Gabriel Tortella: «España crece porque crece la población, la renta per cápita no va tan bien»
«Madrid es el motor de la economía. Cuando Sánchez alardea de gestión, se atribuye méritos de la señora Ayuso»
Gabriel Tortella (Barcelona, 1936) es catedrático emérito de Historia de la Economía de la Universidad de Alcalá de Henares, presidente de la Asociación de Historia Económica, promotor de la Revista de Historia Económica, expresidente de la Asociación de Historia Económica, y así podría seguir un buen rato enumerando sus incontables méritos, pero me interesa llamar la atención sobre una palabra que se repite como un insistente bordón en su currículum.
Me refiero a la palabra historia.
Gabriel Tortella es un prominente historiador de la economía, y déjenme diseccionar palabra por palabra la expresión «prominente historiador de la economía».
Es historiador porque esa ha sido su vocación de siempre, aunque, como me confesó en otra conversación que mantuvimos para THE OBJECTIVE, su padre lo obligó a estudiar Derecho, porque decía que servía para muchas cosas, mientras que la historia no era tan útil y siempre podría aprenderla por su cuenta si tanto le gustaba.
La economía la descubrió en segundo de Derecho. Tuvo un profesor de economía política «buenísimo» (el superlativo es suyo) que le insufló la pasión por una disciplina que aportaba un montón de claves para entender la realidad y, en cuanto se licenció, se fue a la Universidad de Wisconsin a estudiarla en profundidad.
Me queda por aclarar lo de prominente y es que después de formarse en Estados Unidos, de ejercer allí la docencia y de casarse y divorciarse, regresó a España. Leandro Prados de la Escosura, otro prominente economista, fue su alumno y me contaba la enorme impresión que les causó a él y a sus compañeros un profesor que iba en vaqueros, que tuteaba a todo el mundo y que desafiaba al establishment académico con su defensa del mercado y el liberalismo.
Hay que decir que Gabriel Tortella había salido marxista de España, pero su labor de investigación en Estados Unidos lo transformó y, aunque todavía hoy tiene a Marx en su panteón particular de hombres ilustres, cree que el pensador alemán erró en su condena del capitalismo. Gabriel Tortella sostiene incluso que el propio Marx comprendió hacia el final de su vida que estaba equivocado y que por eso dejó inacabado El Capital (que remató su amigo y protector Friedrich Engels).
Por desgracia, no era eso lo que opinaban sus colegas en España. Para muchos, el capitalismo era malo y el proteccionismo, fundamental para el progreso. Tenían una paupérrima formación en teoría económica. No entendían ni a David Ricardo ni a Adam Smith ni, sorprendentemente, a Marx. Habían leído muy poco, eran todos de letras y no se tomaban demasiadas molestias en contrastar sus tesis.
Todo eso fue lo que empezó a cambiar con Gabriel Tortella.
Por eso me ha parecido adecuado calificarlo de prominente historiador de la economía y por ahí, por la historia de la economía, arranca nuestra conversación, de la que sigue una versión editada y extractada y que puede disfrutarse íntegra en la web de THE OBJECTIVE.
«La auténtica revolución del siglo XX fue la conquista del estado de bienestar»
Pregunta- El siglo XX, que es tu especialidad, asistió a los mayores avances, pero también a las mayores barbaries: el Holocausto, la bomba atómica, los gulags… ¿Están ambos fenómenos relacionados?
Respuesta- En cierto modo. En el siglo XX, el crecimiento económico fue mucho más rápido que en el XIX, que había sido el periodo de mayor desarrollo de la humanidad. Culmina entonces la Segunda Revolución Industrial (o la Tercera, depende de cómo se cuenten), que va a dar lugar a innovaciones como la aviación o la física del átomo, magníficas, pero susceptibles de usos inadecuados. El ser humano se hace más poderoso y ese poder se utiliza a veces para el bien y a veces para el mal.
Al mismo tiempo, todo ese progreso supone un seísmo social. Pasar de una economía agraria a otra industrial genera tensiones. Emergen nuevas clases que desafían a las élites tradicionales.
