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¿Es la Bolsa el camino hacia la Superliga?

El debut de la liga española en el mercado de valores coincide con la batalla por controlar la competición europea

¿Es la Bolsa el camino hacia la Superliga?
Intercity, primer club español de fútbol que sale a bolsa.|Isabel Infantes (Europa Press)

Las recurrentes disputas alrededor de la Superliga (y las que quedan) reclaman una reflexión de fondo. ¿En qué consiste el negocio del fútbol en España y, sobre todo, qué quiere y qué puede llegar a ser? Esta temporada ha arrancado, además, con un hito muy significativo en este sentido, la primera salida a bolsa de un club español. Uno modesto, eso sí. Al jugar el Intercity en la modesta 2ª RFEF, la cuarta división de nuestro país, la noticia pasó más o menos desapercibida. Aunque el equipo alicantino supone un legítimo e interesante proyecto en sí mismo, a efectos de un análisis amplio de la cuestión, no pasa de mero globo sonda. Colosos como Manchester United o Juventus ya cotizan en bolsa. ¿A qué esperan nuestros grandes?

Empecemos por la base legal. Si la (¿ya no tan santa?) Transición fue delicada con los partidos políticos que debían suceder a Franco, no obligándolos a adoptar los mismos estándares de transparencia y separación de poderes que a los de otras democracias liberales vecinas, no lo fue menos con los otros partidos, los de fútbol. La Ley de Cultura Física y del Deporte de 1980 definía a todos los clubes deportivos, por mucho dinero que movieran, como asociaciones privadas sin ánimo de lucro, con el único objeto de fomentar la práctica de una salutífera actividad física. En pleno felipismo, con tiburones de la cultura del pelotazo, sin escrúpulos y con mucho dinero que lavar, se pusieron las botas. El resultado fue un desmadre de deudas que llegó a un nivel pornográfico. Había que, por lo menos, disimular. 

Para eso se aprobó la Ley 10/1990 del Deporte, desarrollada mediante el Real Decreto 1251/1999 (se tomaron su tiempo para pensárselo), que estableció que los clubes de fútbol profesional se convirtieran en una variante de sociedad anónima, la deportiva. Aunque con matices, básicamente a partir de entonces quienes quisieran entrar en las nuevas SAD tendrían que aportar una participación en el capital social a través de títulos o acciones… que podría crecer o evaporarse, según el riesgo que caracteriza a las inversiones de todo hijo de vecino. Solo cuatro clubes quedaron excluidos: el Athletic de Bilbao, el Osasuna y los dos grandes, Barça y Real Madrid, siguieron funcionando a la antigua usanza. La explicación oficial fue que solo ellos dieron un saldo patrimonial neto positivo en el lapso de las cinco temporadas anteriores a la promulgación de la ley de 1990, tras la auditoría correspondiente. Dicho de otra forma: al resto, cargado de deudas, no le quedó más remedio…  

Sin deudas significativas

Hoy, los clubes funcionan con mayor pulcritud, sin deudas significativas y con mínimos aceptables de transparencia gracias a la vigilancia de LaLiga, una suerte de patronal que el cambio de paradigma –y su correspondiente alivio de deuda– impuso como pastor del fútbol profesional. Pero no todo el mundo está de acuerdo con las excepciones a la regla general de las SAD. Álvaro Delgado Truyols, ex consejero del Mallorca y notario, se desahoga entre compañeros, en un entorno alejado del ruido mediático del fútbol, la revista del Colegio de Notarios de Madrid. «En pura teoría, la reforma se basaba en un planteamiento irreprochable. Pero el desarrollo posterior de los acontecimientos ha demostrado claramente que la voluntad política real tenía su truco. Se trataba de crear un marco jurídico aparentemente impecable que escondía una intención algo más perversa: facilitar que determinados clubes muy poderosos e influyentes, por todos conocidos, no tuvieran que convertirse nunca en SAD». 

El control de la gestión en el juego de las sociedades anónimas puede variar en cualquier momento. Las actuales luchas intestinas del Sevilla FC, por ejemplo, con unos inquietantes socios estadounidenses merodeando, deben de quitarle las pocas ganas que les queden a Florentino y Laporta, y a los socios madridistas y culés, de lanzarse a la aventura más puramente capitalista.

