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Juan Manuel Bellver

Cinefilia anticlerical en la Pascua florida

«Como también soy un poco travieso y anticlerical, la idea de disfrutar de las películas que escandalizaron a los príncipes de la iglesia en los felices años 20 se me antojaba inmejorable»

Opinión

Cinefilia anticlerical en la Pascua florida
Jack Samuels Flickr

¿Qué se puede hacer una Semana Santa sin viajes ni procesiones? Este año, las vacaciones de Pascua se nos han hecho un tanto raras sin la posibilidad de desplazarse o socializar en modo primaveral por culpa de la pandemia.

En casa, hemos afrontando estos días de asueto en plan contemplativo con paseos, música, lectura o practicando el dolce far niente frente a la pantalla del nuevo smart TV extra plano con tecnología Oled. Cada miembro de la familia había explorado previamente las distintas plataformas a las que estamos suscritos y realizado su elección, como si se tratara del menú de un restaurante gastronómico en el que cada comensal escoge su plato, sabiendo que tendrá irremediablemente que dar a probar un poco del mismo a sus compañeros de mesa.

Tras varios debates en torno a la oferta cinéfila de Filmin, yo me decanté finalmente por la colección Pre Code incluida en el canal temático de Clásicos. Mi elección se basaba en una confusa mezcla de sentimientos: como soy un poco nostálgico, no me imaginaba viendo cine moderno en Jueves Santo y el blanco y negro me parecía de lo más adecuado; pero como también soy un poco travieso y anticlerical, la idea de disfrutar de las películas que escandalizaron a los príncipes de la iglesia en los felices años 20 se me antojaba inmejorable.

Así que dicho y hecho. Por nuestra pantalla amiga han desfilado las últimas noches una serie de clásicos cinematográficos del periodo de Entreguerras con la más dudosa moralidad. Algunos de estos títulos eran imposibles de encontrar antes de que, en 2012, TCM lanzase en Estados Unidos la colección Forbidden Hollywood, con 17 DVDs de auténtico culto. Una iniciativa que fue imitada después por RKO o Columbia… Y hora todos ellos y algunos más están al alcance de cualquier espectador gracias al advenimiento de la era del streaming. ¡Bendita tecnología!

¡Cómo! ¿Qué no saben qué es el cine Pre-Code? Pues la vertiente más libre y desprejuiciada del Hollywood de los años locos: esa época de inocente permisividad, comprendida entre 1924 y 1937, en que la ausencia de una reglamentación supra-nacional permitió a los estudios gozar de una inaudita libertad creativa antes de que la sociedad biempensante de la época pusiera en marcha la consiguiente campaña de censura.

Fue en 1934 cuando el arzobispo MacNicholas de Cincinnatti organizó una petición de firmas contra ciertos filmes de la floreciente industria cinematográfica californiana que, a su juicio, constituían «una grave amenaza contra la juventud, la vida familiar, el país y la religión». Un mes más tarde, había recabado cuatro millones de adhesiones. Antes de que concluyera el año, las majors de Hollywood adoptaron motu proprio un Código de Producción de Películas que desterró de la gran pantalla cualquier gesto, diálogo o imagen que pudieran resultar ofensivos durante las siguientes décadas para la sociedad estadounidense.

El responsable de aquella autocensura interna que cambió la manera de escribir guiones y de rodar de varias generaciones de cineastas fue un abogado presbiteriano y abstemio llamado Will H. Hays, que había sido contratado años atrás por la Motion Pictures Producers and Distributors Association (MPPDA) para limar asperezas con los grupos cristianos, aterrados por el cariz poco ejemplarizante que, desde la llegada del cine sonoro, habían adoptado muchos largometrajes de gran difusión. En la jerga popular, su apellido terminó dando nombre al Código Hays, que controló con mano férrea el show-business audiovisual norteamericano hasta 1967, cuando fue sustituido por el sistema de clasificación por edades.

Desde entonces, cualquier cinéfilo que se precie habla con suficiencia de las películas de la era Pre-Code, aunque pocos habían tenido la ocasión de ver más de un par de títulos sin restaurar en sesiones intempestivas de la Filmoteca. De ahí la trascendencia simbólica que tuvo la recuperación, hace casi una década, de aquellas obras impúdicas en versión DVD para coleccionistas.

