De los jeques a fondos de inversión de EEUU: el fútbol europeo cambia de manos
La diferencia entre unos y otros son los objetivos de inversión. Los de Oriente Próximo buscaban tener más visibilidad

El presidente del Paris Saint-Germain, Nasser Al-Khelaifi. | EP
El fútbol está cambiando. Los fondos de inversión llegaron a este deporte en los noventa, pero su participación aumentó en la primera década del siglo XXI en las ligas profesionales. Por aquel entonces, el dinero irrumpía en la mayoría de los casos desde Oriente Próximo, con clubes como el Manchester City o el Paris Saint-Germain creciendo exponencialmente gracias a estas inversiones.
Hoy en día el capital sigue llegando, pero con otro tipo de mentalidad. La entrada de Apollo Global Management —reconocida como una de las mayores firmas de inversión del mundo— en el Atlético de Madrid es solo una pieza más en el creciente protagonismo que está teniendo la inversión procedente de Estados Unidos en el fútbol europeo.
En los últimos años, varios clubes históricos como el Liverpool, Chelsea o Milán han pasado a manos estadounidenses. La diferencia con la anterior etapa está en la naturaleza y los objetivos de la inversión. Si antes el objetivo era ganar visibilidad y prestigio, ahora el discurso gira en torno a la rentabilidad. Así lo señala la CEO de World Football Summit, Marian Otamendi, que cree que «la entrada de fondos como Apollo normaliza y profesionaliza el mercado de inversión en fútbol, lo que a largo plazo puede ser positivo para la industria».
Desde Apollo, el mensaje respecto a sus objetivos en el Atlético es muy claro. Uno de sus socios, Robert Givone, mostró el pasado mes de noviembre —cuando se hizo oficial la entrada del fondo en el club— su «entusiasmo» y aseguró que van a «apoyar al equipo, respetar sus tradiciones y mejorar la experiencia de los aficionados». Además, uno de los grandes retos del fondo, más allá de los resultados, es la Ciudad del Deporte, un proyecto de desarrollo urbano e instalaciones deportivas de más de un millón de metros cuadrados alrededor del Riyadh Air Metropolitano.
¿Qué ha cambiado?
El relevo entre el capital árabe y el estadounidense no es casual. Tiene que ver, entre otras cosas, con la evolución del propio fútbol. Durante años, la inversión de Oriente Próximo ayudó a convertir el fútbol europeo en un producto más global de lo que ya lo era. Hoy ya está consolidado y lo que interesa es sacarle el máximo rendimiento posible. Como resume el diario francés Le Monde, «el balón también es de oro para los accionistas», reflejando cómo el fútbol ha pasado de ser un espectáculo deportivo para convertirse en un activo cada vez más atractivo para la inversión.
Además, uno de los cambios más importantes tiene que ver con la presión mediática y política. En este sentido, expertos del sector como Marian Otamendi apuntan que el fútbol ha entrado en una fase más estructurada, en la que los inversores buscan proyectos más sostenibles y con crecimiento a largo plazo, más allá del impacto inmediato.
En los últimos años, las inversiones de países del Golfo en el deporte han estado asociadas al concepto de sportswashing (lit.: lavado deportivo), práctica en la que Estados-nación, corporaciones o individuos utilizan eventos, equipos o patrocinios deportivos para limpiar la imagen internacional de estos Estados. Uno de sus grandes objetivos era que el fútbol llegase a esos países, como ocurrió con el Mundial de 2022 celebrado en Qatar.
También hay un factor clave que explica este cambio y que muchas veces pasa más inadvertido: el giro estratégico de estos países. En lugar de centrar sus esfuerzos en adquirir clubes, han comenzado a invertir en sus propias competiciones. Arabia Saudí es el ejemplo más claro, con una gran apuesta por su liga nacional con grandes fichajes como Cristiano Ronaldo y Karim Benzema y una inversión millonaria dentro de su plan de desarrollo económico conocido como Visión 2030.