La UEFA, una entidad sin ánimo de lucro

Desde esa posición de control en el Real Madrid, libre de los desvelos propios de las SAD, lanzó Florentino Pérez su campaña por la Superliga. Su argumento fuerte tiene toda la lógica. La parte más suculenta del negocio del fútbol está hoy en la competición europea, por lo que los clubes más poderosos prefieren centrarse en su explotación, maximizando sus muchas posibilidades. Para ello, las competiciones locales son más bien un estorbo. ¿Por qué no limitarse al producto premium? Respuesta fácil: porque la UEFA no quiere. Y la UEFA es una institución sin nada parecido a la transición que antes mencionábamos del fútbol español: sigue siendo una entidad sin ánimo de lucro, algo así como una Unicef del fútbol europeo, con su sede en la muy convenientemente neutral Suiza: en caso de conflicto jurídico, por ejemplo, solo responde ante los complacientes tribunales helvéticos.

Aficionados del Arsenal se manifiestan contra la Superliga. | Foto: Tayfun Salci (Zuma Press)

¿Cómo puede organizarle semejante institución la parte del león de sus negocios a clubes como el Real Madrid? En la edición de este año de su Football Money League, la consultora Deloitte calcula que los 20 mejores clubes del mundo generaron 8.200 millones de euros en la temporada 2019/20… con Barcelona y Real Madrid al frente. Los diez siguientes son: Bayern de Munich, Manchester United, Liverpool, Manchester City, PSG, Chelsea, Tottenham, Juventus, Arsenal y Borussia Dortmund. De ellos, cuatro cotizan en bolsa: ManU, Tottenham, Juventus y Borussia. El resto de británicos son propiedad privada: básicamente, allí el Estado deja a los clubes que elijan la forma jurídica que les dé la gana, y suelen elegir la modalidad de sociedad de responsabilidad limitada. El PSG es una sociedad anónima dominada por los petrodólares, y el Bayern de Múnich también, pero sus acciones no se cotizan en público

En definitiva, un batiburrillo que poco tiene que ver con el orden de las competiciones más cercanas hoy en día a lo que pretende la Superliga: las del deporte profesional estadounidense. Allí, los clubes son simples franquicias. Básicamente, uno compra un equipo de la NBA como quien compra un McDonald’s. De hecho, tienen que conformarse con los jugadores que les toca en el sistema de draft y agentes libres que organiza la empresa matriz. Si te toca Michael Jordan, creas la leyenda de los Chicago Bulls. Si no, te aguantas, aunque te llames Paul Allen y hayas fundado Microsoft: sus Portland Trail Blazers no se comieron una rosca. ¿De verdad quiere eso Florentino Pérez? 

Una cuestión de diversidad

No, las cosas en Europa apuntan más hacia la diversidad. Los poderosos prefieren mantener su estatus adaptando la regulación a las circunstancias que se les vayan presentando, diferentes en cada caso según el país, la tradición de cada club, los negocios de sus dirigentes, los ciclos económicos… No debe de resultarles nada atractivo el sistema americano de franquicias, igualador de oportunidades… pero tampoco se conforman con el actual europeo de meritocracia deportiva constante, que despista parte del pastel en advenedizos que se clasifican donde no deben. De nuevo un equipo no invitado a la Superliga como el Sevilla FC sirve de ejemplo con esa incómoda manía que ha adquirido de ganar partidos importantes.

La cotización en bolsa

¿Cómo encaja ahí la posibilidad de cotizar en bolsa? El primer caso español es, en realidad, muy discreto. El Intercity tiene solo cuatro años de historia y cotiza en el mercado BME Growth, una especie de bolsa para pymes. Sus 241 accionistas mueven unas cantidades muy modestas: en la 2ª RFEF, la cuarta división de nuestro fútbol, la televisión y la taquilla no dan para nada. De hecho, el año pasado ingresaron 221.000 euros, de los que buena parte corresponden al patrocinio de la empresa del presidente, según El País, y tuvieron unas pérdidas de más de dos millones que solucionaron con una ampliación de capital. ¿Qué sentido tiene entonces invertir aquí? El futuro. Con dinero externo, de la bolsa, se puede fichar más y mejor que el resto de clubes de su categoría, y en el fútbol cada ascenso supone un incremento exponencial de los ingresos. En 1ª RFEF, por ejemplo, juegan equipos como el Deportivo de la Coruña, con audiencias importantes en canales regionales y en la plataforma de streaming Footters, que acaba de hacerse con los derechos por ocho millones de euros.

