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El ‘marketing’ de Miguel de Cervantes: cómo el romanticismo alemán reinventó a don Quijote

Si el ‘manco de Lepanto’ levantara la cabeza, alucinaría en colores con el éxito universal alcanzado por su novela

El ‘marketing’ de Miguel de Cervantes: cómo el romanticismo alemán reinventó a don Quijote

Fotograma de 'El hombre que mató a don Quijote', la película de Terry Gilliam en la que Jonathan Pryce encarna al caballero de la triste figura. | Tornasol Films

Estamos tan habituados a referirnos a Miguel de Cervantes como «el manco de Lepanto», que no reparamos en lo poco correcto que resulta.

Hoy sería inconcebible que se llamara a un escritor (o a un político o a un empresario) «el tullido del Ebro» o «el lisiado de Guadalajara». Entre las plumas afiladas del Siglo de Oro se tenía, en cambio, por legítimo escarnecer las taras ajenas, adquiridas o congénitas. El propio Cervantes no se corta con la cojera de Francisco de Quevedo y, en El viaje del Parnaso, explica que «mal podrá» acudir a la llamada de los grandes poetas, porque «tiene el paso corto y no llegará en un siglo entero».

Cada época tiene sus tabúes y, con toda su crueldad, la España de los Austrias se nos antoja en la actualidad terriblemente pacata y puritana.

«Don Quijote —observa Andrés Trapiello—, de publicarse hoy su historia, no habría tenido más remedio que acostarse con Dulcinea en el capítulo segundo», incluso arrancar la novela no en un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme, sino «en la cama de un hotel». Y añade: «Una historia de amor como la suya sin sexo, creedlo, estaría condenada al fracaso».

Una serie de catastróficas desdichas

Trapiello también sostiene algo más difícil de asumir: «El Quijote de Avellaneda, contra lo que se ha supuesto, fue una suerte para el de Cervantes».

De poder leer su comentario, el aludido arquearía sorprendido las cejas. Su vida había sido hasta ese instante una serie de catastróficas desdichas. Herido en Lepanto y cautivo en Argel, donde «acaso sobreviviera mercadeando los favores nefandos, tal y como le acusó un fraile renegado», no consiguió a su vuelta a España que nadie representara sus comedias, tuvo un matrimonio infeliz, contrajo deudas de juego y dio finalmente con sus huesos en la cárcel por apropiarse tal vez de los caudales que debía recaudar para la Hacienda.

Entonces, inesperadamente, su Quijote fue un éxito, le encargaron una secuela y, mientras aún estaba dándole forma, se publicó en Barcelona una segunda parte apócrifa.

Divina locura

¿En qué sentido puede ser eso una suerte?

«El error de Avellaneda —argumenta Trapiello— no estribó en escribir un libro contra Cervantes, como Cervantes creyó, sino contra don Quijote y Sancho, que eran criaturas limpias y graciosas, que el de Tordesillas convierte en zafias, glotonas e impertinentes». Eso induce a Cervantes a salir en su defensa y, mientras Avellaneda condena a su caballero a morir en un manicomio como un loco cualquiera, Cervantes «lo devuelve al mundo y le restituye su cordura» para que aparezca como lo que es: «una gran metáfora sobre el vivir humano», sobre el choque brutal entre los ideales y la realidad, sobre la grandeza de perseguir un sueño imposible.

Aunque acabe «despreciado y cubierto de cicatrices».

¿Qué importa lo que pensara Cervantes?

Si esta lectura formaba parte del plan original de Cervantes es algo que los eruditos debaten.

«En su influyente libro The Romantic Approach to Don Quixoterecuerda William Egginton— el fallecido Anthony Close, de Cambridge, arremetió contra los críticos que leían la obra de Cervantes desde una perspectiva filosófica por imponer ‘estereotipos y preocupaciones modernas’ a una novela que fue escrita exclusivamente como parodia de los relatos de caballerías».

Pero, ¿es de verdad eso relevante?

Lo dejó muy bien escrito en mi opinión (y en la de Trapiello) Miguel de Unamuno en Del sentimiento trágico de la vida: «¿Qué me importa lo que Cervantes quiso o no quiso poner allí y lo que realmente puso? Lo vivo es lo que yo allí descubro, pusiéralo o no Cervantes».