«El fascismo prácticamente ha desaparecido, hoy se usa más como insulto que como una categoría precisa»
P.- En eso consiste lo que has llamado La revolución del siglo XX.
R.- Exacto. El socialismo, cuyos objetivos parecían inalcanzables unas décadas atrás, va a llevarse por fin a la práctica, fundamentalmente gracias al triunfo de la democracia. En torno a 1914 [y para ganar el apoyo de la izquierda obrera a la Primera Guerra Mundial] se generaliza el sufragio universal y los partidos socialistas, que venían moviéndose en una especie de limbo, se incorporan al sistema y comienzan a construir el Estado de bienestar. Esa es la revolución, la conquista del Estado de bienestar, y fue un proceso esencialmente pacífico.
P.- Aunque no exento de tensiones…
R.- Las clases medias replicaron al comunismo con el fascismo. Ante la incapacidad de la democracia liberal para detener el avance marxista, buscaron en Hitler, en Mussolini y en Franco un valladar. Este enfrentamiento, unido al auge del nacionalismo, explica en gran medida los dos tremendos conflictos mundiales de 1914 y 1939.
Al final, afortunadamente, las guerras calientes se transforman en Guerra Fría. El fascismo prácticamente ha desaparecido hoy y se usa más como insulto que como una categoría precisa. En muchos aspectos, la segunda mitad del siglo XX ha sido casi un mundo feliz. Incluso los dirigentes de la Unión Soviética tardía, los Brézhnev y Gorbachov, se nos antojan prudentes y moderados en comparación no ya con Lenin o Stalin, que fueron auténticos verdugos, sino con Vladimir Putin. El presidente ruso actual es, como Hitler, un nacionalista resentido. Hitler quería resarcirse de la derrota alemana en la Primera Guerra Mundial y Putin, de la derrota en la Guerra Fría.
«La segunda mitad del siglo XX ha sido casi un mundo feliz. Los dirigentes soviéticos tardíos eran prudentes y moderados en comparación con Putin»
P.- Si Marx levantara la cabeza y viera cómo vive la gente en el siglo XXI, ¿crees tú que pensaría que el comunismo había triunfado?
R.- Marx era un tipo genial, pero se equivocó muchísimo. Como dijo Joseph Schumpeter, su teoría económica [basada en la apropiación de la plusvalía, la tendencia decreciente de la tasa de ganancia y las crisis recurrentes] está muerta y enterrada. Sin embargo, se puede hacer una lectura de su obra en clave socialdemócrata. Es la que, de hecho, llevó a cabo uno de sus discípulos, Eduard Bernstein [miembro del Partido Socialdemócrata de Alemania y defensor de un socialismo evolutivo y no revolucionario]. A principios de la década de 1930, cuando estaba a punto de morir, declaró: «Teníamos razón, se podía hacer una transición pacífica mediante el sufragio universal».
Es muy posible que, como has recordado en tu presentación, Marx contemplara perplejo que la realidad no seguía las líneas que él había trazado. Pasó sus últimos años en Londres y allí el nivel de vida de los trabajadores mejoraba y no se cumplía la ley de bronce de los salarios [según la cual los sueldos reales tienden hacia el nivel de subsistencia]. Alguien tan inteligente como Marx tuvo que darse cuenta de que todo su invento hacía agua. Por eso dejó de escribir. Se entusiasmó con la Comuna de 1871 [el movimiento insurreccional que gobernó brevemente París tras la derrota de Sedán], pero nunca terminó El Capital. Y es muy posible que, si levantara de nuevo la cabeza, admitiera que la transformación social que defendía podía llevarse a cabo sin violencia.
De todos modos, no soy un especialista en Marx. No he leído todas sus biografías ni su obra completa, pero me da la impresión de que era un hombre difícil, muy vanidoso, con graves problemas personales y bastante neurótico.
«Marx era un tipo genial, pero se equivocó muchísimo. Su teoría económica está muerta y enterrada»
P.- Y un gran pensador.