Se trata, pues, de un primer paso. Javier Tebas, presidente de LaLiga, dijo en el estreno del Intercity en la bolsa, toque de campana incluida, que estaba seguro de que le seguirán otros, pero matizó: «Tampoco van a salir todos, sino que va a ser un camino a una nueva forma, que ya existía pero que ningún club había hecho antes en España. No todos los clubes del fútbol profesional necesitan emprender este camino, pero sí hay muchos clubes que deberían emprenderlo porque son caminos para socializar el club». 

¿Querrán hacerlo? Por un lado, se argumenta el miedo a las exigencias del regulador bursátil, pero el mismo Tebas recordó que el control económico y de transparencia que exige hoy en día LaLiga es incluso superior. Solo hay que ver los apuros del Barça con el límite salarial…

Más bien habría que analizar dos conceptos. Por un lado, la posible pérdida del control absoluto de la gestión. Ni Florentino ni Laporta, ni los socios del Real Madrid y Barça, querrían gente «de fuera» entrometiéndose en las decisiones clave. Y si ya el formato SAD les parecía demasiada exposición, salir a bolsa sería una auténtica pesadilla.

La otra clave es, evidentemente, la rentabilidad. ¿Les ha ido bien a los clubes que se han lanzado? El recorrido del Intercity, de momento, no parece muy prometedor. Salió con una capitalización de 5,55 millones de euros y, tras unas semanas de euforia en las que llegó a experimentar subidas de hasta el 40%, el viernes pasado su acción acumulaba un descenso del 34,52%. En el resto de Europa, con clubes de mayor tamaño en el parqué, las cosas tampoco están para tirar cohetes.

El primero que se animó fue el Tottenham, allá por 1983, cuando los campos se embarraban con facilidad y los buenos centrales carecían de dientes. Poco a poco se fueron sumando otros británicos, italianos, daneses, holandeses, franceses, turcos, portugueses… En 2002, ya sumaban masa crítica como para crear su propio índice selectivo, el STOXX Europe Football, aunque equipos como el Tottenham o el Arsenal prefirieron ir por su cuenta en la bolsa de Londres y el Manchester United hizo lo propio en la de Nueva York. El comportamiento del selectivo desde entonces ha sido errático, un tobogán con fluctuaciones extravagantes –al final, todo depende de que entre la pelotita–, hasta que en verano del año pasado no pudo superar el golpe del coronavirus y quedó suspendido.

Cristiano Ronaldo con la camiseta del Manchester United. | Foto: Marcio Machado (Zuma Press)

La mayoría –un par de decenas– siguen cotizando, pero salvo excepciones como el Olympique de Lyon o el Ajax, clubes relativamente pequeños en comparación con los grandes nombres, el mercado del fútbol no se ha lucido en el parqué. Según los expertos, su volatilidad la deja a merced de los jugadores a corto. A medio o largo plazo, no dan para mucho. Las acciones del ManU, por ejemplo, estaban a 14,65 dólares hace cinco años; el viernes pasado, a 15,43. En ese mismo lapso, las del Borussia de Dortmund bajaron de los 4,79 euros a los 4,65, mientras que las de la Juventus de Turín subieron de los 0,27 euros a los 0,60, con un pico de 1,47 en septiembre de 2018, con el debut de Cristiano Ronaldo. El Tottenham, por su parte, decidió dejar de cotizar. 

Cierto que la pandemia ha golpeado fuerte, pero se supone que la recuperación ya está descontada en bolsa y, significativamente, la rentabilidad de los clubes de fútbol ha quedado muy por debajo de los índices selectivos generales de sus respectivos países: el FTSE británico, el Dax alemán, el CAC francés… Aunque siempre se podría argumentar que con otro formato de competición, uno limitado al producto premium y cerrado, sin ascensos ni descensos, supondría una menor volatilidad. De hecho, tras el anuncio del proyecto de la Superliga, las acciones de la Juventus subieron un 19% y las del Manchester United, un 9.8%… para desplomarse cuando empezaron a manifestarse por las calles esos consumidores tan especiales que se enorgullecen de su irracionalidad hasta el punto de responder al nombre de fanáticos. Ya lo dijo Boskov: fútbol es fútbol.

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