Y si no lo puso Cervantes, ¿quién lo puso?

Cuando los alemanes eran bastante atrasados…

La culpa la tienen, como siempre, los alemanes.

En el siglo XVIII se había fraguado un consenso bastante amplio de que lo logrado por Isaac Newton en el ámbito de la física podía replicarse en el de la política y que, mediante la aplicación de la razón y el método científico, la humanidad entera alcanzaría la paz y la felicidad. Todo Occidente vivía pendiente del laboratorio donde ese gran experimento se llevaba a cabo: Francia, «ese gran país —escribe Isaiah Berlin— que dominaba las ciencias y las artes y todos los campos de la vida humana en general, con una arrogancia y un éxito nunca vistos hasta entonces».

Todo Occidente vivía pendiente de Francia, salvo Alemania.

«La verdad sobre los alemanes —sigue Berlin— es que en los siglos XVII y XVIII constituían una provincia bastante atrasada». Estaban gobernados por cientos de príncipes y subpríncipes y habían sufrido el violento trastorno de la Guerra de los Treinta Años, «una desgracia sin parangón en la historia europea». Su cultura se había vuelto provinciana y el esfuerzo de Federico el Grande por modernizarla acogiendo a enciclopedistas en la corte prusiana solo logró exacerbar la humillación de sus compatriotas.

…y los franceses eran monos disecados

En ese ambiente no exento de malsana envidia y casi por llevar la contraria, surgió una corriente de pensamiento que cuestionaba el núcleo mismo de la Ilustración: que existiera un remedio universal para los problemas sociales.

Voltaire creía que todas las personas, en París o en Berlín, en Lima o en Sebastopol, buscaban lo mismo: la serenidad, la satisfacción, la paz. Pero esto no era cierto, denunciaban pensadores como Johann Georg Hamman o Johann Gottfried Herder. «El hombre colocado en un jardín à la Voltaire, en uno reducido y podado, en uno cultivado por algún sabio philosophe conocedor de la física, la química y la matemática, y de todas las ciencias que los enciclopedistas recomendaban, sería un hombre muerto en vida».

Todos los franceses, pensaban, eran como monos disecados, incapaces de vislumbrar las pasiones que abrigaba el alma humana.

El que no crea nada, está muerto

Los sucesores de Hamman y Herder serán aún más radicales.

Friedrich Schiller insistirá en que lo único que hace hombre al hombre es su capacidad de elevarse por encima de la naturaleza, de moldearla, de explotarla, de subyugarla. El sentido de la existencia no se desvela mediante la lectura de libros sagrados ni a través de la ciencia, sino que se inventa. Y Johann Gotlieb Fichte añadirá que alguien que no construye nada y simplemente acepta lo que la naturaleza le ofrece, está muerto.

¿Y qué personaje encarna mejor este agónico choque con la realidad que don Quijote?

«Quien quiere, pueda. Quien puede, quiera»

Lo paradójico es que la recepción inicial de la obra de Cervantes en Alemania no pudo ser más convencional.

Durante un siglo, El Quijote se consideró, como en otras partes, una sátira de la ignorancia de las masas. Solo cuando Napoleón empezó a difundir a sangre y fuego los ideales de la Razón quedó claro que había diferentes modos de organizar una sociedad, que la talla única de la Ilustración no le convenía a todos los pueblos y que cada uno debía decidir su propio destino.

Las aventuras del caballero de la triste figura dejaron de verse, entonces, como una mera parodia para convertirse en la parábola de una vida plena.

«Es ese desinterés —concluye Trapiello— el que […] nos sobrecoge y admira, porque don Quijote al arremeter, desbaratar o acuchillar molinos de viento, rebaños y pellejos de vino, que toma por verdaderos enemigos de la humanidad, acomete, soñador y consciente, una empresa en la que está convencido pueden írsele los pulsos y escupir el último aliento. Quiero decir, que lo que hoy nos sigue enardeciendo de don Quijote es su capacidad simbólica para representar las luchas justas y la grandeza del que ha podido encerrar todo su ideario en este memorable mote: ¡Quien quiere, pueda. Quien puede, quiera’».

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