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Amar la espera

Foto: Saketh Garuda | Unsplash

Este año nos ha regalado muchos libros maravillosos. Varios de ellos han venido a lomos de Libros del Asteroide, esa editorial que es fuente de alegría y de pesar: alegría entre las manos y pesar en la billetera. El tiempo regalado, de Andrea Köhler, es un breve ensayo sobre la espera, el deseo y el tiempo. Es un texto erudito, pero no pedante: los centenares de libros sobre los que se apoyan sus 160 páginas son peldaños. Sabiduría humilde, la que eleva y no aplasta.

Basta echar una mirada ahí fuera o a uno mismo para ver que vivimos aturdidos –como esos de los que hablaba Heidegger en un escrito de 1929– por el “anhelo de ahuyentar el aburrimiento acelerando el tiempo”. Ahora, quizás, con más instrumentos para zafarnos de los pellizcos del hastío que provoca esa carrera, o más anestesiados con la excusa del ocio o del negocio. Nos ocultamos que acelerar el tiempo para escapar del aburrimiento no hace sino centuplicar el tedio. Porque el aburrimiento no es el sentimiento del la espera: lo sabe bien quien está enamorado o quien aguarda un diagnóstico médico.

A la lectura de El tiempo regalado, el bullicio de las calles y las tres velas sobre mi escritorio se ha sumado en estos días otra imagen de la espera, las palabras de esa joven a la que le tocó ser mujer demasiado a destiempo: “Él siempre tendrá un lugar al que volver”. Lo expresa muy bien Christian Bobin en su Autorretrato con radiador: “Espero, esperaré toda mi vida. También a veces, como esta mañana, me digo: Me están esperando. No sé dónde, no sé qué o quién, pero estoy seguro de que me están esperando”.

La prisa nubla la vista y envejece, la espera abre los ojos y permite descubrir lo nuevo dentro de lo viejo. Solo espera aquel que sabe que le esperan.

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