Manuel Alberca

Campos Reina: un diario póstumo

«El escritor fue siempre consciente, en el momento en que escribía sus libros, que su opción literaria estaba dirigida a la inmensa minoría»

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Campos Reina: un diario póstumo
Foto: Kiwihug| Unplash

En estas mismas páginas Julia Escobar confesaba hace poco su preferencia por los diarios póstumos y su desapego por aquellos que se publican en vida del autor, al mismo tiempo que se escriben. Aunque no comparto plenamente la segunda parte de su opinión, reconozco que un diario póstumo tiene un poso y un peso de verdad, de la que carecen casi siempre estos otros denostados por Julia Escobar, que me atrevo a calificar de impacientes. El valor, y por tanto la verdad, de un diario póstumo soporta o no la carga de la prueba del último acto de la vida, aquel que da sentido a esta. Su interés o autenticidad, como también su posible frivolidad o gratuidad, desaparecen o se reafirman con la muerte. Resulta tremendo, pero es así. ¿A quién interesarán las «jaimitadas» que se cuentan muchas veces en los diarios impacientes, cuando su breve y fugaz actualidad se haya inevitablemente diluido?

Este exordio viene a cuento, porque acabo de leer un diario póstumo, que tiene algunos de los atributos que hacen interesante y valioso un diario de este tipo. Me atrevo a recomendar a los lectores de The Objective el diario del novelista Juan Campos Reina (Puente Genil, 1946-Málaga, 2009). Con motivo del décimo aniversario de su muerte, sus herederos han publicado un conjunto de textos inéditos: ensayos, poemas y el diario que nos ocupa, al que el propio autor denomina en las entradas de sus cuadernos «diario del Renacimiento», en referencia a las novelas que estaba escribiendo y que formarían la Trilogía del Renacimiento. Forma parte de un hermoso y sencillo cofre de tres libros con el título general de Parques cerrados, que recoge Diario del Renacimiento, Poesía completa y De Camus a Kioto (Random House /Debols!llo, 2019).

Campos Reina: un diario póstumo 1

Foto: Brent Gorwin | Unsplash

Se comprenderá que por sus títulos cada uno tiene un registro literario y una temática diferente, pero son complementarios y necesarios para entrar en el mundo personal más secreto del gran narrador que fue Campos Reina. Se había dado a conocer con una primorosa primera novela, Santepar (Seix Barral, 1988), con la que había avisado que un escritor neófito de cuarenta años, debía ser leído y seguido con atención. Justo después de publicar esta primera novela, se puso a escribir la trilogía, que formarían Un desierto de seda, El bastón del diablo y La góndola negra (Random House/Debols!llo, 2003). El escritor fue siempre consciente, en el momento en que escribía sus libros, que su opción literaria estaba dirigida a la inmensa minoría; tuvo siempre muy claro cuál era su meta, tal como deja anotado en los cuadernos: “Es preferible ser un escritor marginal que un escritor bastardo” (Diario del Renacimiento, 1 de abril de 1990).

El diario abarca casi 12 años, entre 1989 y 2001, el tiempo que tardó en escribir y publicar la trilogía. Desconozco si el autor dejó dispuesta la publicación póstuma o ha sido tarea posterior de sus herederos. A juzgar por la interesantísima nota, «Breve reseña de mi vida», que lo precede, pareciera que Campos Reina tuviese prevista la publicación del diario. Dicha nota es de lectura obligada para conocer y entender al autor y su mundo, ambos marcados, desde su adolescencia, por «una religión penosa y oscurantista», propia de la época, y la enfermedad, que le obligaría a guardar prolongados periodos de reposo, fructíferos a la lectura y la ensoñación, que moldearon su carácter de adolescente melancólico y contemplativo: «Quizá todo lo que he escrito después se encuentre guiado por su mirada y su tempo».

