The Objective
La otra cara del dinero

El negocio del deporte universitario americano no es cosa de niños

La brutal multiplicación de ingresos ha reventado el amateurismo: los estudiantes deportistas ya cobran millones al año

El negocio del deporte universitario americano no es cosa de niños

Un partido de baloncesto universitario. | Wikipedia

Para los estadounidenses, marzo es un mes muy especial. Les ameniza el final del invierno lo que ellos llaman «March Madness» (lit.: «locura de marzo»): la fase final de la liga de baloncesto universitario, que ha ocupado todo el mes antes de concluir con la final a cuatro del fin de semana que viene. Solo el primer día de esta locura congregó este año una audiencia televisiva promedio de 9,8 millones de espectadores en los 16 encuentros que se retransmitieron a través de CBS, TNT, TBS y TruTV, según Front Office Sports, un 6% más que el año pasado. 

Y el año pasado el negocio ya había pasado con mucho el umbral del taco gordo. Gracias al tirón de la March Madness, la rama baloncestística de la National Collegiate Athletic Association (NCAA), una organización (supuestamente) sin fines de lucro y exenta de impuestos, cerró el ejercicio 2024 con 1.380 millones de dólares de ingresos. Los audiovisuales trajeron el 63%, porcentaje que no hace más que bajar: el dinero llega ya por todos lados. La idea es que la NCAA después lo destine a financiar becas deportivas, organizar campeonatos y repartir fondos entre universidades y conferencias de la División.

Su gran filón es el baloncesto, porque el dinero del fútbol americano se lo reparten directamente las universidades y los organizadores de los diferentes torneos, que se dividen en una intrincada estructura regional. Ahí la NCAA tiene solo un papel administrativo y normativo, no comercial. O sea, pone las reglas del juego, pero no se lleva la pasta, que se dispara hasta extremos esotéricos: el College Football Playoff (CFP), que organiza la fase final de los diferentes torneos regionales, le ha cedido los derechos audiovisuales a la ESPN a cambio de 1.300 millones de dólares al año. Por ejemplo.

En definitiva, el deporte universitario estadounidense tiene cada vez menos de universitario y más de negocio puro y duro. La idiosincrasia del país, en el que la movilidad es constante, hace que sus ciudadanos empaticen más con el equipo de su universidad, donde pasan sus mejores años, que con el de su ciudad. Además, incluso para los que no se pueden permitir la experiencia, la vida en el campus es el icono aspiracional por excelencia, y el deporte resume la experiencia del triunfador: el romance del quarterback o el capitán del equipo de baloncesto con la cheerleader es la culminación del sueño americano. Así que todos consumen deporte universitario como locos.

Sin embargo, los creadores de semejante producto eran (o se suponía) amateurs. Hasta 2021, los estudiantes no podían recibir ninguna compensación económica por jugar a cualquier deporte con su universidad. Recibían becas de estudio, eso sí, que no es moco de pavo con los precios de las matrículas y alojamiento en los campus estadounidenses. Y, sobre todo, accedían a los drafts de los que las ligas profesionales (NFL, NBA…) eligen a sus nuevos jugadores. Luego está lo de las cheerleaders y las fiestas toga, pero eso ya es otra cuestión.

Las universidades competían con todo tipo de mimos para reclutar a estrellas que hacían brillar su marca. A veces con regalos escandalosos. Fue muy sonada, por ejemplo, la revelación en 1989 de que Oklahoma State no solo no le cobró la matrícula al jugador de fútbol americano Art Lee Dykes, sino que incluyó en su oferta «académica» el uso y disfrute de un Nissan 300ZX.

Hace cinco años, el personal se hartó de la hipocresía rampante y el Tribunal Supremo de EEUU, nada menos, le dio un toque a la NCAA, que abrió la veda del profesionalismo permitiendo a los jugadores facturar por derechos de imagen a través de patrocinios, contratos publicitarios, firmas de autógrafos y negocios propios. A esta transición la llamaron NIL, por las siglas de «Name», «Image» y «Likeness». El verano pasado, las caretas cayeron del todo: los estudiantes deportistas de la primera división universitaria empezaron a cobrar sueldos. 

