Daniel Capó

2017

«Lo que voló por los aires en aquel año fatídico no fue la Constitución, sino una determinada cultura que la había hecho posible: nuestros mitos compartidos»

Opinión

2017
Foto: Külli Kittus| Unsplash
Daniel Capó

Daniel Capó

De la biografía me interesan los espacios habitables. Creo en las virtudes imperfectas y en la civilizada inteligencia de la moderación

No hay líneas rectas en la política, ni en la historia, ni en la cultura. Lo que hay son corrientes más o menos subterráneas que afloran, en un momento dado, en forma de olas. De vez en cuando hay tsunamis, fechas axiales, puentes que se cruzan dejando atrás un tiempo que creíamos firme y permanente. Esto sucedió en 2017, el año en que nuestro país se vio ante el abismo. 2017: La crisis que cambió España es el título de un excelente ensayo que acaba de publicar David Jiménez Torres en la editorial Deusto, sobre el acontecimiento que trastornó nuestro país.

La tesis de fondo resulta diáfana: «2017 fue la gran crisis del sistema constitucional que se creó tras el fin de la dictadura franquista», que es como decir la crisis de la democracia española. El concepto clave que maneja Jiménez Torres es el de ‘la Premisa’, una regla no escrita que había actuado hasta entonces como línea roja. Una premisa –ahora lo sabemos– optimista, como optimista era la sociedad de nuestros padres.

Si la segunda mitad del siglo XX había visto –en clave interna– la llegada de la democracia y el despegue de la economía, el ingreso en Europa y la internacionalización de nuestras primeras multinacionales, también el contexto global nos hablaba del «fin de la Historia» –tras la caída del comunismo– y de la aparición de un auténtico mercado mundial. De repente, las fuerzas derrotadas del XX –ya fuera el marxismo, los fascismos o el nacionalismo– semejaban movimientos anacrónicos, residuos en todo caso de una época tan condenada a desaparecer como el feudalismo o el Antiguo Régimen. La premisa subrayaba el optimismo de toda una nación, que miraba al pasado sin ira y albergaba las esperanzas de un futuro aún mejor. Y también nos prometía un arreglo territorial conforme a este escenario ilustrado del progreso: el sistema autonómico que, dentro de una democracia parlamentaria y liberal, era suficiente para contener las ansias nacionalistas. El resto era ruido. Ruido y ceniza.

En 2017, dicha premisa saltó por los aires. Sencillamente, la Historia regresó en forma de pesadilla. «En el momento de cerrar este libro –leemos en la conclusión–, se podría afirmar que el constitucionalismo ganó la guerra y perdió la paz. La evolución de la política nacional tras 2017 hace que cada vez sea más difícil imaginar una reconstrucción del frente constitucionalista, al menos como eje de la gobernabilidad de España». Y en parte es así, porque lo que voló por los aires en aquel año fatídico no fue la Constitución, sino una determinada cultura que la había hecho posible: nuestros mitos compartidos. Tocqueville observó que las creencias de los pueblos son más importantes que sus instituciones. O, dicho de otro modo, que ningún régimen político se sostiene sólo sobre las leyes, como tampoco ninguno se tiene en pie dándoles la espalda. Sin un vínculo común que haga posible el respeto y la confianza entre los distintos, los efectos de la aluminosis interna se extienden. Y, rotos los puentes, lo que queda es un mero cortoplacismo interesado, el trágico espectáculo del poder que aspira a mantenerse sin otro objetivo que su perpetuación. «La historia de 2017 aún está por escribir», infiere David Jiménez Torres al final del libro. Sin premisas, la Historia se convierte en un campo demasiado abierto.

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