En los últimos años, el fútbol europeo ha reforzado sus normas de control financiero, especialmente a través de la UEFA, que obliga a los clubes a ajustar su gasto a sus ingresos y a justificar el origen de ese dinero. Esto no impide grandes inversiones, pero sí limita los modelos basados en inyecciones inmensas de capital, que fue una de las características principales de los fondos procedentes de Oriente Próximo.
En esta misma línea, distintos análisis económicos coinciden en que este tipo de operaciones responde a una lógica clara: aumentar el valor de los clubes a medio plazo, más allá del rendimiento deportivo inmediato. Este cambio también se refleja en cómo se gestionan los clubes. Ya no se trata simplemente de gastar más que el rival para competir mejor, sino de saber cómo y dónde invertir. Los nuevos propietarios no buscan solo el éxito inmediato, sino que intentan construir proyectos que crezcan con el tiempo y que, además, sean sostenibles desde el punto de vista económico.
En este nuevo contexto, el fútbol empieza a parecerse cada vez más a cualquier otro gran negocio global. Ganar sigue siendo importante, pero no es lo único. También tiene una gran importancia la capacidad de generar ingresos, de expandirse internacionalmente y de conectar con personas que están a miles de kilómetros del equipo.
Ha cambiado además la forma de tomar decisiones dentro de los clubes. La llegada de fondos estadounidenses ha traído una mentalidad mucho más estructurada, en la que todo se planifica con más detalle. Hay menos margen para la improvisación y más espacio para la estrategia. Desde los fichajes hasta la forma en la que se construye la marca del club, todo responde a una idea a medio y largo plazo.
Cada vez más fondos de inversión en el fútbol español
Entre los 20 equipos que están disputando en la actualidad LaLiga EA Sports, solo hay cuatro que siguen siendo propiedad de sus socios: Real Madrid, Barcelona, Athletic Club y Osasuna. El resto han tenido que convertirse en sociedades anónimas deportivas que están controladas por fondos de inversión o empresarios.
Sumando al Atlético de Madrid, LaLiga ya tiene siete equipos que son propiedad de fondos de inversión extranjeros. En este grupo está el Espanyol, de Velocity Sports Limited —propietario del Burnley—; el Oviedo, cuyo primer accionista es el grupo mexicano Pachuca; el Valencia, que es propiedad de Meriton Holdings, la sociedad de inversiones de Peter Lim; el Elche, que está en manos del empresario argentino Christian Bragarnik; el Girona, que está en manos del City Football Group —sociedad que también administra el Manchester City—, y el Mallorca, que tiene como accionista mayoritario a Andy Kohlberg.
En la segunda división la dinámica se repite. El Albacete pertenece desde 2017 a Skyline, encabezado por el venezolanolibanés Georges David Kabchi Zakia. El Córdoba pertenece a Infinity Capital Ventures, el grupo inversor de Baréin, mientras que el grupo estadounidense Blue Crow Sports Group adquirió el 99,1% del Leganés en 2022. El Almería está en manos del grupo saudí SMC Group, y cuya cabeza visible es el presidente Mohamed Al-Khereiji, por 100 millones. Además, Sporting de Gijón, propiedad del Grupo Orlegi, y el Real Valladolid, de Ignite Sports, son, al igual que el Real Oviedo, propiedad de grupos de inversión mexicanos.
Esta transformación no está exenta de debate. El fútbol europeo no es solo una industria que mueve millones; también es historia, identidad y pertenencia. Los clubes representan a ciudades y a generaciones de aficionados. Por eso, la entrada de inversores con una visión más empresarial plantea dudas en la grada sobre hasta qué punto se puede tratar a un club como una empresa sin perder su esencia.
Pero el cambio ya está en marcha. El dinero sigue llegando, ahora de una forma distinta y con objetivos diferentes a los de hace una década. Aunque el fútbol sigue decidiéndose en el campo, cada vez resulta más evidente que una parte importante se juega fuera de él, en despachos en los que se toman decisiones que van mucho más allá de lo deportivo.