Si se me permite puntualizar, el de Campos Reina es un «diario de obra», journal d’oeuvre, como en Francia se suele denominar, cuyo modelo y referente pionero sería el de André Gide con el título de Journal des ‘Faux-monnayeurs’ (1926), publicado en vida, justo al año siguiente de la publicación de la novela homónima. Es, por tanto, un diario que acompaña el devenir de la obra de la que toma su nombre, Trilogía del Renacimiento, y le sirve de estímulo discursivo, ayuda y guía. En fin, el diario es aquí concebido como un instrumento al servicio, sobre todo, del avance de la obra. El ritmo y la extensión de las entradas diarísticas en Campos Reina es dispar; no consigue ni le preocupa mantener un ritmo equilibrado ni en frecuencia ni en extensión, ese que precisamente a veces se proponen conseguir los diarios escritos y pensados para ser publicados como obra literaria autónoma. Sus anotaciones son casi siempre diferidas, pocas en caliente, una semana, dos o más a veces separan el hecho de su anotación, lo que da idea de su carácter reflexivo sobre todo. No es un diario emotivo ni anecdótico, sino de balance y valoración contenida, con grandes lagunas en algunos periodos entre sus anotaciones, más extensas y próximas, cuando el curso del proyecto novelístico lo requería. Campos Reina concibió este diario como un ejercicio al servicio de la escritura novelística, como espacio o refugio para pergeñar su plan, enfrentarse a los problemas y resolver los puntos oscuros o dudas.

Con todo, siendo importante este aspecto del diario como excipiente de la creación, Diario del Renacimiento no es solo esto, constata también el dolor como origen de la creación y la vinculación de la literatura con el sufrimiento. El diarista anota las vicisitudes de su larga enfermedad, de la que iría empeorando según avanzaba en la escritura de la trilogía. No es, sin embargo, el diario de un enfermo ni la crónica de una enfermedad, sino de un escritor enfermo, que ha convivido con esta desde la adolescencia a la edad adulta. La experiencia de una enfermedad grave, y del sufrimiento que la acompaña, ha propiciado tradicionalmente la escritura de diarios para soportar el aislamiento y la soledad que produce el dolor. Incluso en los casos en que, como el que nos ocupa, el diarista se muestra elíptico y estoico, el propio hecho de confiar al cuaderno la circunstancia en que se vive, sirve de compañía y consuelo. Campos Reina es, en este sentido, tremendamente discreto, nunca habla del diagnóstico ni nos aterroriza con detalles escabrosos de los síntomas. Pero el sufrimiento está ahí, condicionando la escritura y su vida profesional de inspector de trabajo, de la que tendrá que jubilarse anticipadamente con 47 años (Diario del Renacimiento, 24 de febrero de 1994). La escritura y la enfermedad están omnipresentes en las temporadas de reposo en la finca Las Quebradas, un espacio mítico-simbólico propio, fecundo a la creación, un territorio que parece sacado del Romanticismo centroeuropeo, para un autor que hunde sus raíces en lo mejor de esta corriente estética, de la que era devoto.

Sus anotaciones, que, insisto, evitan cualquier tratamiento morboso, trascienden la simple descripción de la falta de salud, para sondear la fructífera e íntima relación entre dolor y literatura. Así la anotación del 4 de marzo de 1989, la que abre el diario, lo subraya: «Y es que el dolor físico, ese que se te mete en los huesos durante interminables semanas y contra el que nada pueden los calmantes, el que me enseñó incluso a aislarme de mi cuerpo, es el maestro de la vida. / Sé trastear con las uñas en las costillas de mi esqueleto, como si fueran cuerdas de guitarra, para sacar algún acorde flamenco». Para un creador de estirpe romántica la relación entre literatura y enfermedad es consustancial. Y, al final del diario, en una extensa y sustanciosa entrada, apostilla: «… la relación con el sufrimiento es imprescindible para el creador, para un artista. Mi consciencia de escritor se forjó en dos embates de la enfermedad muy distanciados en el tiempo» (28 de abril de 1999).

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Foto: Sebastian Scheiner | AP

La mayoría de los diarios que registran el desarrollo de una enfermedad grave se cierran cuando el enfermo bien se cura o cuando fatalmente muere. En la última entrada, para cerrar el Diario del Renacimiento, Campos Reina no se acoge a ninguno de estos finales, y deja entreabierta la puerta de la vida: «Tras la conclusión de la Trilogía del Renacimiento y de este diario que nació para morir con ella, estoy tratando de dejar atados otros cabos sueltos. Ignoro si existe para mí el futuro, y, por ello, debo consagrarme a un presente que es lo que más amo. Porque sé lo que significa el dolor, también se dejarme invadir por la vida» (14 de febrero de 2001). Al terminar la lectura de este ejemplar diario, a uno le gusta recordar la figura de Juan Campos Reina, cuando se le veía pasear por las calles del centro de Málaga, vestido con cuidado de dandy, sin estridencias; se podía apreciar la elegante delgadez de su cuerpo, el rostro cincelado por el dolor y la mirada viva, siempre atenta, tras las lentes doradas de cristales redondos. Su imagen paciente transparentaba la calidad del andaluz contemplativo, adornado con la distinción y flema de un lord inglés. Así quiero seguir recordándolo.

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