R.- Sin duda, un gran pensador, no tanto económico como social. Su materialismo histórico [la idea de que la forma en que una sociedad produce y distribuye sus bienes condiciona sus instituciones políticas, jurídicas y culturales] me parece muy convincente. En cambio, la ley de bronce de los salarios o la teoría del valor-trabajo [según la cual el precio de una mercancía depende del tiempo invertido en su elaboración] llevan más de un siglo descartadas.
P.- ¿Qué impulsa el progreso? Tanto la izquierda como la derecha coinciden en la importancia de la innovación. Sin embargo, la Unión Soviética desarrolló inventos notables, sobre todo en defensa, y su nivel de vida nunca pasó de lo decoroso.
R.- La innovación impulsa el progreso, pero solo cuando existe libertad para innovar y se recompensa generosamente al innovador. Ahí es donde la teoría de Schumpeter sigue plenamente vigente, al contrario que la de Marx.
«La innovación impulsa el progreso, pero solo cuando existe libertad para innovar y se recompensa generosamente al inversor»
P.- Te refieres a la creación destructiva.
R.- Eso es, la creación destructiva. Un genio técnico o empresarial, movido por el ánimo de lucro, desarrolla un producto que deja obsoletos a los competidores y le permite obtener grandes beneficios, hasta que otros rivales lo imitan y perfeccionan y lo dejan a su vez obsoleto. Esa libre concurrencia es una fuente indudable de dinamismo y nos permite disfrutar de bienes y servicios cada vez mejores y más baratos.
Ahora bien, hay algo que suele olvidarse. Toda esta lógica no se aplica a las finanzas. Ahí no hay autorregulación. En los mercados de bienes, los rendimientos decrecientes y los costes marginales crecientes imponen límites claros a la expansión de la oferta. [Una fábrica de zapatos no puede ampliar indefinidamente su producción, porque llega un momento en que no caben más máquinas ni puedes meter a más trabajadores sin que se estorben]. Pero los costes de emitir activos financieros [acciones, derivados, el propio dinero] son muy bajos y no existen prácticamente rendimientos decrecientes. Por ello esos mercados no tienden al equilibrio y provocan euforias como la que precedió a la Gran Recesión de 2008, en la que todo el mundo emitía instrumentos financieros, aunque fueran inseguros y de mala calidad.
«El bitcoin es un camelo, un engañabobos. Se basa en que la gente crea en él y en que ello haga subir su valor. Yo no me metería ahí ni loco»
P.- ¿Y cómo se soluciona ese problema?
R.- Requiere intervención estatal. La creación de dinero es muy productiva, pero también muy peligrosa. No es extraño que siempre haya estado bajo control público.
Y no es el único ámbito en el que el mercado rinde mal. Cuando hay economías de escala [es decir, cuando eres más productivo cuanto mayor es tu tamaño], como ocurre en muchas industrias, surge una tendencia natural al monopolio [porque las empresas grandes expulsan a las pequeñas]. Nuestros amigos liberales imaginan mercados formados por productores modestos que no influyen en los precios, y eso no es del todo exacto. Cuando la competitividad depende de la escala, como en el automóvil o en la siderurgia, aparecen oligopolios y monopolios. Hay que reconocerlo y no pasa nada.
«La democracia no es indispensable para el progreso. Me di cuenta de ello con gran tristeza en vida de Franco»
P.- ¿Qué opinas tú del bitcoin?
R.- Que es un camelo, un engañabobos. Lo piensa también nuestro amigo Paul Krugman, que tiene un Nobel.
P.- Es verdad que pretendía ser un dinero sin bancos ni banco central y no lo ha conseguido, pero se ha convertido en una reserva de valor en la que muchos creen.
