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Carles Puyol

Ha anunciado que se va. Que se va del Barcelona. Que rescinde un contrato que le garantizaba ocho o nueve millones anuales hasta el 2016. Se va después de haberlo ganado todito, todo.

Ha anunciado que se va. Que se va del Barcelona. Que rescinde un contrato que le garantizaba ocho o nueve millones anuales hasta el 2016. Se va después de haberlo ganado todito, todo. Como poquitos futbolistas de la historia. Se va aburrido de las lesiones que lo maltratan desde hace años. No ha dicho que cuelgue las botas cuando diga adiós en junio. Quizás se vaya a jugar, allí sí que es jugar, en alguna de esas ligas remotas, tranquilas y relajadas, en las que el cuerpo ya no corre peligro. En las que, si no alimentas al quebrantahuesos, no tienes por qué temer un drama fuera del campo. Con él se han metido muchos y por supuesto que no por tímido, cobardón o no arriesgar las piernas. El juego de Puyol era una bomba de fuerza, contundencia y entrega. Se han metido con él como con otros futbolistas por intentar ser unos jóvenes deportistas normales en un mundo de necias histerias permanentes. Que no son ya las del hincha. Son las del hooligan que del fútbol saltó a la política. Y de ésta a la vida, a toda la vida para la constante deificación de la tribu. La peste nacionalista tiene muchas víctimas más allá de las inmediatas que son siempre la verdad, el sentido común y la decencia. Víctimas son todos los que, dedicados a actividades públicas, se ven obligados a jurar lealtades por temor a no prosperar, por horror a ser marginados, por miedo a ser olvidados, por terror a la represalia. El nacionalismo exige proclamación permanente de fidelidad y entrega. Se pasa velozmente de la galería de los ilustres aclamados al saco de los bellacos vilipendiados. Puyol lo comprobó hace poco cuando él y su mujer incurrieron en el terrible error de llamar Manuela a su hija y no elegir un buen nombre de la tribu. Demasiado español aquel nombre para no merecer el castigo de la jauría nacionalista. Pero Puyol es un héroe del fútbol. Y no tiene por qué serlo fuera del campo de juego. Puyol ha llegado casi a disculparse por jugar en la selección nacional. Pero nunca ha ocultado su emoción por hacerlo. Ni le ha cambiado el nombre a su hija que sepamos. A ninguno de estos chicos que a eso se dedican, se le puede pedir coraje y personalidad para ir contra corriente en un ambiente en el que las exigencias de lealtades acumuladas asfixian, cuando no ahorcan. Cuando la disciplina gregaria, la llamada de la tribu y el culto identitario han alcanzado la brutalidad y omnipresencia de la sociedad catalana, a quienes hay que exigir es a los gobernantes que toleran ese permanente acoso a la libertad. Los jóvenes deportistas bastante hacen si no buscan el aplauso fácil del más fanático. Cuando dejan constancia que solo quieren vivir y jugar sin hacer daño.   

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