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Un artículo feminista y banal

Foto: Paul White | AP

Para escribir este artículo feminista, podría adentrarme en intelectuales derroteros, o simplemente, ser una feminista banal, como banal es el forofo de un equipo de fútbol que se pone a dar saltos y gritos cuando gana su equipo. A mí, en este momento, en el que a Esther García le dan el premio nacional de cinematografía y de paso, en el festival de San Sebastián se firma la carta por la paridad promovida por CIMA, me salen solo los saltos y gritos forofos de la feminista banal.

Esto parece malo, pero es bueno, lo juro. Ser forofo descerebrado es muy útil y hoy quiero ser una feminista banal. A veces, como a todos, me satura la proliferación de artículos y blogs y libros y proclamas que bajo la bandera del feminismo dicen a veces chorradas gordas o se apuntan a modas de forma banal, superficial, agresiva. También me irrita que desde el forofismo sin análisis se realice un bloqueo y apedreo de las ideas complejas, de los matices, como si todas sintiéramos lo mismo ante cualquier consigna, o tuviéramos que decir “manda ovarios” en vez de “manda huevos” bajo pena de reproche feminista, pero hoy hago una excepción.

Es un estrés reducirlo todo a una bandera, a las palabras, a lo que sea, porque nunca he sido incapaz de reducirme. Me duele reducirme. El reduccionismo me hace revolverme como un gato amenazado. Un claro ejemplo es cuando alguien a quien acabo de conocer me pregunta que a qué me dedico y respondo: “Escritora”. La pregunta inmediata es: “Y ¿qué escribes”. “Novelas”, “Y ¿qué tipo de novelas escribes?” Por supuesto, no sé reducir más la salsa, que se me quema y como la vida entera la he pasado tratando de huir de cualquier consigna, siempre respondo lo mismo: “Escribo novelas buenas”.

No me siento identificada con una banderola, una pancarta que dice “vivan las vaginas”, no soporto hablar de los pelos de mis piernas ni del espesor de la regla… y ya me gustaría porque a pesar del repelús que me dan mis propias excreciones, lo veo necesario. Me encantaría, en serio, no por no tener que afeitarme o hacerme la depilación láser, que no veas lo que duele, sino porque el reduccionismo es un arma de destrucción masiva. Para construir una cocina integrada en el salón, hay que tirar los tabiques, destruir los azulejos viejos, eliminar oscuros pasillos, picar y picar y picar.

Lo que todas queremos lo sabemos. Acabar con una sociedad que nos oculta en la parte de atrás y que nos ha enseñado a ocultarnos por educación y mimetismo con la generación anterior. Queremos romper esa dinámica, congelada en el patriarcado, como el barco aquel de los exploradores polares en el hielo, el Endurance, atrapado en el hielo. Hay que destruir las estructuras previas, no basta con subirse a ellas.

Destruir es destruir y hoy, por espacio limitado, me valen todos los medios para el fin. Consignas idiotas, artículos sesudos, exuberancia o tocando el instrumento musical que mejor se le dé a cada uno. Hay que dejar que la nave siga viajando. Esta nave, muchas naves, con mensajes diversos y efectivos. Es la acumulación lo que desgasta, rompe y prepara el terreno para diseñar una nueva realidad cómoda para todos (y todas).

Ahora le dan el premio de cinematografía a Esther García, a quien, por supuesto, le plantan como apellido en todos los titulares “la productora de Almodóvar”. Mi primera sensación ante este “apellido” que veo innecesario, fue que parece que hemos llegado al retruécano de tener que justificar enseguida que si le dan el premio a una mujer, no es por feminismo, sino porque es verdaderamente una persona importante en su profesión.

No me quejo de la frase “la productora de Almodóvar”. Es lógica. Es periodística. Pero fíjense en lo que representa. El titular podría haber sido “Esther García: la gran embajadora del cine español” o “Esther García: la inteligencia al servicio del cine” Pero, no. La mujer, la que sea, lleva “de apellido” al hombre más conocido en su titular, en su premio, en su día, porque un hombre siempre es más definitorio cuando se habla de una mujer. Me extrañaría mucho que, si le dan un premio a Enrique Cerezo o a Andrés Vicente Gómez, alguien les ponga “de apellido” el nombre de cualquier otro hombre más conocido aún que ellos para el gran público. Es de suponer que mencionarían su trabajo y sus películas o que los titulares dirán cosas como “Enrique Cerezo: el amo del cine español” (Ah, calla, que este titular sucedió).

Es duro, a veces, fijarse en estas bagatelas y destacarlas. Y lo son, pero no lo son siempre. Aún así, hoy quiero ser una feminista banal y fijarme en estas chorradas porque no me sale hablar de los pelos de mis piernas, que otras muchas mujeres ya lo hacen por mí.

Queremos romper el techo de cristal, que más bien es el solado de baldosa castellana e integrar la cocina en el salón de fumadores, para que madres y padres, hijos y perros vivan juntos, mezclados, en igualdad y se vean unos a otros trabajar, educar, vivir. Queremos que se nos distinga por nuestro trabajo y que se nos den oportunidades para trabajar en el cine o donde sea y queremos que se nos quite esta sensación de que la mujer está siempre a la sombra de un hombre y que no merece titulares épicos como “Esther García: la genia de la producción”.

Queremos no ser invisibles y queremos un hermoso mosaico, lleno de mujeres y de animales -que, a ser posible, no sean torturados- lleno de imágenes de la diversidad que revivan un pulso moderno, inusual, rompedor, para nuestra sociedad. Queremos ser mujeres bajo la frase que nos defina como profesionales, es decir, personas, y para llegar ahí, hay que saltar, aplaudir y a veces, ser tan banales como este artículo feminista.

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