Noventa años de Elvis, rey del Rock; la leyenda siempre revivida
Se cumplen 90 años del nacimiento de Elvis Presley, Rey del Rock, fantasma incesantemente invocado

Elvis Presley. | Europa Press
Es de los fantasmas más invocados del último medio siglo. Hay sobradas pruebas de ello. En 1984, por ejemplo, durante una de las escenas de la película Cazafantasmas, el presentador de un late night le dice a un por entonces lozano Bill Murray que le responda a la gran pregunta sobre el más allá, el universo de los espíritus y la clave teológica vital: «¿Cómo está Elvis? Y, ¿le ha visto últimamente?».
Hace ahora 90 años, en Tupelo, Misisipi, nacía Elvis Aaron Presley. Un soleado 8 de enero de 1935, en el seno de una familia humilde, un bebé llorón aterrizaba en brazos de un joven matrimonio en el que se mezclaban ascendencias irlandesas, germanas y hasta cheroquis. No era, lo que se dice, un hogar solvente. Vernon Elvis Presley, de 18 años al nacimiento del niño, y Gladys Love Presley, de 22 años durante el parto, se las veían canutas para salir adelante. Ayudas vecinales y gubernamentales permitieron a la joven familia resistir. Aunque todos sabemos que un hogar condenado a obsesionarse con la falta de dinero, tiene por costumbre patinar hacia la tensión y la ansiedad. Un hecho que acabaría justificando el futuro derroche patológico del, por entonces, infante Presley.
Sea como fuere, los Presley se mantuvieron a flote. El pezqueñín, aparte de guapo, no era muy buen estudiante, ni muy aplicado, ni tenía nada especial, salvo una cosa: su voz. Y aunque antes de los 10 años ya hizo pequeños pinitos en el coro de la escuela, y participó en algún concurso infantil, no sería hasta 1946 cuando se invocaría a la futura bestia del rock. El día de su cumpleaños, Elvis paseaba por las calles de Tupelo de la mano de su madre en busca de su regalo. Se encaprichó de una bici…
Por desgracia, las limitaciones económicas familiares hacían del velocípedo un horizonte inalcanzable. La segunda propuesta de Elvis, fue un rifle. Al fin y al cabo, era fan de los vaqueros. Gladys dijo que ni hablar del peluquín. Que lo que le faltaba: ir recogiendo gorriones muertos por el barrio, y dando explicaciones a alguno de los padres afroamericanos cabreados del barrio en el que vivían. Se acordó, en conclusión, que una guitarra sería un presente a caballo entre los dos. Y así, por 7,90 dólares, en una ferretería, Elvis Presley, futuro adalid del rock, genio musical donde los haya, se hizo con su primera guitarra acústica.
Su introversión y timidez lo acompañaron a lo largo de la infancia y la adolescencia. Un ensimismamiento que le costó largas cotas de marginación y una búsqueda de sosiego en la música, con la que logró ahogar todo lo demás. De ahí que la mudanza familiar de Tupelo a Memphis, Tennesse, no supusiera una pérdida lacerante. Elvis llevaba su guitarra.
Muy influenciado por su anterior barrio, Presley mamó con afán las particularidades musicales del colectivo afroamericano. A eso le fue sumando particularidades estéticas, como el tupé. Es importante hacerse cargo del esfuerzo que supuso para un púber blanco en los años 50 de los Estados Unidos, en una región sureña profundamente racista, actuar por cuenta propia. Ser diferente. No homologarse con la baja aristocracia blanca de la zona, o los hillbillys dentudos, ambos igual de endogámicos en lo que se refiere a aspecto y segregación de la comunidad negra. De esa forma, Elvis, joven bicho-raro-amigo-de-los-negros, dejó que su instinto musical lo llevara a Arthur Crudup, Rufus Thomas o B.B. King, artistas afroamericanos de los que se nutrió con sus actuaciones en directo en Beale Street, Memphis.
