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Fórmula 1

La larga historia que une la Fórmula 1 con el champán

El matrimonio entre las carreras y el espumoso empiezan justo en el primer año de competición en 1950

La larga historia que une la Fórmula 1 con el champán

Max Verstappen celebra con champán su victoria. | Europa Press

Comienza el año y arranca una nueva temporada de Fórmula 1. Y si despedimos al calendario que se marcha con un espumoso en la mano, la temporada de carreras se iniciará con algo parecido. Porque será champán lo que agiten sobre sus cabezas y arrojen sobre sus compañeros los primeros pilotos que suban al pódium en Bahrein, primera cita del mundial 2024… pero no será exactamente champan, sino otra cosa. 

Cuando un piloto musulmán sube al pódium, siempre ocurre un discreto preámbulo. El citado se suele dirigir a sus compañeros sobre el cajón, y les pide que no le sea arrojado espumoso, como ocurre de forma tradicional en las celebraciones posteriores a una carrera. Según los preceptos del Corán, sus practicantes no solo tienen vetado el beber alcohol, sino que tampoco pueden permitir que roce su piel ningún destilado. A partir de ahí, el resto de habitantes de la zona de honor en las carreras tienden limitar su efusividad, y todos suelen cumplir la solicitud sin problema alguno; es una cuestión de respeto que se sigue sin inconveniente alguno. Esto ocurre en todas partes, menos justo en países musulmanes, que es donde arranca el calendario competitivo de 2024, porque allí pasará otra cosa.

En las carreras que se disputan en Bahréin, Qatar, Arabia Saudí o Abu Dabi, lo que les dan a los pilotos para celebrar es un brebaje mezcla de cítricos llamado Burj, también conocida como «agua de rosas». Saber, no sabe como el champán, pero ejecuta la misma función de dar algo de color a una anodina ceremonia. Curiosamente, lo de arrojar champán al aire, es algo solo propio y habitual de deportes con gasolina de por medio.

La espuma de las carreras 

El matrimonio entre las carreras y el champán empiezan justo en el primer año de la Fórmula 1. Al finalizar el Gran Premio de Francia de 1950, disputado en el circuito de Reims-Gueux, Juan Manuel Fangio se llevó la victoria tras sesenta y cuatro vueltas a bordo de un Alfa Romeo 158. Un proveedor local de Moet & Chandon le regaló una botella, pero no sabía que estaba empezando a escribir unas líneas de la historia de la velocidad. Aquello se fue haciendo costumbre hasta que en 1966, al término de la carrera de las 24 Horas de Le Mans, a Jo Siffert se le abrió la botella de forma accidental y puso perdidos a todos los presentes. El año siguiente, Dan Gurney lo hizo tradición al agitar su botella de forma voluntaria hasta dejarla vacía a modo de gamberrada. Cuando el resto de habitantes del pódium lo vieron, imitaron su jugada, y así ha sido desde entonces. 

Justo desde 1966 y hasta 1999, Moet & Chandon fue el champán oficial de la Fórmula 1. Aunque en los primeros años eran más baratos, sus magnum de tres litros venían a costar unos 100 euros al final del acuerdo. Desde el cambio de siglo y hasta 2015, fue la firma Mumm la encargada de abrevar la ceremonia, con botellas de tres litros y unos 110 euros de precio. La siguiente firma que emborrachó las victorias fue la argentina Chandon; no confundir con Moet & Chandon. El espumoso venido desde la provincia de Mendoza, se convirtió en un referente entre los paladares más jóvenes, pero duró poco. A partir del Gran Premio de Mónaco fue desplazado por la firma Carbon, hasta 2020, el año maldito de la pandemia. 

Carbon si era champán, y procedente de la provincia francesa de Reims, sus botellas tenían una fina capa de fibra de carbono sobre el vidrio, lo que les otorgaba un aspecto exótico y futurista. Cada una disponía de su propia etiqueta personalizada con la figura del circuito en disputa, y con acabado en oro, plata, y bronce. El problema es que cada ejemplar de tres litros costaba cerca de 3.000 euros. A razón de cuatro botellas por pódium —los tres mejores pilotos y el equipo ganador— cada cita salía por unos 12.000 euros del ala. Existe un cálculo que apunta a que durante el periodo de su estadía en la F1 —79 carreras— los pilotos lanzaron a la atmósfera 948 litros de Carbon por valor de unos 950.000 euros. 