R.- La palabra crédito viene de creer, igual que fiducia viene de fe. Todo el sistema financiero es fiduciario: se basa en la fe. Si te las arreglas para convencer a la gente de que los instrumentos de crédito que emites son fiables, al final se acaban aceptando. Pero cuando esa confianza se quiebra, por exceso de emisión o cualquier otra causa, llegan las grandes crisis. Ya pasó en los siglos XVII y XVIII, con la fiebre de los tulipanes y con la banca de John Law [que en 1716 empezó a emitir en Francia más billetes y acciones de los que podían respaldarse con sus reservas de oro y con los beneficios de la Compañía del Misisipi, dando lugar a una burbuja que estalló estrepitosamente en 1720]. Es un proceso conocido: una compañía se pone de moda, sus acciones suben y todos compran, hasta que el precio supera con creces la rentabilidad real y el montaje se viene abajo.
«El franquismo se acabó, por fortuna, y no tiene sentido seguir agitándolo. Pertenece al pasado, es un capítulo cerrado»
P.- El bitcoin ni siquiera reparte dividendos ni tiene un uso industrial, como el petróleo.
R.- Se basa únicamente en que la gente crea en él y en que ello haga subir su valor. Es una pirámide, pura y simple.
P.- Se sujeta a sí mismo como el barón de Münchhausen, que se sacó de una ciénaga tirando de su propia coleta.
R.- Es ese tipo de cosa. Yo, desde luego, no me metería ahí ni loco. Pero ha ocurrido tantas veces…

P.- No parece que la democracia sea indispensable para el progreso. Con Franco crecimos más que en ninguna otra época. Y no somos una excepción: ahí están Singapur, Corea del Sur y, más recientemente, China.
R.- Sí, me di cuenta de ello con gran dolor en vida de Franco. Yo creía que la dictadura debía de ser muy mala para el crecimiento, pero tiene ventajas importantes: garantiza estabilidad social, paz en los mercados y salarios modestos. Todo ello incentiva la inversión, porque hay menos riesgos que en una democracia de libre mercado. Ahora bien, también tiene inconvenientes. Las dictaduras inhiben la creatividad, porque desean tener controlado el pensamiento, y ello limita la producción de ideas, tanto prácticas como filosóficas. ¿Hasta el punto de neutralizar las ventajas anteriores? Es difícil de medir, pero en cualquier caso yo siempre tuve claro que al franquismo había que oponerse por razones éticas.
«El sur de Europa empezó a retrasarse en el siglo XVIII. La Revolución industrial necesitaba una expansión agrícola que los climas húmedos del norte favorecían»
P.- ¿Y crees que esa represión de la creatividad puede frenar el progreso de China?
R.- Es un límite importante, pero los chinos son muy inteligentes y ya se han dado cuenta de ello. El Partido Comunista Chino dejó de ser comunista hace tiempo. La ideología le sirve para legitimar su autoridad, pero no pretenden controlar completamente a sus ciudadanos, como sí hacían los soviéticos. Dejan que la gente viaje al extranjero, establezca contactos, se relacione. También Franco permitió ese trasiego después de 1959. A partir del Plan de Estabilización, el régimen se volvió capitalista y abrió sus fronteras.
P.- Los chinos también encontrarán alguna salida.
R.- Algo tendrán que hacer, porque las protestas de Tiananmen en 1989 volverán a repetirse. Un país tan desarrollado y vital como China, con una población tan inteligente y culta, sufrirá inevitablemente esas tensiones.
Pero vuelvo a Franco. También él pareció entender en sus últimos años que la dictadura no podía continuar tras su muerte y designó a un rey que pudiera ser constitucional y democrático. China afronta una situación similar. Tarde o temprano surgirán fuerzas que reclamen libertad, y va a ser un problema.
«La Contrarreforma fue catastrófica para España. Aquellos municipios donde la Inquisición fue más activa todavía hoy son más pobres»
P.- Tú sufriste la represión del franquismo en tus propias carnes: estuviste en la cárcel y acabaste autoexiliado. Sin embargo, no compartes la obsesión del actual Gobierno por resucitar los horrores de la dictadura.
