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¿Arreglo? Esto tiene poco

Para que las disensiones políticas no acaben extendiéndose de forma irreparable al resto de la vida del país, parece imprescindible que las fuerzas democráticas empiecen a encontrar unos mensajes más positivos y conciliadores

Foto: Francisco Seco | AP

El multipartidismo está resultando un fiasco enorme en un país como España, donde a partir de los atentados de 2004 y del inicio del procés catalán las relaciones entre las fuerzas políticas están regidas por el odio, la descalificación y la confrontación. Los dos grandes partidos tradicionales acarrean ese peso enorme de sus respectivas corrupciones, y los demás buscan ventajas tácticas a corto plazo a la vez que construyen un cordón sanitario diferente cada día. En el resto de Europa, de mejor o peor grado, pactan. Aquí, se desgarran los unos a los otros.

Haya finalmente repetición electoral o no, nuestro porvenir como nación y sociedad se anuncia terriblemente angustioso en los próximos años. Los valores de la ya remotísima Transición están tan jubilados como los políticos que los defendieron, y la versión más intelectualmente mísera del PSOE es la principal culpable, reduciendo su acción política a una representación teatral de un franquismo irredento que está agazapado, según los portentosos sucesores de Felipe González, tras las siglas de todos los partidos a su derecha. Bueno, salvo los separatistas catalanes y vascos.

El contraste entre el siniestro panorama político y la vida en un país que aún es razonablemente agradable, próspero, igualitario y bienhumorado se vuelve así más chocante cada día. Para que las disensiones políticas no acaben extendiéndose de forma irreparable al resto de la vida del país, parece imprescindible que las fuerzas democráticas –es decir, las constitucionalistas- empiecen a encontrar unos mensajes más positivos y conciliadores. Y si hace falta sustituir a algún líder que no va por ahí, que lo hagan.

Pero, sinceramente, todo lo que antecede nos parece ahora mismo poco más que wishful thinking, que diría un anglosajón. Aquí se exprimirá el limón hasta la última y ácida gota. Y, en el camino, este país bien pudiera saltar por los aires, como los irredentos líderes periféricos –y ya no sólo parte de los vascos y de los catalanes- parecen desear. Que nos pille confesados…

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