THE OBJECTIVE
Aloma Rodríguez

Bocinas, banderas y el impulso sectario

«Habrá que recordar a los amigos que el fanatismo no nos va a llevar a ningún sitio»

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Bocinas, banderas y el impulso sectario

El sábado fui al mercado. Me ofrecí sin acordarme de que estaba convocada la protesta en coche para pedir la dimisión del gobierno. Me sorprendió ver de nuevo el paseo Sagasta con coches después de más de dos meses sin apenas tráfico. Una mujer intentaba trabajosamente sujetar una bandera de España en la ventanilla de su coche y pensé que, a pesar de lo separadas que estábamos ideológicamente, seguramente nuestra torpeza nos acercaba. La gente que cruzaba en paso de cebra aplaudía a los coches; una familia aplaudía en el balcón del edificio blanco que hace esquina y gritaba “viva España”. Unas señoras mayores, desde la marquesina del autobús, le gritaban al chavalín que asomaba el cuerpo por el techo de un coche, bandera de España en mano, “poned el himno”.

La escritora Jimina Sabadú –su última novela, Las palmeras (Algaida, 2020), que salió justo antes del estado de alarma, es una road movie por una España asolada por un virus desconocido– explicaba en una de las entregas de sus diarios filmados en Instagram que quien le da miedo no es quien agita las banderas: de ellos sabe lo lejos que está. Lo que inquieta, sobre todo en internet y en las redes sociales, es lo que sucede con gente más próxima ideológicamente. Como dice Sabadú, “cualquier matiz crítico ya no es considerado siquiera disidencia, sino alta traición”. Dice Sabadú al final de esa entrega, en la que habla de “apoyo ciego al gobierno” y de la cursilería como nuevo arma, que lo que le asusta es que después de ver el vídeo tal vez pierda algunos amigos.

Pienso en lo que se decía al principio de la pandemia, en eso de que sacaría lo mejor de nosotros. Después en que sacaría lo peor. Creo que, como los hijos, ha hecho aflorar cosas que ya estaban: las parejas se divorcian, se ha visto más claramente la fragilidad de muchas cosas, la precariedad de otras, y se ha visto de manera diáfana el impulso sectario que las redes sociales amplían. No se admiten críticas ni matices, todo es blanco o negro. La autocrítica no existe, solo se ven los errores del que ya se percibe como adversario político, y cuando se repite en el otro lado sucede lo mismo pero al revés. (Sirva como ejemplo el señalamiento a periodistas en redes sociales, esta semana fue primero Echenique, luego Abascal hizo lo mismo el sábado).

Habrá que recordar a los amigos que el fanatismo no nos va a llevar a ningún sitio. Y hay una cosa que deberíamos exigir a los políticos: que no incendien, que no contribuyan a la hostilidad, que no señalen, que no conviertan la crítica en deslealtad. Es decir, que se parezcan más a nosotros cuando estamos en la calle y no en las redes sociales.

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