Daniel Capó

400 euros

«Los bonos dan votos, como los dan las ayudas al alquiler. Son fantasmas de la política que alimentan la ficción del futuro cuando no se saben resolver los problemas del presente»

Opinión

400 euros
Foto: Javier Lizón| EFE
Daniel Capó

Daniel Capó

De la biografía me interesan los espacios habitables. Creo en las virtudes imperfectas y en la civilizada inteligencia de la moderación

El Gobierno ha decidido seguir la iniciativa de Italia y Francia, y lanzar un paquete de bonos culturales por valor de 400 euros para los jóvenes que estrenan mayoría de edad. La idea del dinero en el bolsillo no me parece ni mala ni buena, aunque en la cultura creo que deben regir otros principios. Digo que no me parece ni mala ni buena, porque sí hay otras políticas abiertamente nefastas para un país. Por ejemplo, mantener sistemáticamente un déficit y un endeudamiento públicos abultados, subir los tributos todos los años e imponer un modelo educativo que da la espalda al conocimiento en nombre de una pseudociencia que se somete a criterios tan variopintos como las inteligencias múltiples, la educación emocional y cosas aún peores. Prefiero los bonos –es decir, la transferencia de dinero directamente a los bolsillos– antes que la propaganda, las esculturas en las rotondas o los museos de arte contemporáneo. En fin, los bonos nos hablan al menos de libertad y la libertad suele tener mejores consecuencias casi siempre que el dirigismo interesado de unos pocos.

Ocurre, sin embargo, que los bonos tampoco son solución para la cultura. Porque, para dar libertad, hay que haber educado previamente el gusto, y el gusto se cultiva en las escuelas, en las bibliotecas, en los museos, en la televisión, en los parques arqueológicos, en los bosques, en el diseño de las ciudades, en los conservatorios, entre papeles viejos y nuevos. Sin inversión en bibliotecas escolares, en planes lectores exentos de morralla ideológica, en cultura musical, en la enseñanza de la lectura lenta, en una mejora de nuestros entornos; sin una exposición continua a la belleza o sin prestar atención a los pequeños detalles más que a los grandes rasgos; sin todo eso, digo, los bonos no son más que un brindis al sol, un costoso ruido que no nos conduce a ningún sitio: una nada cara, ineficaz y baldía.

Pero hay que entender que los bonos dan votos, como los dan las ayudas al alquiler. Son fantasmas de la política que alimentan la ficción del futuro cuando no se saben resolver los problemas del presente. Son fantasmas para un mundo que persigue la textura vaporosa de los sueños, antes que la tierra firme de la realidad. Los problemas se solucionan paso a paso, con esfuerzo y sacrificios; en cambio, los remedios milagrosos llenan páginas –como esta misma– mientras se limitan a no intervenir en los grandes asuntos que deberían abordar: la competitividad industrial y el tejido productivo, el fracaso escolar, la precariedad en el empleo, el precio de la vivienda, la insostenibilidad de las cuentas públicas, la recuperación demográfica de un mundo que se empeña a decir adiós a la vida. Los bonos dan votos pero no aportan soluciones. «¿Qué más da?», se preguntarán algunos, «disfrutemos del baile mientras dura todavía». Pero quizás uno se ha hecho demasiado viejo ya para tanta comedia.

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