Campeonato del mundo de corchos

En treinta y tres años, miles de botellas fueron descorchadas al final de cada prueba, pero el Campeón del Mundo en ducharse en espumoso es Lewis Hamilton. Con 197 cajones hasta el final de la temporada 2023, el cálculo es que ha tirado 591 litros de champán —o un sucedáneo—, en toda su carrera deportiva. En la tabla clasificatoria le siguen Michael Schumacher, con 155 pódiums y 465 litros de brebaje en el aire, y Sebastian Vettel, con 122 botellas abiertas y 366 litros evaporados. Los españoles también cuentan, con Fernando Alonso en quinta posición, y sus 106 botellas que han pasado por sus manos y equivalen a 318 litros, y Carlos Sainz, con 18 vidrios destaponados, y 54 litros de bebida que alegró a todos. 

El Ferrari que siempre gana en la Fórmula 1 no es un coche. Tras un breve paso de vuelta de Moet & Chandon, desde 2021 siempre sube al cajón, y en todas sus plazas a la vez, un Ferrari… Ferrari Trento, sin relación alguna con la marca de deportivos ni su escudería de carreras. Ferrari es un apellido bastante frecuente en Italia, que traducido al español, significa «Herreros». Igual que denomina a los turismos más reconocibles del planeta, da nombre a un vino espumante, que no champán, y que acompaña a los ganadores en cada ceremonia del pódium. Para ello, la marca creó, un monstruo de tres litros equivalente a cuatro botellas estándar, denominado ‘F1 Podium Jeroboam’. 

El protocolo de la fiesta

Como no podía ser de otra manera, hasta los pasos del pódium relacionados con el líquido están regulados por la Federación Internacional de Automovilismo. La FIA, dictamina como ha de celebrarse debidamente en el artículo 63 de su Reglamento Deportivo. Los encargados de ejecutar la ceremonia se los han de poner a los pies a los celebrantes, sin el alambre ni el capuchón, y los pilotos pueden sencillamente agitar las botellas hasta que los tapones salten. 

Los tres primeros y el representante del mejor coche han de subir al lugar de la ceremonia ataviados con su mono de carreras abrochado hasta el cuello, nada de camisetas conmemorativas y mucho menos reivindicativas, so pena de sanción. Tampoco pueden abrir las botellas hasta que los invitados, VIPs, azafatas, presentadores o los que entreguen los premios hayan abandonado el escenario.

Es entonces cuando por megafonía ha de sonar una música celebrativa, y comienza el llamado «champagne shower», o ducha de champán. 

Buena bebida, pero… 

El champán es terrible si te entra en los ojos, pica muchísimo, y el olor que deja sobre la ropa es muy ácido y dura todo el resto de la jornada. Es una de las razones por las que los corredores de la Fórmula 2, que corren dos carreras cada fin de semana, no se duchan en este líquido los sábados; el único mono de carreras que suelen tener, ha de servirles al día siguiente. 

Cientos de marcas de bebidas similares se pegarían por estar cada domingo en el pódium de las carreras, pero resulta obvio que no todas pueden permitírselo. De momento, Ferrari Trento tiene contrato hasta 2025, y la idea de ambas partes es que siga siendo así. En Italia es un orgullo ver una marca de su país subir siempre al pódium. 

Cuando les haces un chiste a los italianos acerca de que «Ferrari ha ganado también este domingo», todos niegan con la cabeza, unen las yemas de sus dedos con la mano hacia arriba, y sueltan un «poca miseria». No, miseria no, cada fin de semana se remiten a la atmósfera 1.200 euros en burbujas Ferrari Trento, a razón de 300 la botella. Las tienen más baratas, pero si partimos de la base de que colocan en el mercado unos 4 millones de ellas al año, en la cuenta sale que podrían comprarse un equipo de Fórmula 1 y les sobraría. Con toda seguridad, en Italia serían felices con dos escuderías Ferrari corriendo por las pistas. Lo de ganar carreras es más complicado.

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