R.- Me parece un truco de baja ley, una forma de atizar el miedo: «Duérmete niño, que viene el coco». El franquismo se acabó, afortunadamente, y no tiene sentido seguir agitándolo. Podrá haber movimientos de derecha (los señores de Vox, por ejemplo), incluso quedarán algunos nostálgicos del Movimiento, como quedan del comunismo, que son, en mi opinión, más peligrosos, pero todo eso pertenece al pasado, es un capítulo cerrado. Lo he dicho en THE OBJECTIVE y en algún libro: la Segunda República y la Guerra Civil son etapas de la gran revolución española del siglo XX [que comenzó con la Primera Guerra Mundial y concluyó con el acceso a la Comunidad Económica Europea en 1986]. Y tras las turbulencias revolucionarias de uno u otro signo, las sociedades aceptan perder su libertad en aras de la tranquilidad y el orden. Sucedió con Cromwell en Inglaterra, con Bonaparte en Francia, con Bismarck en Alemania…
«En América Latina, en cuanto un país europeo no hace lo que ellos quieren, invocan el pasado colonial. Sánchez ve franquistas por todos lados y ellos ven colonialistas»
P.- De modo que el siglo XX español fue una reproducción tardía de la Revolución Francesa y Franco vendría a ser nuestro Napoleón.
R.- Salvando las distancias, claro. O si se quiere, algo entre Napoleón, Cromwell y Bismarck. En alguna ocasión escribí que unos países tienen más suerte con sus dictadores y otros menos. Franco fue, en muchos aspectos, un personaje lamentable, aunque tuvo cierta serenidad y habilidad para mantener el control y encauzar la situación. Es difícil saber cuánto entendía de economía. Creo que se resistió mucho al Plan de Estabilización, pero acabó convenciéndose y, con el tiempo, llegó incluso a alardear de que había sido idea suya. La realidad es que lo aceptó a regañadientes, y parece que fue decisiva la intervención de Mariano Navarro Rubio, el ministro de Hacienda. El hecho de que fuera militar [general del Cuerpo Jurídico] le ayudó. Franco le hizo caso porque era uno de los suyos.
«Que Sánchez siga sin Presupuestos ni mayoría parlamentaria es un escándalo absoluto y una total falta de principios democráticos»
P.- ¿A qué atribuyes el atraso secular de España respecto de los países centrales de Europa? Hubo un tiempo en que fuimos una gran potencia, y en el siglo XVIII parecía que nos acercábamos de nuevo al nivel del Reino Unido y de Francia.
R.- Sí, aunque en realidad no nos acercábamos tanto. Desde el siglo XVII el sur de Europa (España, Portugal, Italia y Grecia) fue retrasándose respecto del norte. En buena medida, los motivos fueron físicos: la Revolución Industrial vino precedida de una expansión de la producción agrícola que los climas húmedos y fértiles del norte favorecían. El Mediterráneo era menos lluvioso y eso marcó una diferencia sustancial.
La pregunta inmediata que suscita esta explicación es: «¿Y por qué en tiempos de los romanos era al revés?» [El granero del imperio eran el Magreb y Egipto]. La respuesta es que la Europa septentrional era entonces tan boscosa que no podía cultivarse. Pero una vez que se talaron los árboles, sus campos se revelaron mucho más productivos que los meridionales.
Hay, además, un factor cultural, y es que el protestantismo fue más propicio al progreso que el catolicismo. Aunque generó muchas luchas internas, al no imponer un dogma único como la Iglesia católica, la Reforma favoreció la libertad intelectual. Muchos pensadores de origen hispano, como Spinoza o Juan Luis Vives, pudieron completar sus obras porque se instalaron en los Países Bajos… La Contrarreforma fue catastrófica para España, y también para Italia. A Galileo lo obligaron a negar que la Tierra giraba alrededor del Sol. Estos dos factores, la baja productividad agraria y la opresión intelectual, fueron un lastre enorme, mucho mayor de la que suelen admitir los historiadores. Hay estudios cuantitativos que lo corroboran. Un trabajo de Mauricio Drelichman y otros investigadores [Jorge Vidal-Robert y Hans-Joachim Voth] revela que aquellos municipios españoles en los que la Inquisición fue más activa son hoy más pobres y menos educados.
