Julia Escobar

De centenarios y conmemoraciones

«Estoy totalmente de acuerdo con Huysmans en que la admiración multitudinaria e incondicional por ciertas obras de arte -y no digamos ya la institucional- las devalúan»

Opinión

De centenarios y conmemoraciones
Foto: Felician Myrbach

Mientras preparaba mi intervención para una mesa redonda, con ocasión del IV Centenario de la publicación del Quijote, me enteré de refilón que ese centenario que tan ruidosamente celebrábamos era en realidad el segundo. El primero se produjo durante el tercero, o sea en 1905. Al menos así se refleja en una interesante crónica de Apollinaire (sus inapreciables Anecdotiques) con el que me topé en la rebusca de textos ad hoc para impresionar al personal, pues mis acompañantes en dicha mesa no eran moco de pavo: nada más ni nada menos que Luis Alberto de Cuenca y Jon Juaristi entre otros…

Por cierto, y ya que estamos con Apollinaire, he de indicar que a éste le interesaba bastante lo que pasaba en España desde el punto de vista artístico y literario y no fue esa la única ocasión en que se ocupó de Cervantes. También lo hizo de Zuloaga y del escritor «maldito» Pedro Antonio de Gálvez. Pero retomo el tema y reproduzco lo que escribe Apollinaire sobre ese primer centenario:

«La idea de celebrar con grandes festejos la fecha de la publicación de Don Quijote pertenece al publicista aragonés Don Mariano de Cavia, que publicó recientemente en El Imparcial un artículo sobre Cervantes cuyo eco fue considerable. En seguida, los académicos Ortega Munilla y Picón propusieron a la Academia española que se asociara a esos festejos. La Universidad de Salamanca, siempre citada en las obras de Cervantes con respeto, pidió el honor de ser el centro de la conmemoración. España entera celebrará al autor de Don Quijote en mayo de 1905. La provincia de Lugo, en Galicia, de donde son originarios los Saavedra, se convertirá en lugar de peregrinación para todos los admiradores del gran hombre, que fue ignorado en vida. Un joven español, don Juan Huertas Hervás, ha escrito que la mejor manera de celebrar al autor de Don Quijote consistiría en un real decreto que obligara a todos los españoles menores de setenta años a saber leer y escribir. Don Juan Huertas Hervás es poco exigente, pero por desgracia en España, como en muchos otros países monárquicos, las leyes las hacen los reyes: Allá van leyes do quieren reyes» (2 de enero de 1904). Hasta aquí el poeta.

Lo cierto es que todos los años se cumple algún centenario, cincuentenario o incluso lustro, del nacimiento o muerte de algún famoso, llegándose últimamente a no desdeñar ni a los autores «de culto», apenas conocidos del gran público, ni a otros personajes más insólitos, de esos que, como sabemos muy bien, se devalúan con la fama. Estoy totalmente de acuerdo con Huysmans en que la admiración multitudinaria e incondicional por ciertas obras de arte -y no digamos ya la institucional- las devalúan. Por eso Dostoievski, cuyo bicentenario se celebra el 11 de noviembre de 2021, que tuvo el honor de ser odiado por Lenin, escribió: «No pueden imaginarse la rabia y la melancolía que se apodera del espíritu cuando una idea grande, que uno viene venerando solemnemente desde antiguo, es arrebatada por unos necios y difundida por esas calles por otros necios como ellos». No hubiera aguantado la fama ni entre sus partidarios. Y no hablemos ya de Proust, nada famoso tampoco, ni en su época, quien en un momento dado dijo a un corresponsal que pensaba con horror en la celebración de su centenario.

No sé si Galdós o doña Emilia Pardo Bazán, a cuyo desgaste cultural asistimos estos dos últimos años a raíz de sus respectivos centenarios, sentirían esa desazón, tal vez no tanto pues en definitiva ya eran famosos. Ambos estaban acostumbrados a la popularidad: a Galdós le besaban la mano los niños por la calle y doña Emilia fue inmortalizada en un chotis titulado «Cipriano no bajes más la mano» que tocaban todos los organilleros donde una moza decía a su osado pretendiente que tenía «más labia que pué tener la sabia de la Pardo Bazán». A ellos no les importaría, pero a nosotros, sus lectores, sí porque es su legado lo que está en juego, así como la imagen que quede de ellos y, francamente, por el momento y en su caso no les están dejando a la altura que se merecen.

Pero no acaba aquí la cosa; también se celebran los cumpleaños de las publicaciones, fundaciones y hechos históricos que han tenido una honda repercusión, como pasó con el V centenario del descubrimiento de América y el bicentenario de la Guerra de la Independencia. Es el cuento de nunca acabar y el origen de una industria y una burocracia paralelas. De eso vive, en parte, el mundo académico y cultural. También el editorial se sube al carro de las conmemoraciones, por no mencionar el institucional. En España se han creado sociedades estatales, fundaciones y entidades que siguen en pie incluso cumplida la efeméride y en estos momentos inciertos de la pandemia, pensando en el lustro siguiente, o simplemente para mantener vivo el fuego sagrado y, sobre todo, los puestos de trabajo, algunos realmente pingües para sus titulares, especialmente los más honoríficos. Pasa cíclicamente.

Robert Musil, autor austriaco de quien apenas se celebra nada, dedicó gran parte de las más de las mil páginas de «El hombre sin atributos» a ridiculizar los afanes que mueven a construir sueños sobre el barro, y barro era sobre el que reposaba el imperio austrohúngaro en el año 1913, fecha en la que, en esa novela, a un grupo de personas solícitas se les ocurre formar una Comisión permanente para celebrar, en 1930, los 100 años del emperador Francisco José. Creemos que las cosas durarán eternamente. Hasta hace no mucho se firmaban convenios con una duración de 75 años, como antes, cuando los abonos a la ópera de Viena se hacían por 90 años, casi los que tenía Francisco José antes de esa fatídica guerra.

«Cuando se cultiva con actividad la memoria, el alma se enriquece de ingentes particularidades que distraen el recuerdo», escribió Kierkegaard, creo que en su libro sobre la reminiscencia. Lo distraen y lo transforman, diría yo. Esa nostalgia del pasado, qué bien la plasmó Verlaine en estos pocos versos:

«En el viejo parque solitario y helado/dos espectros evocan el pasado/ ¡Qué azul estaba el cielo! ¡qué grande la esperanza!»

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