Juan Claudio de Ramón

Apuntes de vexilología

"Renunciar a la bandera porque otros la usan no solo es pueril

Opinión

Apuntes de vexilología
Foto: Javier Belver
Juan Claudio de Ramón

Juan Claudio de Ramón

Se licenció en derecho y en filosofía. Su máxima aspiración es alcanzar el ideal de tertuliano propuesto por Catón el Viejo: vir bonus dicendi peritus; un hombre honesto que sabe hablar.

(Un mundo más pequeño). No se repara en la doble vertiente de las banderas. Por un lado dividen. Pero por otro nos agrupan y son cifra de un mundo menos fragmentado. Basta comparar el exuberante universo de la heráldica, con su opulencia de alegorías y divisas, con la parva y aburrida vexilología, que se las apaña con unos pocos colores planos y sus permutaciones. Lo que va del enmarañado mundo de las jurisdicciones familiares del Antiguo Régimen, al mundo arado y racionalizado (más o menos) de los Estados-Nación.

(In hoc signo vinces). Ninguna pose intelectual más estéril que afectar desdén por todas las banderas («solo son trapos»). El hecho de que nunca nadie se haya olvidado de llevar un estandarte a la batalla ya nos pone sobre aviso de que trapos de cocina no son. Son símbolos, algo en lugar de algo, según la eficaz definición escolástica. Ese algo es la comunidad. Mientras vivamos en comunidades, habrá banderas.

(Banderas y zapatos). Conviene recordar que las banderas no son como los zapatos. A la calle podemos salir solo con un par de zapatos puestos, de la misma talla y tipo. En cambio, nada nos impide salir a la calle con varias banderas a la vez, señalizando las múltiples afiliaciones que ensanchan nuestra personalidad.

(In medias res). Las banderas rara vez se escogen. Se heredan. Como casi todo lo demás, cabe decir. Nacemos in medias res: nadie es tan importante para poder elegir el attrezzo de la obra al nacer (Sabino Arana puede considerarse una excepción).

(Lo común es usadero por cualquiera). El bochinche motorizado de Vox –puramente atolondrado, por varias razones– suscitó algunas reacciones críticas poco preclaras. Una persona por lo usual juiciosa se aventuró a sostener que la bandera nacional no puede ser usada en protestas contra el gobierno, calificándolo como acto faccioso. No, hombre, no: la bandera, por ser común, es de todo el que la quiera usar. La bandera es de la nación, no del gobierno, y siendo la nación plural, cualquier grupo que se crea parte de ella puede usarla sin contradicción en protestas antigubernamentales, sean de izquierda o de derecha.

(España cansa mucho) Salvo España, no conozco ninguna democracia donde genere bascas y trasudores que una manifestación se acompañe de banderas del país. El habitual cargo que la izquierda hace a la derecha –que al usar la bandera, «se apropia» de ella, arruinándola como símbolo común– no tiene sentido. Lo tendría solo si Vox no permitiera o se quejara por su uso en las celebraciones de la izquierda, donde, según entiendo, la rojigualda está voluntariamente ausente. Renunciar a la bandera porque otros la usan no solo es pueril; delata la mezquindad de no querer compartir nada, tampoco país, con personas que opinan distinto. Como no querer salir a la calle, otro bien común, porque la ha pisado un vecino que no te cae bien.

(La parte por el todo). Vox no se apropia de la bandera (no reclama su uso en exclusiva) pero ciertamente sí cae en el vicio de declararse portavoz del todo, cuando solo lo es de su parte. El argumento pars pro toto insulta a la razón, pero parece congénito a la liza partidista, sin la cual no hay democracia. Apropiarse de España no es una gesta mayor que apropiarse de la Dignidad, la Gente, la Justicia, la Democracia, la Libertad, el Feminismo o cualquier causa que nos convoque a todos: los políticos de todos los partidos viven de estas baladronadas y es parte de la educación ciudadana aprender a no creérselas.

(Vida de la bandera). La bandera española tiene, por lo demás, una biografía resistente al hurto. Dejó de ser dinástica al renunciar Carlos III al blanco borbónico para diseñar un símbolo reconocible en el mar. Se hizo nacional con los revolucionarios de Cádiz y sus herederos: los liberales que combatían la tiranía de Fernando VII y en la guerras carlistas. Fue la del Sexenio Democrático tras la Revolución Gloriosa. Fue enseña de estólidos conservadores como Narváez e inteligentes como Cánovas. La izó la Primera República. La interrupción de su uso durante la Segunda fue lamentada como un error de bulto y gratuito por republicanos como el general Rojo y Salvador de Madariaga. Fue lábaro de la dictadura y es divisa de la democracia. Atravesando siglos y regímenes nos dice esto: los españoles venimos de lejos y la historia de nuestra libertad colectiva no se hizo sin caídas. Que la izquierda española, en penoso contraste con otras izquierdas europeas, renuncie a convertirla en seña de dignidad popular, es de una enorme torpeza.

(No nos engañemos). La seriedad nacional no desaparece: solo se traslada. La izquierda renuncia a la bandera española al tiempo que abraza cualquier otra con pujos nacionales. Pero solo la española tiene la virtualidad de fortificar una comunidad en la que quepamos todos los que aún hoy compartimos la ciudadanía. En la bandera canaria no caben los gallegos, ni en la asturiana los murcianos. Es una cuestión de elegir el radio de la comunidad que se quiere construir, sin necesidad de olvidar otras pertenencias.

(Pretextos). La contaminación franquista de la bandera es un pretexto poco convincente. El desafecto era comprensible al inicio: exhibirlo cuatro democráticas décadas después por quien no vivió la dictadura es ridículo y señal de secuestro mental. Las banderas de Italia y Portugal también presidieron fases dictatoriales; las muy republicanas banderas de Estados Unidos y de Francia tendrían chafarrinones que lavar: la primera se tejió con esclavos en los galpones; la segunda engalanó tropelías coloniales. Las banderas, como nuestra historia, son impuras: prima el significado presente, y en el presente la bandera española es la de bandera de una democracia plena.

(La bandera y yo). La única bandera española que hay en mi casa la lleva, bien cogida por el mástil, un catalán a caballo: Joan Prim i Prats, liberal y nacionalista español, cuando el nacionalismo era una forma de agregar las identidades, no de restarlas. Es un grabado, adornado con el autógrafo del león de Reus, que me regaló mi padre.

(Administración y administrado). En mi opinión, el administrado ha de ser libre para usar la bandera como le venga en gana (también para vejarla, pues creo que esto debiera tener reproche social, pero no penal). Ser liberal, dice mi definición favorita, es no enfadarse por las manías de los demás. La administración, en cambio, ha de hacer un uso frugal y reglado. Como madrileño, preferiría que no hubiera una segunda bandera en la fachada de mi ayuntamiento. Por lo superfluo empiezan los problemas. Somos españoles, pero ser españoles no es lo más importante de nuestra vida.

(El Partido Nacionalista Español). Vox puede usar la bandera española. Yo no dejaré de sentirla mía por eso. Pero Vox no debería enfadarse si tomamos, no la bandera, pero sí su superabundancia en sus actos, sin mezcla de otras que también nos incumben, como un fuerte indicio de nacionalismo. De hecho, en Vox deberían perder el miedo a presentarse sin ambages como un partido nacionalista. Ser nacionalista no está mal visto en España. Sale a cuenta. Que se lo pregunten a Esquerra o al PNV.

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