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Brasil, año 0

Foto: Fernando Souza | AFP

Ha vuelto a suceder. Ahora en Brasil. Casi medio país, en unas elecciones polarizadas y broncas, se echa en brazos de un líder demagogo, de retórica antiestablishment y con escaso apego a las normas y formas de la democracia liberal. Jair Bolsonaro tiene una hemeroteca realmente nutrida. Entre otras cosas, dijo que el problema de la dictadura, que añora y reivindica, fue que torturaba en vez de matar. A una mujer le dijo que no merecía que la violara, y otra imagen nos lo muestra con un arma imponente diciendo que con ella echaría de determinada ciudad a los militantes del Partido de los Trabajadores de Lula y Dilma Rousseff.

Las causas que han llevado a un neofascista tan indisimulado –casi paródico– a las puertas de la Presidencia han sido ampliamente documentadas y debatidas. Brasil vive una crisis transversal, que afecta a la seguridad, a los niveles de empleo, inflación y salario, y a la autoestima como país tras escándalos de corrupción institucionalizada. Aquí no cabe discriminar entre las dos explicaciones del auge del populismo: ha habido crisis de expectativas no satisfechas en la nueva clase media, pero también crisis material pura y dura con el fin de programas sociales en la gestión de la crisis global. Desde finales de 2014, la pobreza registrada aumentó un 29,3%, y en 2016 se incorporaron 5,5 millones de nuevos pobres. Los datos de homicidios, por su parte, son de país en guerra: 30,3 por cada 100.000 habitantes (en España, uno de los países más seguros del mundo, es de un 0,7).

En un escenario así, es más esperable que aparezca un líder mesiánico (Mesías es el segundo nombre de Bolsonaro), y, por tanto, aunque la alarma sea la misma, la sorpresa es distinta a la que causa ver neofascistas en la decadente pero rica Italia, o al frente de la primera potencia mundial. Brasil no funciona, sus costuras, materiales e institucionales, han ido saltando por los aires en estos años de crisis económica, social y política. En ese contexto, Bolsonaro encuentra un hueco que rellenar como Leviatán en una situación de caos general. Hobbes como falso estabilizador automático.

Escribió el filósofo Walter Benjamin que “todo ascenso del fascismo es testimonio de una revolución fracasada”. Brasil es otro ejemplo más de las limitaciones que el modelo económico liberal dominante, aun con sus épocas más asistenciales y calmadas, tiene para generar consensos democráticos, estabilidad social y progreso sostenible. La pregunta es cuántos neofascistas más necesitaremos encontrarnos en los palacios de Gobierno para darnos cuenta.

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