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Captain Renault c’est moi

Foto: JAVIER SORIANO | AFP

El caso es que el caso de la ministra de justicia Dolores Delgado no consigue escandalizarnos como debiera, dejando el morbo de sus conversaciones aparte. Lo gordo es que ha mentido en racimo durante varios días, versión sobre versión y, sobre versión, otra. Lo importante de los audios del ex comisario Villarejo es que la han pillado con el carrito del helado después de haber dicho que no le conocía de nada. Pero también mintió su jefe, el doctor Sánchez, cuando dijo que la tesis estaba colgada en Teseo. Que la Notario Mayor del Reino mienta es objetivamente muy grave, tanto como que lo haga el presidente, y salpica a tres o cuatro instituciones del Estado. Sin embargo, cunde el aburrimiento, disimulado por el escándalo de las grabaciones. Si fuese sólo por las mentiras escalonadas, no pasada nada de nada.

¿Por qué? Yo creo que tenemos el síndrome del Capitán Renault de Casablanca que se escandalizaba muchísimo de descubrir lo que sabía de sobra y que se lo cobraba, además, en dinero contante y sonante: que en el bar de Rick se jugaba. Nosotros somos un clon. Hacemos que nos escandalizamos por todo lo alto de enterarnos que en política se miente, especialmente en la sede de la soberanía nacional, cuando ya lo sabíamos.

Es nuestro deber de ciudadanos, por supuesto, como era el deber del capitán de policía, fingir al menos una gran sorpresa y una intensa decepción; pero, de tanta hipocresía, al final, se cansa uno. Se cansó Renault y estamos exhaustos nosotros, a los que nos empieza a dar igual que Dolores Delgado mintiese una, dos, tres, cuatro o cinco veces, o que Sánchez copiase la tesis o la hiciese o no.

Se nos abren dos caminos. O abandonarnos al cinismo y dejar que mientan las veces que quieran o abandonar el cinismo y dejar de escandalizarnos solamente cuando la ocasión es notoria mayor del reino. Por el bien de nuestra sociedad, habría que optar por la sinceridad en la política y por no mirar para otro lado con las mentiras de ordinaria administración. Habría que señalarlas todas y repudiarlas todas, empezando, si es el caso, por las pequeñas nuestras cotidianas. De modo que cuando la ministra de Justicia nos cuente o cante seis milongas superpuestas podamos afearle la mentira articulada sin que nos ensombrezcan los escrúpulos del escándalo selectivo.

Al final, si la ministra no dimite o si la tesis de Pedro Sánchez se termina obviando, ambos nos servirán de recordatorio de que es la sociedad entera la que tiene que cambiar mucho. Por ahora, nos merecemos un gobierno que nos mienta, no merecemos más dimisiones.

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