. ¿De dónde salió esa certeza? Pues sin ninguna duda del demostradísimo hecho de que ese narrador, esa novelista, por imaginativo o fantasiosa que sea, acabará escribiendo unas memorias, o bien las dejará dispersas y medio camufladas en sus cuentos, pero en esas páginas de recuerdo y balance, en todo caso, emergerán todos los trapos sucios del clan, todas las cuentas pendientes del mundo, todas las vergüenzas privadas. Si tu nieta, pongamos por caso, te sale novelista, puedes estar seguro de que estás perdido: ella a la portada del Babelia y tú al descrédito eterno, ella a Estocolmo y tú al mismísimo infierno social, aunque en la realidad hayas sido un santo.
Sin embargo, al parecer, hay excepciones. El libro con el que acaba de debutar en la literatura Liliana Muñoz (Mérida, México, 1989) es toda una declaración de amor a su familia, un homenaje rendido que afecta a todos y a todas (o a casi todas: hay por ahí una abuela ríspida y autoritaria que no sale muy bien parada del retrato colectivo, aparte de una excuñada muy controladora y chantajista), un testimonio de lo feliz que se fue de niña, en ese grupo, y de lo dura que es en ocasiones, ahora, la distancia, pues Muñoz reside desde hace años en Barcelona, donde se desempeña en tareas editoriales.
En el enjambre de hermanos, madres, abuelos, novios, amigos y vecinas sobresale muy deliberadamente la figura de Yoli, una tía abuela de la autora que se erige desde muy pronto no sólo como, más o menos, la protagonista del libro, sino como el pretexto para su escritura, para su existencia. Es, claro, una persona muy especial para la autora, alguien con quien se establece una conexión muy particular, profunda y eterna, aunque fuera de eso no se trata de nadie extraordinario por ningún otro motivo, algo en lo que, por otra parte, parece descansar el espíritu del asunto: la celebración de la normalidad, el tributo a la anonimia, el agradecimiento por el esfuerzo, el trabajo y el ejemplo de gentes que, por estar ocupadas en sacarnos adelante, no tuvieron mucho más tiempo para hacer cosas memorables en el sentido mundano: «Siempre había sido una persona a la que le gustaba decir que sí, sí a todo, sí a la playa y sí a la selva y sí a la incertidumbre, y si algo salía mal, ya vería cómo arreglarlo».
Esa intrascendencia buscada, esa pequeñez bonita, esa sencillez lograda…, es la principal virtud del libro, claro, pero también, me temo, su problema más visible y más difícil de remontar. Sucede que todos hemos tenido tías abuelas que bailaban en los guateques y que rechazaban a los pretendientes con gracia para poder seguir bailando a su aire (un baile libre y tranquilo que a menudo se prolongaba toda la vida); todos hemos conocido a señoras inteligentes, bondadosas y arrojadas que leían y nos quisieron, que viajaban y nos cocinaban nuestras recetas favoritas. Si se va a contar eso en un libro, conviene que de alguna manera se consiga decir algo más. No hace falta que haya ningún acontecimiento extraordinario, porque «su misión entera ha sido su vida» y porque estamos hablando precisamente de la cotidianeidad, porque se trataba de contar y cantar eso…, pero ha de haber algo, algún detalle que consiga elevar el relato, y eso aquí no ocurre. Está bien escrito, hay un enorme corazón trabajando en redactar y estructurar estas secuencias, hay nobleza interior a la hora de describir la nobleza de fuera, y hay además oportunas (aunque a veces algo ingenuas y previsibles) digresiones metaliterarias, loas a la lectura y a los libros…, pero no hay nada muy especial, no hay un brillo arrebatador, la grandeza del asunto está sofocada por la excesiva falta de hitos. Puede acabar siendo más o menos bonito, más o menos divertido, pero cuando todo culmina resulta, en cierto modo, literariamente insuficiente, o esa es la sensación.
Lo bueno de eso es que, por no ser, ni siquiera es un libro de duelo, ya que la Yoli retratada es muy mayor («hace años que te estás muriendo», se le dice, con el eco de un precioso verso de Eugénio de Andrade: «Hace mucho que son ancianas»), pero, felizmente, no se produce la muerte, de modo que esto no es una elegía sino algo así como un presentimiento, un intento entrañable por lanzar el homenaje en vida, por decir a tiempo las cosas que importa comunicar.
¿Merece la pena, entonces, leer Los umbrales? Sin la menor duda, porque es un libro hermoso y apacible en un panorama literario donde sigue predominando lo feo, lo violento, lo chungo, lo conflictivo, lo agresivo, lo quejoso, lo amargo, lo victimista y lo mentiroso, aunque la verdad es que hay motivos para pensar que se empieza a ver la luz después de varios años de excesos y de abusos en esas tendencias. El cariño que hay aquí despierta complicidad, no hay nada excepcional excepto… todo, porque es un libro hasta extraño en su tono bajo, y por otro lado contiene un buen autorretrato, un esfuerzo de la narradora en entenderse como poseedora de un apellido que la une a esas personas y como sujeto independiente, distinto, curioso, soñador, un tanto aparte por su amor a la lectura y por su forma de vivir y recordar lo que le pasa: «Yo busco la felicidad cuando ya ha transcurrido el momento, cuando el presente ha dejado de ser presente, como si viviera siempre con retraso». Es decir, que en lo que respecta a la literatura personal, este libro es de los que se salvan, porque no es de la variante de las memoirs de Annie Ernaux o de El corazón del daño de María Negroni, es decir, de la basada en la egolatría abierta (o muy mal disimulada), en el cálculo, en estrategias poco admirables, en una «honestidad» espantosamente entendida, en la propia conveniencia o, en fin, en la «literatura», sino de la estirpe de Natalia Ginzburg, de Gabriela Ybarra, de Violeta Gil, de Alejandro Simón Partal, de Laura C. Vela…, esa corriente nacida del corazón y con los ojos bien puestos en la vida. O, por decirlo sin salir del catálogo reciente de Tránsito (que es el sello que publica Los umbrales), esta ópera prima está mucho más cerca del alma de Parte de la felicidad, de Dolores Gil (de la que hablamos por aquí el otro día), que del fallido y antipático Pequeño tratado sobre la amistad, de Joana d’Alessio).
