Cristina Casabon

Bombones, pecado del pensamiento

«Las dinámicas polarizadoras e identitarias nos invitan a la adhesión acrítica y a la corrección moral y de las conductas ajenas, se busca estipular ámbitos de la vida privada mediante códigos de conveniencia social o moral»

Opinión

Bombones, pecado del pensamiento
Foto: Wikimedia Commons
Cristina Casabon

Cristina Casabon

Madrid, 1988. Profesora en la Universidad Carlos III. Articulista. El mundo como sustrato potencial de la ficción.

Podemos saber si una sociedad está en un periodo de decadencia por medio del lenguaje. Esto se concibe principalmente por un rasgo definitorio: el lenguaje se vuelve «pobre de solemnidad» (Klemperer), deja poco espacio a la imaginación, al proceso creativo y la poesía. Hace poco me llamaba la atención un cartelito de publicidad de Larousse, que corrige a los que emplean la palabra bombón, porque, según los expertos, bombón es un «dulce esponjado de azúcar. No una mujer». Al margen de la imprecisión de esta descripción, resulta entrañable que la publicidad se tome la molestia de ilustrarnos moralmente y que alivien la riqueza del lenguaje para vender diccionarios.

Estos ilustrados posmodernos, descendientes de Diderot y d’Alembert, han olvidado que la alegoría, aunque pueda ser una cursilería, es la cursilería de algunos de los mejores escritores y poetas de todos los tiempos. La alta literatura siempre ha utilizado este recurso literario para expresar la belleza femenina, lo cual es natural si consideramos que el gran arte no es utilitario. Siempre se ha comparado a la mujer con cualquier cosa, unas veces con un bombón; otras la mujer es una misteriosa fuerza superior, benévola, como un ángel, una virgen; luego está la femme fatale, que puede ser comparada con un vampiro, o una lagarta. No hace falta que estos términos sean políticamente correctos, porque el arte no tiene por qué ser una herramienta para moralizar o para corregir conductas, no tiene que ser útil a ninguna buena causa ni ideología.

Una sociedad de mentalidad liberal comprende la importancia la creatividad, la espontaneidad y el misterio; el erotismo, al ser una emoción y parte de la imaginación, no se puede estipular ni regular mediante códigos de conveniencia social o moral, ya provengan de la izquierda o la derecha política. Sin embargo las sociedades antiliberales siempre han intentado regular y adoctrinar el pensamiento. Ahora el feminismo identitario, utiliza herramientas como la cultura de la cancelación o la corrección política en el ámbito cultural, pretenden con ello que no haya misterios ni ambigüedades en el terreno de lo erótico o de la sexualidad. Por ejemplo, el poema A una transeúnte de Baudelaire ha sido criticado porque se ha comparado la actitud del poeta con el acoso sexual, por intercambiar una mirada con una mujer enlutada.

Camille Paglia ha dedicado parte de su obra a descubrir los elementos reprimidos y los preceptos éticos adquiridos en la cultura posmoderna, y pretende demostrar que la sexualidad y el erotismo siempre han estado presentes en el arte y en la alta literatura por el puro placer de ser contemplados, para hacer trabajar al inconsciente, a la imaginación. Paglia cree que «la sexualidad es un lóbrego reino de contradicciones y ambivalencias. No se puede entender con los modelos sociales que el feminismo identitario, como fiel heredero del utilitarismo decimonónico, se empeña en imponerle».

Ahora hay muchas personas del ámbito cultural que no se arriesgan a pensar fuera de estas limitaciones, incluso cuando la lógica y la propia experiencia contradice esos limitados estándares puritanos; se lanzan a corregir a las «mentes desviadas» tanto del «hombre» que piropea a la mujer, como de la «mujer desviada» que no se escandaliza ni se siente una víctima cuando la comparan con un dulce. Esta corrección de las conductas hace que para el feminismo posmoderno, la mujer que no comparta esas ideas aparezca como una «mujer educada ‘fallida’, cuyas energías están neuróticamente desviadas hacia el boudoir» (Paglia).

Las dinámicas polarizadoras e identitarias nos invitan a la adhesión acrítica y a la corrección moral y de las conductas ajenas, se busca estipular ámbitos de la vida privada mediante códigos de conveniencia social o moral. La grandilocuencia moral y la adhesión a estos marcadores identitarios y al lenguaje moral no nos hace mejores, quizás solo un poco más cínicos.

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