Por qué la IA no acabará con todos los empleos
Aunque las máquinas lo hicieran todo mejor, habría tareas que no compensaría confiarles, porque sale demasiado caro

En la imagen, adiestran para tareas domésticas a un humanoide en China. | Li Ziheng (Xinhua News)
Me he pasado la Semana Santa poniendo lavadoras. Confío en que quede entre nosotros y no trascienda al Ministerio de Igualdad, pero hasta mi avanzada edad actual me las había arreglado para eludir tan ingrata faena. Esgrimía el socorrido y nunca bien ponderado argumento de la ignorancia («Yo es que no sé, me lío con tantos botones») y, dado que adiestrarme llevaba a mis interlocutoras más tiempo que hacerlo ellas mismas, había logrado escaquearme.
Por desgracia y debido a un cúmulo de circunstancias con las que no voy a aburrirles, estas vacaciones vivíamos en una casa y hacíamos la colada en otra y, por tanto, al coste de «poner la lavadora» se añadía el del desplazamiento, de modo que a mi mujer le ha compensado enseñarme, porque así ella podía preparar la comida.
Esto, por si no lo saben, se llama en teoría económica «ventaja comparativa», y explica por qué los listos del mundo no acaban asumiendo todas las tareas. Mi mujer, por ejemplo, es mejor que yo tanto cocinando como haciendo la colada. Lo natural sería que se encargara ella de ambas cosas, pero si está con el potaje de Cuaresma, no puede andar acarreando ropa de un lado a otro y, por tanto, tiene sentido que yo haga algo. Y como cocinar se me da aún peor (en términos de teoría económica, mi desventaja es mayor), me ha tocado poner la lavadora.
Así que mientras separaba las prendas de color de las blancas (algo mucho más complicado de lo que podría deducirse; existen de hecho diferentes escuelas), mientras separaba las prendas, las metía y sacaba del tambor y me peleaba con el viento para tenderlas, he tenido ocasión de reflexionar sobre el incierto futuro que se cierne sobre la humanidad.
Ocupaciones bien remuneradas
Me imagino que muchas personas se habrán escandalizado cuando más arriba he argumentado que, como mi mujer es mejor que yo tanto cocinando como haciendo la colada, lo natural sería que se encargara ella de ambas cosas. Otro día, si quieren, profundizamos en el asunto, pero ahora me interesa señalar que las mismas personas que rechazan ese razonamiento no tienen inconveniente en pregonar que la inteligencia artificial (IA) nos va a mandar a todos al paro.
En realidad, la misma lógica de la ventaja comparativa que justifica que mi mujer no lo haga todo explica por qué seguirá habiendo ocupaciones para los humanos incluso en un mundo en el que las máquinas nos superen en todas las áreas.
Y no solo eso. Esas ocupaciones estarían además «muy bien remuneradas», según el economista Noah Smith.
Especialización mutuamente beneficiosa
Volvamos a la colada. Si las vacaciones de Semana Santa fueran eternas (Dios no lo quiera), daría igual que la lavadora se encontrara a cinco que a 500 metros. Pero como nuestras horas en este valle de lágrimas están tasadas, hacemos bien en administrarlas con parsimonia, lo que resulta en que yo me encargue de la ropa.
Lo mismo rige para la IA. Si su despliegue careciera de restricciones, acabaría haciéndolo todo, pero su voracidad energética es proverbial: los centros de datos que gestionan AWS, Google o Microsoft consumen tanta electricidad como la ciudad de Toledo. Tampoco su capacidad de computación es ilimitada: OpenAI ha cerrado el generador de vídeos Sora para reasignar su potencia de cálculo a proyectos con mayor retorno.
Ahí es donde entra en juego la magia de la ventaja comparativa.
«Supongamos —dice Smith— que un gigaflop de IA produce un valor de 1.000 dólares por hora en un dispensario de salud. Un humano será presumiblemente más lento despachando pacientes. A duras penas alcanzará los 200 dólares por hora y, si se consideran exclusivamente esas dos cifras, la conclusión es obvia: hay que dejar la consulta a los robots. Pero ahora imaginemos que ese mismo gigaflop de IA genera 2.000 dólares si se destina a la ingeniería eléctrica. Lo razonable, entonces, es que el médico siga siendo de carne y hueso».
Aunque los ordenadores lo hagan todo mejor, hay cometidos que no compensa confiarles y todo indica que humanos y robots vamos a irnos especializando de forma mutuamente beneficiosa.
