José Carlos Rodríguez

Cambio de sexo y cambio social

«No es una ley para la liberación de los trans, sino para operar un cambio fundamental en la sociedad»

Opinión

Cambio de sexo y cambio social
Foto: Gandul| EFE
José Carlos Rodríguez

José Carlos Rodríguez

Elegí vivir de contar lo que acaece. De todas las ideas sobre cómo debemos convivir, la libertad no me parece la peor.

El Gobierno envía al Parlamento la ley trans. La norma recoge lo que llama «libre autodeterminación del género». Según la norma, un niño de 14 años puede acudir al registro civil, declarar su nuevo género y registrar su nuevo nombre. Sin tutores ni testigos. Para completar la gestión, basta pasarse tres meses más tarde y ratificar la decisión. No es necesario un examen médico, o psicológico. No es precisa una hormonación, o un cambio físico de ningún tipo. Basta la expresión de la voluntad para que quien nació siendo un hombre salga del registro como una mujer, o viceversa.

Este es, precisamente, el objetivo de la ley, que va más allá de la realidad social de los transexuales. Ellos no importan tanto como el mismo principio de que cualquier persona pueda declarar un cambio de sexo sin más que expresar su voluntad. La idea es fijar en el Derecho la idea de que el género es una construcción social, una idea arbitraria impuesta por una sociedad injusta. El género está asociado a unos roles sociales, y si lo disolvemos en la expresión de un deseo momentáneo, podremos acabar con esos roles y con la sociedad que los ha acuñado. No es una ley para la liberación de los trans, sino para operar un cambio fundamental en la sociedad.

Todavía se enseña en los colegios el aparato reproductor humano. Esta enseñanza, claro está, tiene los lustros contados. Supone un desafío a la teoría queer, que es la que dice que el género no es la asunción de la condición sexual, sino algo completamente arbitrario. La sustitución de la ciencia, que describe la diferenciación sexual y su función reproductiva de la especie, por una teoría eminentemente falsa es una característica de nuestra contemporaneidad. Es lógico que los políticos y los periodistas, que siempre han tenido una relación conflictiva con la verdad, se sumen al desprestigio de la ciencia, y sus incómodas descripciones.

La ciencia, e incluso el sentido común, desmienten la teoría queer. Nada pueden decir de la decisión de un hombre, por ejemplo, de declararse mujer y revestirse de todos los tópicos femeninos. Esa es una decisión personal, e incluso los que no son liberales tienden a reconocer al menos este aspecto de la autonomía de la persona.

Mas, insisto, ese no es el objetivo de la ley. Según recoge Javier Benegas, en Suecia, el número de personas que casos registrados ha pasado de la veintena cada año a alcanzar los 4.000 desde que reconoció la disforia de género. La ley española busca que una oleada de conversiones nos haga ver que el género es sólo una opinión momentánea.

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