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Economía

La solución de hoy es hacerse billonario con la minería espacial del mañana

Los problemas de logística y materias primas ponen de evidencia la necesidad de expandir las estructuras económicas. El sector espacial, con la minería de asteroides en vanguardia, se ofrece voluntario

La solución de hoy es hacerse billonario con la minería espacial del mañana

Fotograma de la serie 'The Expanse' | Amazon Prime Video

Estos prolegómenos del final (esperemos) de la Era Covid nos están dejando dos tendencias poco tranquilizadoras respecto a las cosas que consumimos y nuestra capacidad de moverlas de aquí para allá. Con los amagos de apertura del mundo tras el Gran Susto, la humanidad ensaya el Gran Entusiasmo que inevitablemente sigue al alivio. Mucho consumo de repente, básicamente. Además de circunstancias variadas relacionadas con el medioambiente o la macroeconomía, que siempre han estado ahí con uno u otro nombre, el problema realmente nuevo es el cuello de botella ante un reseteo de proporciones nunca vistas hasta ahora y que se está expresando en la carestía de materias primas y los problemas de logística

La secretaria de Comercio de Estados Unidos, Gina Raimondo, por ejemplo, lanzó la semana pasada un mensaje de alerta al Congreso por la falta de chips en el país y la fragilidad de la cadena de suministro de semiconductores. Y un informe de Bloomberg explicaba que la demanda de bienes crece a un ritmo mucho más rápido que el de la producción en su carrera por volver por donde solía. Pero, ampliando la perspectiva, lo realmente decisivo estriba en que todo este barullo volverá a pasar. Mientras antes lo reconozcamos, mejor: el coronavirus tiene pinta de ser la primera de un nuevo formato de crisis que afronta el ser humano. Más allá de solucionar el problema puntual que afrontamos hoy, debemos hacer evolucionar la respuesta económica hasta que sea capaz de reaccionar a la nueva realidad.

Entre las muchas soluciones propuestas, todas complementarias, quizá no se preste suficiente atención a la que supone la economía espacial. Conceptos que (todavía) suenan a ciencia ficción, como la minería de asteroides o los cohetes reutilizables, apuntan en esta dirección. Que los tipos más ricos del planeta, los Bezos, Musk y compañía, estén entusiasmados con esto resulta sospechoso. También el interés de quienes andan ojo avizor de los movimientos financieros más suculentos: Morgan Stanley ha calculado que la industria espacial podría alcanzar en 2040 un valor superior a 1,1 billones de dólares, y el número especial de The Economist sobre las grandes tendencias de 2022 situaba al espacio en lugar privilegiado.

Abordemos el asunto primero desde la perspectiva de las materias primas. Todo lo que necesitamos se encuentra en cantidades inconmensurables ahí fuera. Solo hay que animarse a cogerlo. Atossa Abrahamian explica en la revista académica MIT Technology Review que la minería de asteroides creó algo demasiado parecido a una burbuja alrededor de una serie de compañías lideradas por Planetary Resources, que atrajó desde 2012 a inversores como Eric Schmidt, de Google, o el cineasta James Cameron, y Deep Space Industries. Después se unió Jeff Bezos, la NASA financió la investigación en esa área, el Colorado School of Mines creó una licenciatura en minería de asteroides, el Gobierno de Luxemburgo le firmó un contrato multimillonario a Planetary Resources para abrir una oficina europea y otros países anunciaron sus propias leyes o programas de inversiones… Hasta la culminación simbólica de la declaración solemne del astrofísico Neil deGrasse Tyson de que el primer billonario de la Tierra será un empresario de la minería en asteroides, visión que suscribió nada menos que el senador Ted Cruz, candidato a la presidencia en varias ocasiones. 

Se creó algo demasiado parecido a una burbuja que estalló en 2018. Los resultados no llegaban, con el descrédito de las empresas del recién creado sector, y los inversores empecinados en el espacio exterior desviaron sus miradas hacia el más sólido (por consolidado) ámbito de los satélites, mientras otros, los más adinerados y soñadores, viraron hacia el desarrollo de cohetes cada vez más eficientes y el turismo espacial. Como dijo Peter Ward en The Consequential Frontier, la industria está madurando. Tras dar dos pasos más allá, da otro más acá, hacia cosas más factibles en el corto y medio plazo. 