El resultado inmediato ha sido la creación de una nueva raza de preadolescentes millonarios. Con su acidez habitual, Tom Wolfe describió en la novela Soy Charlotte Simmons (Ediciones B, 2004) los surrealistas privilegios de los atletas universitarios de antaño, entre ellos los servicios de una especie de empollón/esclavo para hacerles los deberes. El verano pasado, Britt McHenry actualizaba al mago del Nuevo Periodismo con un artículo en The Spectator titulado ¿Ha vendido su alma el fútbol universitario?, que comienza así: «Mientras escribes y te esfuerzas en tu trabajo de 9 a 5, un deportista universitario de 23 años del que quizás nunca hayas oído hablar se ha embolsado varias cifras de siete cifras por jugar un deporte que ama. Ah, y esto es solo el salario, no tiene en cuenta los patrocinios externos que estos supuestos atletas amateurs de varios deportes y ambos géneros consiguen».

Encarna ese arquetipo Carson Beck, un quarterback que ha recibido entre tres y cuatro millones de dólares por dejar Georgia para jugar en la Universidad de Miami. Pero McHenry recuerda que hay casos peores: «Ni siquiera preguntes cuánto gana Arch Manning, de 21 años, quarterback titular de Texas y sobrino de los ganadores de la Super Bowl Peyton y Eli Manning. Pista: comienza con un seis». 

McHenry avisa también de que el nuevo sistema «también está arrasando rápidamente con la March Madness. El aclamado torneo de baloncesto masculino ahora difícilmente ve a una universidad decisiva como George Mason o VCU llegar a los Sweet 16 o a la Final Four. Cuando se gasta dinero en transferir jugadores de peso, las plantillas que pasaron cuatro años jugando juntas y construyendo camaradería se quedan en el camino». Y concluye recordando algo muy inquietante: «Estos estudiantes deportistas son técnicamente adultos, pero las universidades les prometen contratos de la NIL siendo menores».

¿Habríamos sufrido menos leyendo a Dickens si Oliver Twist hubiera cobrado una millonada por su trabajo a las órdenes de Sowerberry, aquel siniestro enterrador (ojo, disléxicos, no confundir con entrenador)?

Una entrevista en SportBusiness a Lisa Delpy Neirotti, directora del máster en Sport Management de la Universidad George Washington, muestra hasta qué punto está cambiando el deporte universitario. El entrevistador le pregunta por la decisión del Consejo de Administración de la Universidad de Kentucky de transferir su departamento de deportes a una empresa filial, separándolo de la universidad, y ella propone una hipótesis para explicar la situación: «Podría darse el caso de que se acabara pagando a un estudiante-deportista cuatro millones de dólares y luego no quedaran fondos para contratar personal docente. Ahí es cuando las cosas se pondrían un poco tensas. Creo que, en algún momento, las universidades van a conceder licencias de uso de su nombre a empresas de capital riesgo o de capital privado, a personas adineradas o a otros interesados en poseer y gestionar equipos deportivos, concretamente de fútbol americano y baloncesto. Ese propietario privado pagará a la universidad por el derecho a utilizar el nombre de la institución, y el licenciatario se hará cargo de los ingresos y gastos, incluyendo el reclutamiento, el entrenamiento y la remuneración de los deportistas. Las licencias podrían tener una duración de entre 5 y 20 años, y las universidades podrían utilizar los derechos de licencia para financiar deportes que no generan ingresos, como el tenis y la natación».

O sea, llamar a las cosas por su nombre y dejarse de historias.  Después está el asunto de las apuestas, que no solo compete al deporte universitario: está erosionando también el profesional, con la NBA muy, pero que muy preocupada. Pero esa ya es otra historia… de la que daremos cuenta por aquí en breve.

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