«Donald Trump me horroriza, es un personaje lamentable, un Sánchez americano. Estados Unidos se ha pegado un tiro en un pie eligiéndolo»
P.- Benito Arruñada se queja en su último libro, La culpa es nuestra, del papel de los intelectuales. Y no se refiere a Javier Bardem o Pedro Almodóvar, sino a Ortega y Gasset y a la generación del 98. Dice que despreciaban la actividad mercantil.
R.- No estoy muy de acuerdo. No se puede esperar que un filósofo sepa economía.
P.- Pero sí es cierto que Ortega, a quien admiro enormemente, desdeñaba a los comerciantes.
R.- Puede ser, pero, insisto, no le puedes pedir a un filósofo que sepa economía, igual que tampoco los economistas entienden de filosofía. Aparte de que en España, hasta bien pasada la Guerra Civil, los economistas apenas tuvieron influencia. Había pocos y no eran muy brillantes. Eso cambió en los años 50 y 60, cuando empezaron a salir los primeros licenciados en económicas. [En España no hubo facultad de Economía hasta 1943].
Aun así, Ramón Tamames, a quien aprecio mucho, defendía las virtudes del proteccionismo en su manual [Estructura económica de España]. Luego rectificó, pero durante mucho tiempo defendió que la industrialización española había sido posible gracias a las barreras arancelarias.
No creo, por tanto, que fueran los intelectuales los únicos responsables del atraso. También los economistas defendieron ideas equivocadas hasta muy recientemente.
«Sánchez se mete en cada charco por no pensar las cosas…»
P.- Hace poco el ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel Albares, pidió perdón por las injusticias cometidas durante la conquista de México.
R.- Me sorprendió mucho. He vivido en México, estuve casado con una mexicana y es un país por el que siento gran simpatía. Pero lo de Andrés Manuel López Obrador y la señora Claudia Sheinbaum es pura demagogia. En América Latina, en cuanto un país europeo no hace lo que ellos quieren, invocan el colonialismo. Les pasa como a Sánchez, que ve franquistas por todas partes. Ellos ven colonialistas.
Me parece absurdo. Reconozco que los aztecas tenían grandes virtudes, pero eran antropófagos. Basta leer a Bernal Díaz del Castillo o a Hernán Cortés. Le sacaban el corazón a la gente y se la comían. ¿Qué civilización se puede construir sobre eso? Comprendo que los conquistadores fueron duros, pero pedir perdón por aquello es demagogia pura. Y que nuestro ministro de Asuntos Exteriores lo haga revela francamente una falta de cultura preocupante.
«Si a Pedro Sánchez le dejaran elegir su oposición ideal, diría: ‘El señor Núñez Feijóo’. No sabe discutir…»
P.- Y algo de sectarismo.
R.- En el fondo, hace lo que le mandan, es la voz de su amo. Sánchez quiere congraciarse a toda costa con Morena, el partido del señor López Obrador [que llegó a pedir una «pausa» en las relaciones con España después de que su reforma eléctrica suscitara las quejas de Iberdrola, Naturgy, Acciona y Repsol]. Incluso ha promovido la entrada de Morena en la Internacional Socialista, en sustitución del PRI [Partido Revolucionario Institucional] y, claro, ahora estos lo llaman corrupto y de todo. ¡Se mete en cada charco por no pensar las cosas…!
P.- Ya que hablas de Sánchez, ¿qué te parece cómo va España? Crecemos más que nadie en Europa, pero también estamos entre los países con más privación material y social severa.
R.- Crecemos porque crece la población. En aumento de la renta per cápita no vamos tan bien. [La brecha con los países más avanzados del euro apenas se ha reducido en las últimas décadas]. Además, me hace gracia que el motor de la economía sea Madrid, que no es precisamente un feudo socialista. Sánchez se mete continuamente con la señora [Isabel Díaz] Ayuso, porque es liberal y su modelo es insolidario. Pero resulta que el crecimiento de Madrid explica gran parte del crecimiento nacional [en torno al 20%], así que cuando Sánchez alardea de que vamos como un cohete, se está atribuyendo méritos que en buena medida corresponden a Ayuso… La verdad es que el PP, aunque sea un partido un poco ridículo, en Madrid ha funcionado.
