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La otra cara del dinero

Por qué soportamos a los banqueros, a pesar de ser los profesionales más impopulares

«Envejecer no es tan malo», decía Maurice Chevalier, «si piensas en la alternativa». Del mismo modo, los banqueros no son tan malos cuando piensas en la alternativa.

Por qué soportamos a los banqueros a pesar de ser los profesionales más impopulares

Los banqueros son propensos a quebrar y, para garantizar su estabilidad, el Banco de España actúa de prestamista de último recurso. | Europa Press

Quitando a los políticos, los banqueros son los profesionales de los que más desconfían los españoles. Aunque en otros países caen algo mejor (quedan por encima de los periodistas, por ejemplo), en ningún lado son populares. Y aunque resulta tentador atribuir su penosa imagen a las reiteradas crisis que han sacudido el sistema financiero las últimas décadas, la aversión que suscitan no es en absoluto reciente. Jesús Huerta Soto recuerda que, en fecha tan temprana como 1554, el escolástico Luis Saravia de la Calle ya calificaba a los banqueros de «hambrientos tragones, que todo […] lo destruyen, todo lo confunden, todo lo roban y ensucian, como las harpías». Y explicaba cómo salían a la calle «igual que las rameras con su silla» y, gracias a sus «excesivos robos», compraban grandes heredades, pagaban ejércitos de criados, organizaban banquetes y vestían costosamente.

A Saravia tampoco le pasó inadvertido que eran, además, «muy propensos a quebrar», arrastrando en su caída a mercaderes y particulares. «Y por esto», sugería, «sería muy provechosa cosa» que los príncipes «desterrasen esta pestilencia» de España, pues «ninguna otra nación los consiente».

«Como ya sabemos», precisa Huerta de Soto, esto último «no es cierto». En el resto de Occidente los gobernantes no solo no restringieron la actividad de los banqueros, sino que les concedieron privilegios y han seguido actuando hasta nuestros días.

¿Por qué? ¿No son tan propensos a quebrar? ¿Y cómo es que cobran tanto? ¿No resulta escandaloso que un maestro sobreviva con un sueldo anual de 20.000 euros, mientras cada uno de los 128 principales ejecutivos de la banca hispana se embolsó en 2020 una media de 2,18 millones (1.090 veces más, para los que anden flojos en divisiones)?

La alternativa a los banqueros

«Envejecer no es tan malo», decía un valetudinario Maurice Chevalier, «si piensas en la alternativa». Del mismo modo, la banca no es tan mala si piensas en la alternativa, que es precisamente lo que han hecho dos de los últimos Nobel, Douglas W. Diamond y Philip H. Dybvig.

«Considere un mundo con varios emprendedores necesitados de financiación», escribe Diamond. «Cada uno de ellos posee habilidades únicas, que hacen que nadie más pueda generar una rentabilidad superior». Puede tratarse del descubridor de un detergente revolucionario cuya composición conoce él exclusivamente. Eso lo sitúa en una posición de fuerza frente a sus socios capitalistas y, una vez en marcha el proyecto, podría inducirlo a renegociar una porción mayor de las ganancias, argumentando (no sin razón) que él ha puesto la idea y el trabajo y los demás, únicamente el dinero.

Supongamos, sin embargo, que uno de esos socios capitalistas es un tipo especialmente espabilado y, tras estudiar atentamente el proceso de fabricación, aprende a producir el detergente sin ayuda del innovador. No solo no accederá a su chantaje, sino que prescindirá tranquilamente de él y, desde su nueva condición de CEO, podrá a su vez exigir más dividendos a los inversores que se han mantenido alejados de la gestión.

En un mundo así, el único ganador es el socio capitalista espabilado. El innovador acaba compuesto y sin empresa y el resto de los inversores obtienen una magra rentabilidad. Se trata de una estructura de incentivos que invita poco a emprender.

La vulnerabilidad estructural de los banqueros

«Diamond y Dybvig», explica la nota de prensa del Nobel, «demuestran que los bancos ofrecen una solución óptima a este problema». La clave es el tipo de contratos que introducen. Por un lado, garantizan a los depositantes la plena liquidez, es decir, pueden reclamar su dinero cuando lo deseen; por otro, proporcionan a los prestatarios créditos a largo plazo. Y salvo circunstancias tasadas y excepcionales, nada de esto puede renegociarse. Si a un banquero se le ocurriera, por ejemplo, empeorar radicalmente las condiciones de sus cuentas a la vista, se encontraría sin fondos de la noche a la mañana.

Este nueva estructura de incentivos proporciona tranquilidad a inversores y emprendedores, estimula la actividad y explica por qué los príncipes no han desterrado la pestilencia de los bancos. Sin embargo, el análisis de Diamond y Dybvig también pone de relieve una debilidad estructural. La combinación de depósitos a corto plazo y préstamos a largo provoca inevitablemente situaciones en las que no existe liquidez suficiente para atender las retiradas de efectivo. La historia revela asimismo que estos pánicos no solo son letales para las entidades afectadas, sino para la sociedad en su conjunto. Como ha demostrado el tercer Nobel de este año, Ben Bernanke, fue la quiebra en cadena de entidades la que convirtió un contratiempo relativamente manejable, como el crac de Wall Street en octubre de 1929, en un pavoroso incendio que duró una década.

¿Cómo atajarlos?

Un remedio sería obligar a las entidades a mantener en sus cajas hasta el último céntimo que se les confía. Aunque eso acabaría con los pánicos, también impediría la transformación del ahorro a corto en inversión a largo, frustrando la financiación de numerosos proyectos. Diamond y Dybvig lo consideran, por ello, indeseable y postulan que los bancos centrales actúen como prestamistas de último recurso y el Estado avale los depósitos mediante un fondo de garantía.

Los banqueros y el riesgo moral

Queda por responder la cuestión de por qué ganan tanto los banqueros. La explicación no la dan los Nobel de este año, sino la teoría de juegos. En una economía avanzada, los intermediarios financieros mueven ingentes volúmenes de riqueza. ¿Cómo podemos estar seguros de que no van a aprovechar para forrarse a costa de los accionistas? Someterlos a una estricta vigilancia las 24 horas del día es irreal, así que se les remunera con cifras escandalosas, pero que desalientan el saqueo.

«Nuestras sociedades necesitan a gente rica», dice otro Nobel, Roger Myerson. «Del acierto con que banqueros y empresarios gestionen nuestro dinero depende nuestro bienestar. Si les pagamos mal, hallarán maneras de resarcirse que no nos resultarán tan beneficiosas».

¿No es eso injusto? Sin duda, pero el propio Friedrich Hayek alertaba de que las recompensas que otorga el mercado no se corresponden con lo que los hombres reconocen como mérito. Dependen de los vaivenes de la oferta y la demanda y, si bien no tienen nada que ver con lo que entendemos por virtud, son el modo más eficaz de asignar recursos.

Nada nos impediría interferir en el sistema y, de hecho, ha habido numerosos intentos a lo largo de la historia, pero se han resuelto, como observa Myerson, «con tasas de rentabilidad inferiores, más paro, talento desperdiciado…». Y concluye: «Podemos aliviar el sufrimiento de los pobres, pero la promesa socialista de un mundo sin clases es inviable por razones de riesgo moral».

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