Con qué sueñan los niños
—Ya —me dirán—, pero nos dejarán los trabajos de mierda —y aquí es importante determinar qué entendemos por «trabajos de mierda».
—¿Con qué sueñan los niños? —me responderán—. ¿Con ser una estrella de la Liga o con cuidar a pacientes en coma?
Parece claro que con lo primero. Y si a continuación preguntas a esos mismos niños por qué, te dirán que cuidar a pacientes en coma es monótono, pero yo he hecho información deportiva y les aseguro que la vida del futbolista tampoco es muy variada. Les pagan por jugar, sí, pero los encuentros suponen una parte relativamente modesta de su agenda. El grueso del tiempo lo pasan realizando calentamientos, corriendo entre conos, estirando músculos, levantando pesas, tomándose el pulso y la presión arterial y viendo vídeos de rivales.
El encanto de la profesión procede en buena medida de la remuneración y la fama que lleva aparejadas. Si quienes atienden a pacientes en coma cobraran sueldos de cinco cifras, su reputación mejoraría y se aproximaría a la que merece su aportación a la sociedad.
El cuarteto de Schubert
—Conmovedor —me dirán—, pero ¿por qué iba a cobrar más un enfermero en un mundo dominado por las máquinas?
La respuesta la dieron los economistas William Baumol y William Bowen en 1966. «El ingenio humano —escriben en Performing arts— ha discurrido modos de reducir la mano de obra necesaria para fabricar un automóvil, pero no ha logrado rebajar de 45 minutos el esfuerzo ni la duración que requiere la interpretación de un cuarteto de Schubert». En los dos siglos transcurridos desde su composición, la productividad no ha mejorado: siguen haciendo falta cuatro músicos, que emplean más o menos el mismo tiempo en ejecutar la pieza.
Sin embargo, su caché ha «aumentado sustancialmente», explican Baumol y Bowen. ¿Por qué? Por contagio de otras actividades. Como queremos que los conservatorios no se vacíen como consecuencia de que los jóvenes prefieren estudiar ingeniería o finanzas, ha habido que subirles el sueldo.
La profecía incumplida
La conclusión de Smith es que si la IA trae tanta prosperidad como promete y queda circunscrita, como también es previsible, a un número limitado de tareas, «es posible que los humanos dispongan de muchos empleos bien pagados».
Observen, sin embargo, que Smith no dice que «los humanos dispondrán de muchos empleos bien pagados», sino que «es posible que los humanos dispongan de muchos empleos bien pagados».
El final feliz no es indefectible, aunque la ejecutoria pasada invita al optimismo. La profecía ludita se ha esgrimido mil veces y mil veces se ha incumplido. De hecho, el salario mediano de los estadounidenses creció «aproximadamente un 50% entre 1974 y 2022», un periodo en el que sus compañías incorporaron tecnología a un ritmo vertiginoso. A diferencia de los caballos, cuya población se ha reducido cerca del 85% desde la introducción del automóvil, los humanos tenemos dos características impares.
La primera es que nos adaptamos y discurrimos nuevas ocupaciones. «Marketing de medios digitales —escribe Smith— no era un trabajo en 1950, ni tampoco terapeuta de baile».
La segunda característica es que votamos a quienes redactan las leyes, y esta es la verdaderamente relevante, porque el determinismo económico no existe.
Un equilibrio complicado
De entrada, en un mundo con una IA muy productiva, no tiene por qué darse automáticamente un efecto Baumol‑Bowen. El chelista del cuarteto de Schubert podía amenazar al director del auditorio con hacerse ingeniero si no le pagaba más, pero el humano no podrá huir a los nichos más productivos, porque estarán ocupados por robots.
Para que se produzca un arrastre salarial, hace falta un diseño institucional específico, que redistribuya entre toda la sociedad la riqueza generada por la IA. Si las personas pueden subsistir con un mínimo digno, hará falta ofrecer buenas condiciones para atraer candidatos a los servicios intensivos en trabajo, como el cuidado de pacientes en coma.
Ahora bien, tampoco puedes volverte loco repartiendo rentas universales generosas, porque desincentivas el esfuerzo. «Como pagues a los neurocirujanos lo mismo que a los barrenderos —me advirtió una vez Deirdre McCloskey—, vas a terminar con pocos neurocirujanos y muchos barrenderos».
Es un equilibrio complicado y, mientras esta Semana Santa hacía la colada, he pensado mucho en las anteriores revoluciones industriales, en los violentos disturbios que acompañaron sus albores y en el incierto futuro que se cierne sobre la humanidad.