«Si pides el voto prometiendo que jamás concederás la amnistía y lo primero que haces luego es concederla, eso no es cambiar de opinión, eso es engañar»
P.- ¿Por qué dices que el PP es un poco ridículo?
R.- Porque parecen tontos. Siempre digo que si a Pedro Sánchez le dejaran elegir su oposición ideal, diría: «El señor [Alberto Núñez] Feijóo». Parecen tontos, no saben discutir.
P.- ¿Qué le dirías tú a Sánchez si estuvieras en una sesión de control?
R.- Uf, no sé por dónde empezar. Mi mujer y yo hemos elaborado una lista interminable de invectivas contra Sánchez. Prácticamente todo. Por ejemplo, sus mentiras. Él dice que no son mentiras, sino cambios de opinión, pero si pides el voto prometiendo que jamás concederás la amnistía a los separatistas y lo primero que haces luego es concedérsela, eso no es cambiar de opinión, eso es engañar. Si realmente has cambiado de opinión, debes disolver las Cortes y someter esa decisión a los votantes.
«A veces siento nostalgia de la Guerra Fría, de aquellos comunistas sensatos que, pese a amenazar con la bomba atómica, en realidad no querían usarla ni provocar conflictos»
P.- Tampoco tiene mucho sentido que siga en la Moncloa sin Presupuestos ni mayoría parlamentaria.
R.- Es un escándalo absoluto. Refleja una total falta de principios democráticos. Este señor nunca los ha tenido. Y me parece que el PP podría hacer una oposición más agresiva, pero se comporta como si tuviera que pedir perdón por existir.
P.- ¿A qué te refieres?
R.- Sánchez, que tiene tanto que ocultar, con todos sus escándalos y sus mentiras, se muestra seguro, desafiante. Los populares tienen la Gürtel, de acuerdo, pero no es nada comparado con lo actual y, sin embargo, van con la cabeza gacha, como arrastrándose.
P.- No puedo dejar que te vayas sin que me des tu opinión de Donald Trump.
R.- Me horroriza. Es un personaje lamentable, al que me cuesta además entender. Ronda la demencia. Es, digamos, un Sánchez americano. Los dos subvierten la Constitución. Ninguno cree en la democracia. Aceptan la maquinaria electoral porque la necesitan para ser presidentes, pero no les gusta.
A Trump le fascinan los dictadores, especialmente Putin. Es poco inteligente, jamás ha reflexionado a fondo sobre nada y, además, me da la impresión de que es un desclasado. Aunque proviene de una familia rica, la aristocracia estadounidense siempre lo consideró un nuevo rico y eso alimenta su resentimiento hacia las élites intelectuales y sociales.

Es, en suma, un tipo muy desagradable y Estados Unidos se ha pegado un tiro en un pie eligiéndolo. Sus aliados naturales somos las democracias europeas y alguna asiática, pero Trump nos trata a todos con desprecio. Que conste que entiendo y comparto sus críticas a la UE. Durante décadas hemos dependido de Estados Unidos en materia de defensa. Íbamos a remolque, ha sido una postura ridícula y criticable, pero de ahí a catalogarnos de enemigos… ¿De verdad cree que Putin o Xi Jinping van a apoyarle? En absoluto. Solo hay que ver cómo lo tratan, lo engañan constantemente. Es un personaje patético…
Aunque también la izquierda norteamericana ha sido deplorable: no es que Trump ganara las elecciones, es que las perdieron los demócratas, que uno no sabe ya si son progresistas o qué son.
P.- La tiranía de lo woke y la política de la cancelación son un atentado contra las libertades.
R.- Yo he pensado mucho en eso. Creía que, al caer el comunismo, triunfaría la socialdemocracia, y el resultado ha sido un desastre. En serio te digo que a veces siento nostalgia de la Guerra Fría, de aquellos comunistas sensatos que, pese a amenazar con la bomba atómica, en realidad no querían usarla ni provocar conflictos. Comparados con Putin, que parece un Hitler, eran casi tranquilizadores.
