Jorge San Miguel

Belfast

«En la izquierda errejoniana tienen un fetiche con la dureza de los lugares y de la gente, aunque luego promuevan una especie de ética del hombre blandengue»

Opinión

Belfast
Foto: Instagram| Íñigo Errejón

El otro día Errejón, que tiene cartel porque a veces lleva gafas, se hizo una foto delante de un muro de ladrillos en Carabanchel y anunció que aquello parecía Belfast. La foto hay que verla: Errejón no lleva gafas pero sí una harrington, que es lo más cerca de Belfast que va a estar el que la vea. El muro de ladrillos es ante todo un muro de ladrillos, que podría estar en Carabanchel o en Basora, incluso en Belfast si me apuras. No se ven pintadas de combate ni murales de tíos con pasamontañas. Si Errejón quisiera ver de eso, sabe bien dónde encontrarlo, y no es Belfast.

A veces un muro de ladrillos es sólo un muro de ladrillos. Un muro de ladrillos es una cosa muy sólida que nos hemos acostumbrado a ver atravesar. «I feel like a cartoon brick wall», canta Michael Stipe en Why Not Smile. El muro errejoniano evoca una dureza que no es física sino política y social. Es un lugar duro para gente dura. No es Belfast pero es Carabanchel. Es una dureza elemental, de gentes sencillas de barrio obrero. Una especie de «autoctonía» platónica, pero con Rosendo. No olvidemos que Errejón fue capaz de formular la frase «Aravaca, orgullo de barrio». En la izquierda errejoniana tienen un fetiche con la dureza de los lugares y de la gente, aunque luego promuevan una especie de ética del hombre blandengue. Su muro es, podríamos pensar, de dibujos animados.

Pero Belfast es algo más que la foto de un muro. Son significantes no precisamente vacíos: el conflicto, las comunidades enfrentadas. En España, a la épica izquierdista de la violencia le faltaba, fuera de ciertos lugares, la verdadera quiebra de la vida civil, el enfrentamiento entre comunidades cerradas sobre sus valores y su identidad, que se dan la espalda y sólo se juntan para retarse. La pestilencia se infiltró en Cataluña y ya se ha extendido por toda España. En esto algo han tenido que ver los amiguetes de Errejón.

Lo de Errejón no es Belfast, pero hay un Belfast que no es el geográfico y que viene a toda velocidad. Es el Belfast mental de la gente que ya no puede hablar de política con los amigos, precisamente porque ya todo es política. Los chats que se disuelven, de los que la gente sale en silencio, como hace años me contaba Andrea Mármol que pasaba en Barcelona. Las conversaciones multiplicadas y atomizadas para no coincidir con este o aquel; los grupos que se dividen como cabezas de hidra. A veces uno se queda en un grupo de estos como en una casa de muros derruidos, y no sabe de qué hablar ya. De los muros derruidos salen cascotes que tirarnos a la cabeza.

Hace unos años era muy importante que todo fuera política, politizarlo, repolitizarlo todo. Que la política hablase de algo que tuviera que ver con la vida ya era otro cantar. Lo importante era la política en sí y para sí; y que a través de la política algunos accedieran a la clase media (¡yo el primero, eh!). O sea, la política tenía que ver con la vida, pero sobre todo con la de algunos. Que el precio fuera convertirlo todo en este lodazal asfixiante debía de parecer razonable, incluso deseable: ¡tener nuestro propio Belfast! Pues nada, ya viene. Y no será de dibujos animados.

Coincide la performance errejoniana con el estallido de disturbios en Belfast, el de verdad. Cuando yo era chaval, «disturbios en Belfast» era uno de esos sintagmas que iban de corrido, como «merecidas vacaciones» o «larga y penosa enfermedad». Luego pensamos que los disturbios irían quedando atrás en todas partes. De nuestro Belfast no sé cómo se sale. Joder, si no lo saben ni ellos. Pero hay que intentar conservar el principio de realidad. A veces un muro de ladrillos es sólo un muro de ladrillos.

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