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Adictos

Foto: Dado Ruvic / Reuters

Cuando se tiene el teléfono móvil como principal herramienta de trabajo no son infrecuentes los comentarios, a caballo entre la piedad y el desaire, que sugieren que uno tiene-un-problema de adicción al dispositivo. La acusación, por llamar a las cosas por su nombre, no deja de ser un indicativo de hasta qué punto nos creemos a menudo libres de imperfecciones. Aunque, al cabo, no constituye novedad alguna el hecho de que abundan más los anhelosos de cambiar el mundo que los que tratan primero de conocerlo.

Existe un desconocimiento generalizado al respecto de las adicciones: muchos las detectan precozmente, pocos dudan en demonizar la fuente de origen. El teléfono móvil es solo un ejemplo más, a pesar de que cuenta con sus propias particularidades, entre ellas la de su más o menos reciente inclusión en la vida diaria (en España, más del 80% de la población adulta tenía un Smartphone a finales de 2015). El resto es conocido: la popularización de algo acarrea problemas nuevos y aparecen los prescriptores de la ola privativa.

Yo no dependo del teléfono móvil, depende mi trabajo de las tareas que este me facilita y dependo emocionalmente de las personas a las que necesito y a las que me acerca el Smartphone. Si no existiese la herramienta, sufriría igualmente por mi familia y mi trabajo. Y, sin embargo, el hecho de usar el teléfono móvil a diario me facilita mucho la vida, aunque a alguien pueda costarle una adicción de por vida el mal uso de sus megas.

Porque claro está: hay personas diagnosticadas de adicción a las redes sociales, incapaces de mantener una relación sana con su conexión a Internet. Porque la adicción no tiene tanto que ver con la cantidad de horas de consumo sino con hasta qué punto el adicto ordena su vida alrededor de su droga, asegurándose que es cada día la protagonista. Ha sucedido siempre: con el alcohol, con la heroína, con el dinero y con la comida. No es ninguna sorpresa que el ser humano es irresoluble, especialista en complicarse la existencia sin saber muy bien cómo.

Y sin embargo, el alcohólico sabe que la mayoría sí es capaz de tomarse una sola copa, la bulímica conoce que los macarrones con queso no son una pesadilla para todos y el ludópata sabe que quién más quien menos posee dinero en su cuenta corriente. Las adicciones son otra cosa, mucho más triste y compleja.

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