THE OBJECTIVE
Ricardo Dudda

En defensa de las buenas malas críticas

«Las críticas realmente críticas pueden ser crueles, pero son necesarias. El mundo editorial se ha convertido en un gran algoritmo de recomendación»

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En defensa de las buenas malas críticas

Ilustración de Alejandra Svriz.

En España no hay malas reseñas literarias. Si un libro es muy malo, no se dice. Mejor no escribir. Si no queda otra opción, el crítico suele ser ambiguo y utiliza adjetivos como «peculiar» o «interesante» o «inclasificable» o «estimulante» para ocultar su verdadera opinión. Si, en cambio, el libro le ha gustado, aunque sea poco, lo pone por las nubes, sobre todo si es un libro que encaja en el zeitgeist. No tiene por qué analizar el libro, le basta con posicionarse sobre él.

El crítico, si quiere seguir siéndolo, tiene que alimentar la maquinaria del hype. Hay muy poca diferencia entre la promoción y la crítica. En parte es comprensible. Es un mundo muy precario. El principal incentivo del crítico es la vocación, el arribismo, la vanidad, la envidia, nunca el dinero. Cargarse a la nueva promesa de la literatura promocionada por un gran grupo editorial no es el mejor camino.

En España se me ocurren pocos críticos que hagan hatchet jobs de verdad, a la contra (pienso en Alberto Olmos, pienso también en Ignacio Echevarría, aunque este último lo hace más como un comisario político). En la cultura popular, el crítico es un escritor frustrado. Es cascarrabias, guardián del canon. La realidad es otra: no suele ser más que un periodista cultural con ínfulas, un prescriptor o promotor, un creador de contenido. Solo alguien con tendencia a la sociopatía, nada que perder o mucho dinero se puede permitir decir realmente lo que piensa.

En El príncipe negro, la obra maestra de Iris Murdoch (publicada en 1973; en España editada por Lumen), el protagonista Bradley Pearson, un escritor frustrado, discute con su colega consagrado, Arnold Baffin, escritor popular de calidad cuestionable: «Tú, y no eres el único, todo crítico tiende a hacerlo, te expresas como si estuvieras dirigiéndote a una persona con una invencible autocomplacencia; te expresas como si el artista no advirtiera nunca sus errores», le dice Arnold a Bradley. «Lo cierto es que la mayoría de los artistas comprenden sus fallos mucho mejor que los críticos. Solo que, como es natural, no hay razón para airear en público ese conocimiento. Cuando se pretende publicar una obra hay que dejar que la obra hable por sí misma. Sería impensable acompañarla lamentándose: ‘¡Ya sé que no vale nada!’. Hay que mantener la boca cerrada».

Bradley, que no ha conseguido escribir nada decente a pesar de que tiene una alta consideración de su arte, se queda callado. Arnold sigue: «Una alternativa sería imitar lo que tú haces. No concluir nada, no publicar nada, alimentar una constante inquina contra el mundo en general, y vivir con una idea no realizada de la perfección que te hace sentirte superior a los que se esfuerzan y fracasan».

«Todo escritor honesto es consciente de sus limitaciones. A veces el crítico señala lo que ya sabe el autor»

Todo escritor honesto es consciente de sus limitaciones. A veces el crítico señala lo que ya sabe el autor. Es comprensible, entonces, la postura del autor frente al crítico. Hace casi un par de años, el escritor y crítico Alberto Olmos le reprochó de la siguiente manera al crítico Ignacio Echevarría sus ataques contra el libro Un tal González de Sergio del Molino: «La realidad es que Sergio del Molino ha escrito 376 páginas sobre Felipe González e Ignacio Echevarría siete sobre Sergio del Molino». Es la denuncia clásica del crítico: el autor ha dedicado meses o años de su vida a su obra y el crítico se la carga en cuatro párrafos.

Pero no podemos solo juzgar al crítico en comparación con el autor que critica. Existen los lectores. Las críticas realmente críticas son divertídisimas, iluminadoras, incluso higiénicas: rompen la burbuja marketiniana del sector del libro, que es un mundo asfixiante de fajas y adjetivos recargados. En EEUU, la revista Bookforum, que cerró hace un par de años y ha vuelto a publicarse, es un oasis de la buena crítica lacerante. Hace un mes, una reseña destructiva de un libro de la ensayista Lauren Oyler (que escribe en las grandes revistas estadounidenses, de la New Yorker a Harper’s) causó revuelo en el Twitter literario anglosajón.

El texto desnuda completamente el libro, señala a su autora como frívola, privilegiada, tautológica, inmoral, autoindulgente, incomprensible. Incluye frases como «a menudo es difícil saber lo que intenta decir. El libro está plagado de afirmaciones sin sentido y salpicado de banales obviedades». Critica sus shower thoughts, o ideas superficiales que le vienen a uno en la ducha, desvela que sus fuentes son pobrísimas. La etiqueta como «La Renata Adler de mirar mucho al móvil». A menudo simplemente cita pasajes bochornosos: «Mi problema no es solo que sea escritora; es también el tipo de escritora que soy. Esnob, intelectual, elitista, la idea de un ‘argumento’ me parece opresiva, valoro más el estilo que la voz y disfruto con una palabra desconocida. En el cine, prefiero los subtítulos; en el museo, probablemente pueda identificar de vista un porcentaje decente de la colección permanente». Y, lo más interesante: la autora es también colaboradora del medio donde se publicó la reseña (quizá aquí sí hay un punto de crueldad).

Las críticas realmente críticas pueden ser crueles, pueden destrozar autoestimas, acabar con carreras (aunque esto lo veo más difícil: quizá acaban con una carrera porque el autor se niega a publicar de nuevo; nadie lee realmente a los críticos). Si a mí me hicieran un traje como el que le hacen a Lauren Oyler, me mudaría a una cueva. Pero ese tipo de reseñas son necesarias. El mundo editorial se ha convertido en un gran algoritmo de recomendación. La función del crítico debería ser enfrentarse a esa cacofonía y dedicarse, al menos de vez en cuando, a des-recomendar.

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