Pero el sueño de la minería sigue evolucionando, ya a un ritmo más pausado. Las empresas fundamentales persisten pero con objetivos menos fantasiosos, y el ámbito institucional se está poniendo poco a poco las pilas. Significativamente, los gobiernos están desarrollando programas y legislación al respecto, con la definición de propiedad y licencias de la ONU, que equipara el espacio a las aguas internacionales, como gran vector conceptual-económico. Por si acaso. Y el sector minero tradicional ya tiene códigos estándares concretos para la estimación de recursos minerales del espacio. Los teóricos tampoco descansan. Matthew Weinzierl, de la escuela de negocios de Harvard, ha titulado El espacio, la frontera económica final un artículo en el Journal of Economic Perspectives que incide en el protagonismo que está tomando la iniciativa privada, tras el agotamiento de la fórmula de la exclusiva pública propia de la Guerra Fría, con la NASA como gran (elefantiásico) y casi único agente en el mundo capitalista. Emili Blasco, del Programa de Geopolítica Aplicada de la Universidad de Navarra, cuenta con detalle cómo está ahora la cuestión en el artículo Carrera por los recursos espaciales: de la minería al control de rutas, publicado en la Global Affairs Journal.  

Además de explicar todos estos detalles de macroeconomía y geopolítica, Blasco recuerda que «para llevar a cabo una operación de minería espacial en un asteroide hay que resolver una miríada de problemas técnicos». «Primero hay que enviar pequeños satélites de reconocimiento equipados con analizadores espectrales para determinar su composición. Una vez el proceso de catalogación se haya completado, habrá que lanzar pequeñas misiones para la recogida de muestras con el fin de verificar la existencia de los depósitos minerales que se buscan, tras lo que podría comenzar la misión de minería a gran escala». Pero, además, llegar a los asteroides es solo una pequeña parte del reto de las futuras misiones: «El proceso de minería en el espacio plantea en sí mismo sus propios desafíos». Cuestiones como, por ejemplo, la falta de gravedad, que «es una ventaja en muchos aspectos, pero complica el manejo de instrumental»; o el hecho de que «la extracción de material puede alterar la trayectoria del asteroide», por no hablar de «problemas previstos en el proceso de excavación y de extracción», que «pueden resolverse mediante el anclaje (utilizando cables o ganchos) y el embolsado de todo el asteroide o parte de él, encapsulándolo, para impedir que el mineral extraído o el instrumental utilizado pueda escapar vagando por el espacio». Después, «el material se puede procesar en el asteroide, para reducir el peso en el viaje de regreso», pero para eso habría que «instalar una planta de procesamiento allí», aunque también se puede tratar en el propio viaje, «produciendo además combustible para la nave, o en instalaciones intermedias». 

Y otra infinidad de rompecabezas científicos y tecnológicos que nos harían apretarnos las meninges para el consiguiente avance tanto de la futurística minería espacial y su logística como… de la solución que necesitamos ya para que mi teléfono móvil me llegue de China hoy mismo, sin retrasos y a un precio asequible. 

Por lo tanto, la fantasía espacial tendría sentido en la evolución de la maquinaria económica ya a corto y medio plazo. Más a largo, y en un bucle interesante, los avances en logística espacial, con su alimentación colateral a la terrena, propiciarán la expansión de los intereses humanos cada vez más lejos de nuestro planeta. Justo acaba de terminar una serie de televisión con el sugerente título de The Expanse. Pensado en principio para el canal temático de ciencia ficción Syfy, Amazon (otra vez el amigo Bezos…) Prime Video la compró en 2018 disparando su popularidad. Basada en la saga de novelas del mismo título que ganó el prestigioso premio Hugo del género en 2020, retrata una humanidad que en el futuro se ha expandido por el sistema solar con dos grandes hitos: la colonización de Marte y… la explotación minera del cinturón de asteroides. Lo más interesante de la serie quizá sea que el núcleo de su trama tiene que ver con la geopolítica y los intereses económicos (y las revueltas sociales consiguientes) que ese contexto propicia. No voy a hacer spoiler, pero el final abre un paso más las posibilidades de expansión. 

Bueno… No puedo resistirme a mencionar una pista. Por un lado, estas Navidades despegó la nave con el revolucionario telescopio James Webb de la NASA, que podría cambiar nuestra concepción de la astronomía al permitirnos darle un vistazo a galaxias nacidas «solo» 100 millones de años después del Big Bang. Por otro lado, el semanario de información católica Alfa y Omega publicó hace un par de semanas un reportaje con el sugerente título: «Otras razas inteligentes serían nuestras hermanas». Explicaba que «aunque la noticia de que la NASA había contratado a teólogos fuera un bulo, sí se está produciendo un fecundo diálogo entre científicos y teólogos sobre la vida extraterrestre». Hablando de expansiones. Pero esta ya es otra historia. 

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