The Objective
La otra cara del dinero

¿Se vive peor en la UE que en Estados Unidos?

Europa puede y debe estar orgullosa de un modelo que convierte el PIB en calidad de vida mucho mejor, pero…

¿Se vive peor en la UE que en Estados Unidos?

Cuando paseas por Viena (en la imagen), ¿da la sensación de estar en una ciudad un 50% más atrasada que Seattle? | Matias Basualdo / Zuma Press / ContactoPhoto

Abundan los artículos e informes que insisten en que Europa se ha quedado alarmantemente rezagada respecto de los Estados Unidos, y en muy poco tiempo. Todavía en 2007, justo antes de la Gran Recesión, el PIB nominal en dólares de la UE superaba al americano, pero en menos de dos décadas no solo nos han cogido, sino que en 2024 estaban un 50% por encima.

Pero, sinceramente, cuando paseas por Copenhague o Viena, ¿tienes la sensación de estar en ciudades un 50% más atrasadas que Boston o Seattle?

En absoluto, y la falta de correspondencia entre macroeconomía y realidad la aclara Paul Krugman en un post reciente. «Gran parte de esta diferencia —observa el nobel— refleja la depreciación del euro frente al dólar. [El PIB nominal] es una medida verdaderamente mala». Más fidedigno resulta el cálculo en precios constantes, es decir, expresado en la misma moneda (en este caso, dólares de 2015). Cuando se realiza este ajuste, la ventaja se estrecha al 15%.

Un 15% sigue siendo, de todos modos, mucha ventaja. ¿Tenemos que ponernos las pilas?

«No tan deprisa», dice Krugman, y plantea una última comparación: el PIB en paridad de poder de compra, es decir, teniendo en cuenta que los precios no son los mismos a uno y otro lado del Atlántico y que, en general, todo es sustancialmente más caro en Estados Unidos. Resulta, entonces, que la brecha no solo no se ha abierto, sino que se ha cerrado. Si en 2008 el PIB de la UE representaba el 94% del estadounidense, en 2024 suponía ya el 96%.

A pesar de que hemos perdido la carrera en grandes plataformas y apenas colocamos siete entre las 100 mayores tecnológicas del planeta, los europeos tenemos un nivel de riqueza similar. ¿Cómo es posible?

Ordenadores y peluqueros

Imaginemos un país especializado en dos tipos de bienes: ordenadores y cortes de pelo. Supongamos ahora que los fabricantes de ordenadores logran multiplicar por 30 su rendimiento a lo largo de una década. No es mucho suponer. Es lo que predice la ley de Moore. Por el contrario, la velocidad de un peluquero es más complicada de aumentar y cabe esperar que las cabezas acicaladas sigan siendo las mismas y, por tanto, la productividad se haya mantenido inalterada a lo largo del mismo periodo.

¿Necesitarán ahora los peluqueros realizar 30 veces más cortes de pelo para acceder a un ordenador? ¿Se han vuelto más pobres?

No es lo que se desprende de la experiencia. Con datos de Alemania, Statista calcula que el precio medio de los portátiles de consumo era de unos 750 euros en 2014 y de unos 850 en 2024, es decir, se encareció un 13% a lo largo de esa década. Pero como, por lo visto, la tarifa del peluquero alemán ha pasado de 21 a 33 euros, hoy necesita 26 cortes de pelo en lugar de 35 para hacerse con un ordenador, que ofrece además unas prestaciones superiores.

Bendita competencia

La clave para entender esta paradoja es que, en un mercado tan abierto y competitivo como el de los ordenadores, la riqueza derivada de cualquier ganancia de eficiencia no se la apropian sus fabricantes, sino que se traslada al importe final, beneficiando a todos los profesionales, peluqueros incluidos, con independencia de cuál sea su productividad.

«En definitiva —resume Krugman—, un mundo en el que los Estados Unidos dominen los sectores con un rápido progreso tecnológico, pero en el que ese progreso se redistribuya en forma de precios más bajos, se parecerá mucho al que vemos hoy […]. Estados Unidos presentará un crecimiento mayor expresado en precios del año base, pero el tamaño relativo de las economías en paridad de poder de compra no cambiará».

¿Tenía, entonces, razón Miguel de Unamuno cuando proclamaba: «Que inventen ellos»?

Rentas del pionero

Existen varios costes asociados a la renuncia a inventar que nuestro filósofo no tuvo en cuenta.

El primero son las rentas del pionero. Llegar antes a un mercado te permite hacerte con el grueso de la clientela, ganar escala rápidamente y construir marca. Eso tiene dos consecuencias inmediatas. En primer lugar, ejerce un efecto tractor en toda la economía: se calcula, por ejemplo, que en torno a un millar de empresas gallegas suministran productos o servicios a Inditex. En segundo lugar, crea un ecosistema de empleados altamente cualificados y retribuidos. Mientras el salario medio real lleva una década prácticamente estancado en España, el de los programadores de Silicon Valley ha mejorado entre el 10% y el 40%.

Poder regulador

La tecnología es, además, cada vez más transversal. Las innovaciones digitales se aplican en todos los ámbitos y, si usas siempre herramientas de segunda, la competitividad de toda tu economía se resentirá.

Finalmente, cuando estás en la vanguardia, puedes fijar más fácilmente estándares que funcionan como barreras de entrada para tus competidores. Es verdad que, como explica Serena González Fernández en Euro Prospects, la UE ya goza de ese poder regulatorio por la mera razón de su fuerza bruta: somos «uno de los mayores importadores mundiales de tecnología y servicios, lo que obliga a las empresas extranjeras a adaptarse simplemente porque no pueden ignorar el enorme mercado europeo».

Pero si tu continente está lleno de ciudadanos que cobran salarios bajos y de empresas poco competitivas, tu atractivo como destino se reducirá y, con él, tu capacidad para fijar estándares, lo que retroalimentará tu falta de competitividad y tu pobreza.

Quién tiene el interruptor

Los europeos podemos y debemos estar orgullosos de un modelo que convierte el PIB en calidad de vida mucho mejor que el estadounidense. Trabajamos menos horas y vivimos más años. Nuestras ciudades son más seguras y nuestras sociedades, más igualitarias.

Todo esto se nutre, por desgracia, cada vez más de una tecnología que no fabricamos. Y aunque, como decía Unamuno, «la luz eléctrica alumbra aquí tan bien como allí donde se descubrió», debería inquietarnos que el interruptor lo tenga otro.

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