De esa forma, un poquito de música negra por aquí; blues y góspel, y un poquito de country por acá; Hank Snow, Bob Wills o Jimmie Davis, sumado a unos vaqueros de currela, una chupa de ferroviario y un tupé que indignaba tanto como las primeras crestas de los punks británicos, nació el rockabilly. Y Elvis Presley, bueno, fue siempre su rey. Sólo que el reino, al principio, se redujo a dos calles y acabó convertido en un imperio que sigue atrayendo adoradores y parroquianos confesos; quien escribe incluido.
Huelga decir, la figura de Elvis Presley no se redujo al hito musical. Su imagen tuvo tanta importancia que domesticó gobiernos, inspiró revoluciones y allanó el camino hacia una lucha por los derechos civiles que, a pesar de la girada reaccionaria que El Rey del Rock acabaría experimentando, jamás abandonó. Si alguien desea bucear hasta husmear la roña de las uñas de Elvis Presley durante su ascensión meteórica, y su decadente culminación, es imposible no mencionar Elvis: último tren a memphis & amores que matan, de Peter Guralnick (Libros del Kultrum). Una biografía titánica, desproporcionada, capaz de transmitir al lector todas las idolatrías alrededor de la figura de Elvis, como de despacharlo de su deífico trono gracias a hechos concretos. Sin amarillismos. Con actitud piadosa y honesta. Un culmen en lo que respecta a poder conocer los entresijos de la vida de El Rey.
En las lides cinematográficas, Elvis no sólo protagonizó muchos filmes míticos, como El rock de la cárcel (1957), Viva las vegas (1964) o Chicas, chicas, chicas (1962), también ha sido revivido (qué ironía, visto que muchos todavía lo dan por vivo) en varias películas actuales. La primera, y más sonada, Elvis (2022) de Baz Luhrmann, que si bien cojea y se las da (para mi gusto) demasiado de posmoderna, es un buen punto de partida para conocer la historia de Andreas Cornelis van Kuijk, alias: El Coronel Tom Parker, el manager paternalista, sanguijuelo caníbal y sin escrúpulos que condenó a Elvis a sufrir su particular país de los lotófagos en un ático de las Vegas.
También nos encontramos con Priscilla (2023), de Sofía Coppola. Una película que prometía y se quedó en agua de borrajas, cayendo en un sentimentalismo maniqueo que rinde poco honor a la filmografía de la directora. Aun así, es también una buena forma de ahondar un poco en la mujer que sostuvo a Elvis hasta su última etapa de derrape final. Aunque, personalmente, como producto fílmico original y logrado, me quedo con Elvis y Nixon (2016), de Terry Stacey, donde se retratan los acontecimientos previos a la famosa foto del Rey con el presidente Nixon. El asunto es que, chapoteando Elvis en unos delirios de grandeza sin parangón, y estupefacto ante el auge hippie de los años 70, Elvis se propuso al presidente Nixon como agente federal infiltrado. Ojo destripe: Elvis acabó recibiendo una placa aquel día, aunque no exactamente la que él esperaba.
El caso es que, 42 años después del día que celebramos, en 1977, quien se había alzado con la corona del rock moría de un patatús en su mansión de Graceland, en Memphis. La nota final de un largo concierto de barbitúricos y pastillamen a porrillo. Si siguiese vivo, como muchos especulan, hoy hubiera cumplido 90 tacos. Y habría que haberle explicado el reguetón y la música tecno y un sinfín de alteraciones de su estilo musical sin el que, irónicamente, sería difícil pensar que estas variaciones hubieran sido alumbradas.
Quién sabe, a lo mejor lleva estas últimas décadas repantigado en una playa privada, medio tieso, calvo, desprendido del tupé que fue su firma. O, quizás, como decía el agente K en la película M.I.B (1997), Elvis no murió, sólo volvió a casa. Sea como fuere, su música sigue viva. Al ritmo de Heartbreak Hotel (1956), Don’t be cruel (1956), o cualquiera de los impresionantes temas del álbum ‘From Elvis in Memphis’ (1969) (recomiendo la versión de El Príncipe Gitano de In the Ghetto, no tiene desperdicio), Elvis está con nosotros. Y, casi con total seguridad, celebraremos sus 100 años con igual admiración.