Antonio García Maldonado

Atreverse a no ser nada

«El futuro no lo construimos entre todos, está ya prefijado y sólo se trata de llegar a él con las mejores credenciales curriculares –pagando, eso sí– para hacernos un hueco en un lugar razonablemente cómodo del mismo»

Opinión

Atreverse a no ser nada
Foto: Alex Kotliarskyi| Unsplash
Antonio García Maldonado

Antonio García Maldonado

Edito, traduzco, analizo y escribo. Aspiro a un estoicismo beckettiano: "Fracasa de nuevo, fracasa mejor". Sureño.

En su subjetivo de ayer, Miguel Ángel Quintana Paz se hacía eco de los cursos que Google se plantea ofrecer como sustitutos de las enseñanzas universitarias, y a mucho menor coste: por 300 euros y en apenas seis meses los estudiantes obtendrían un certificado de aptitudes con demanda, reclamadas por aquellos que ofrecen los cursos y otras grandes empresas tecnológicas similares. Quintana Paz se preguntaba si las universidades podían competir con dicha oferta, y concluía que «si las universidades aspiran solo a hacer a nuestros jóvenes ‘empleables’, si todo lo que tienes que ofrecer a sus estudiantes son ‘competencias’, entonces las universidades hacen bien en temer a Google». El profesor y filósofo continuaba estableciendo la diferencia entre educar y formar, y ponderaba las virtudes, entre otros aspectos, de la presencialidad, de la relación con los compañeros, del trato directo con el profesor o del conocimiento de saberes aparentemente ajenos a la disciplina escogida en para estudiar.

Conviene tener muy presente estas advertencias ahora que, gracias al impulso de los 140 mil millones de euros en créditos y transferencias del Fondo de Recuperación europeo, afrontamos una nueva reconversión de la economía, y con ella, de muchas profesiones y usos y costumbres sociales. Que necesitamos crear empleos de calidad y generar una oferta de capital humano para la economía digital y verde está fuera de cuestión, pero es un viejo error plantear la formación desde la mirilla exclusiva de la oferta y la demanda del mercado en base a un futuro más o menos buscado o predicho. Una realidad que ha degenerado en lo que el filósofo Michael Sandel –citado por Rana Foroohar en una reseña en el Financial Times– llama «la tiranía del mérito», una forma de progresar socialmente que pondera especialmente aquello que está más a mano de los ya más privilegiados. En definitiva, un juego con cartas marcadas cuya aparente trato igualitario llevamos demasiado tiempo dando por justo. Y que ha generado exclusión en la formación verdaderamente determinante –que no son los grados– y una montaña de frustración socio-laboral que vivimos estos años en forma de reacción política. En este esquema, sin duda los cursos de Google tienen toda la razón de ser, y la multinacional no ha hecho más que amoldarse a una mentalidad y unos incentivos que no han creado ellos, sino que les preceden y que, con toda la lógica de una empresa privada, utilizan para maximizar beneficios. 

Asumir tan alegremente esta «formación en competencias» que «demanda el mercado» implica demasiados supuestos discutibles, como señalaba Quintana Paz al hablar del sistema universitario y del valor intrínseco, ajeno a la lógica contable, de la formación y, por supuesto, de la vida en general. Pero, sobre todo, uno especialmente peligroso, como es aceptar que el futuro no lo construimos entre todos, aquí y ahora, con nuestras vocaciones distintas, con nuestros intereses y manías, con profesiones manuales, intelectuales o asistenciales, con nuestras fortalezas y debilidades, con más o menos diplomas. Sino que, a modo de religión revelada, o de paraíso artificial en la Tierra, está ya prefijado y sólo se trata de llegar a él con las mejores credenciales curriculares –pagando, eso sí– para hacernos un hueco en un lugar razonablemente cómodo del mismo. El futuro es entonces una tierra de promisión de la que, en el mejor de los casos, no podemos escapar, una predicción fija más que una construcción individual y colectiva. Siendo así, el pasado refulge con una luz distinta y menos fea, aunque sea falsa. En este contexto autorreferencial y extenuante de permanente reciclaje de competencias y de obsesión con un presente que caduca cada vez más rápido, tiene mucha razón el escritor Manuel Astur –autor del extraordinario y reciente San el libro de los milagros, en Acantilado–, cuando, en una entrevista reciente, dijo: «Ser libre hoy es atreverse a no ser nada».  

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