Argemino Barro

Adiós a la mitad de Estados Unidos

«Hay un pedazo de Estados Unidos que se ha desgajado del resto, como un islote que se marcha flotando a la deriva. No sabemos adónde, ni si volverá, ni con qué aspecto»

Opinión

Adiós a la mitad de Estados Unidos
Foto: SAUL LOEB| AFP
Argemino Barro

Argemino Barro

Corresponsal en Nueva York de 'El Confidencial' y otros medios españoles. Interesado en populismos y autoritarismos. Autor de 'El candidato y la furia, sobre el ascenso de Donald Trump', y 'Una historia de Rus: Crónica de la guerra en el este de Ucrania'.

No había empezado ni a trabajar. Nada más llegar al hotel de Washington DC, horas después del asalto al Capitolio, una mujer me abordó en el vestíbulo. “¿Medios de comunicación?”. “Sí”, respondí, con la acreditación al cuello. “Medios buenos, medios malos o… MEDIOS FALSOS?”. Tenía los ojos muy abiertos y algo le oprimía el pecho. Quizás para evitar ponerse a llorar, enfiló por el pasillo. Antes de meterse en el ascensor reunió un poco de aplomo y se giró: “¡Esa es la pregunta a la que tienes que responder!”.

Hay un pedazo de Estados Unidos que se ha desgajado del resto, como un islote que se marcha flotando a la deriva. No sabemos adónde, ni si volverá, ni con qué aspecto. Y no hablamos de una milicia separatista de Idaho, ni de unos jóvenes acomodados de Portland jugando a la revolución. Hablamos de unas cuantas decenas de millones de estadounidenses.

El asalto a la casa de la democracia moderna, esos salones columnados en los que se practica la separación de poderes y la renovación democrática, fue rigurosamente documentado por las cámaras. Vimos golpes y sangre y hasta disparos. Las banderas confederadas se mezclaban con el gas lacrimógeno y lo mejor de cada casa andaba por allí, arrancando atriles y robando documentos oficiales.

Lo que no vimos, en cambio, es la furia contenida en la intimidad de millones de hogares, diseminada por el interior de Estados Unidos como una niebla tóxica. De eso no hay imágenes, pero sí algunos datos. Una encuesta de YouGov recoge que el 45% de los votantes republicanos aprueba el asalto al Capitolio. No sorprende. Un sondeo de hace un mes, de NPR, PBS y Marista Poll, decía que para el 72% de los republicanos estas elecciones no habían sido limpias. Otras encuestas han reflejado opiniones muy parecidas. Cuando Joe Biden jure su cargo el 20 de enero, una buena porción de Estados Unidos lo considerará un usurpador, un presidente ilegítimo.

Este electorado solía ver Fox News, pero ahora Fox está perdiendo audiencia a favor de Newsmax y de OAN: canales de la derecha conspirativa que hacen parecer a los presentadores de Fox unos perroflautas. La tradición de Fox, sus nombres y su músculo publicitario, siguen colocándola muy por delante. Pero hay movimiento. Hace un mes el presentador de Newsmax Greg Kelly superó a Martha McCallum, de Fox, en audiencia. Nunca había sucedido.

Lo mismo se ve en las redes sociales. En un intento de enmendar su permisividad con los bulos en 2016, Twitter y Facebook cerraron en los últimos meses miles de cuentas de la derecha conspirativa. Resultado: Parler y MeWee han recogido el testigo. En la semana posterior a las elecciones, Parler duplicó su número de usuarios hasta los ocho millones. Ahora es el lugar al que acudir cuando uno quiere entrevistar a una milicia separatista de Idaho, o a una buena parte del electorado estadounidense.

Hace cinco años que entrevisto a votantes de Trump de todas las regiones de EEUU. Me interesan más que los progresistas neoyorquinos que me rodean, porque su punto de vista suele tener menos hueco en los grandes medios, o a veces sale como una caricatura: una panda de paletos racistas, chalados, etcétera, etcétera. Una imagen reduccionista e incompleta de los 74 millones de norteamericanos que le entregaron su confianza en noviembre; una postal que no incluye el racimo de problemas socioeconómicos que alimentaron la rabia y la indefensión de las regiones rurales, y que alfombraron el camino del autoritarismo.

Pero luego las teorías más delirantes, por muy desmontadas que estén, se propagan como la mala hierba. La turba que asaltó el Capitolio es solo un síntoma, como una llaga o un mareo que indica problemas de salud algo más graves. Desde hace semanas los críticos de Donald Trump, como el senador Mitt Romney, son insultados e intimidados en las calles. A Romney le cantaron “traidor” en un avión comercial. Decenas de personas. Los cargos republicanos que se han mantenido firmes en su defensa del voto popular han sido objetivo de amenazas. Ellos y sus familias. Seguidores de Trump han pedido ahorcar y decapitar a periodistas. El miércoles los empujaron e insultaron y destrozaron a palos un equipo de la agencia Associated Press. Alguien escribió en la puerta del Capitolio: “Asesinad a los medios”.

Solo nuestra imaginación puede abordar el tamaño de esta ira, su profundidad, su impacto. La escena del Capitolio encendido por las bengalas y los gritos al atardecer de un 6 de enero ya es historia. Esperemos que las aguas del río se acaben llevando, también, este mal trago.

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