¿A qué venía tanto escándalo? Tal vez dichos filmes hicieron sonrojar a nuestras abuelas, pero –vistos hoy– resultan casi tan inocentes como las más recientes producciones de Disney. Pónganse en situación: la Gran Depresión se hallaba en su apogeo y las penurias económicas habían comenzado a alejar al público más desfavorecido de las salas de proyección de todo el país. Así que unos cuantos productores con olfato decidieron subir el tono de sus películas, añadiendo carne fresca y toda suerte de insinuaciones sexuales: mujeres fatales, adulterio, violación, aborto, perversión de menores, relaciones interraciales u homosexuales.

Además del socorrido tema carnal, la cinematografía yanqui de aquellos días se nutrió abundantemente de relatos criminales donde los reyes del hampa se salían ocasionalmente con la suya y parecían más héroes que villanos; donde el atraco perfecto era casi un ideal juvenil y el consumo o el tráfico de drogas estaba a la orden del día. Todo aquel realismo descarnado entusiasmó al público, que volvió a llenar los cines, pero acabó provocando las iras de los guardianes de la moral.

No era para menos ya que los estudios sociológicos denunciaban la influencia nefanda de esta atrevida variante de cine sonoro sobre la –hasta entonces– irreprochable juventud americana. ¡Cómo podían las nuevas generaciones idolatrar a mujeres con aire de vampiresa o a buscavidas de aspecto patibulario!

Esos vamps and tramps a los que aludía la profesora Camille Paglia en su primer antología de ensayos publicada en España (2001) siguen vivos a través del celuloide para recordarnos que hubo un tiempo en que no sólo las películas, sino la vida cotidiana de las estrellas del séptimo arte rebosaba vicio y promiscuidad, como describió Kenneth Anger en su imprescindible Hollywood Babilonia (1959).

De un plumazo, Hays trató de acabar con todo eso, dentro y fuera de la pantalla. No le fue fácil al principio y hasta la revista Variety se burló de una normativa que, falta de sanción administrativa, toda la profesión se tomaba a la ligera. Pero varios colectivos religiosos llamaron a boicotear los cines del país y, en julio de 1934, la MPPDA ordenaba que todas las producciones que quisieran estrenarse en sus salas tendrían que respetar escrupulosamente el dichoso código. El cual prohibía, entre otras cosas, exhibir estilos de vida delictivos o moralmente incorrectos, ridiculizar la ley de Dios o de los hombres, ensalzar el crimen o el pecado, mostrar desnudos, bailes provocativos, sexo explícito, relaciones pervertidas o besos de más de tres segundos, usar palabras malsonantes, frivolizar con el alcohol, las drogas o la prostitución… ¡y recomendaba además que cualquier acto delictivo recibiera su justo castigo al final!

«Dios bendiga a nuestras iglesias. Ejercen su función sagrada preservando los fundamentos morales del pueblo. Indiferente a sus obligaciones, el cine recibe ahora el merecido castigo por su infidelidad. La era de la indecencia ha terminado», saludó la noticia en un editorial el magnate de la prensa William Randolph Hearst.

Ahora somos libres de (re)descubrir por distintas vías un puñado de estos largometrajes caídos en el olvido. Pueden entrar en la citada Filmin y, sin estar suscritos, alquilar el título que más les atraiga. O bien, si siguen apegados al formato DVD, acudir a Amazon y teclear Pre-Code en el buscador para descubrir una oferta inimaginable de atractivas pelis firmadas por William Wellman, Lloyd Bacon, Alfred E. Green, Michael Curtiz, Archie Mayo, W.S. Van Dyke, Clarence Brown o Melvin Leroy e interpretadas por Barbara Stanwyck, Joan Crawford, Ruth Chatterton, Clark Gable, Edward G. Robinson o James Cagney.

En casa hemos disfrutado particularmente de títulos como Carita de Ángel (1933), que aborda sin titubeos la ascensión social de una prostituta –estupendamente interpretada por Stanwyck–, o El enemigo público número uno (1934), con un formidable Cagney sentando las bases del género de gánsteres. Para este Domingo de Gloria tengo reservada la comedia musical Yo no soy ningún ángel (1933), donde la despampanante Mae West da vida a una domadora de leones que hace enloquecer a sus partenaires masculinos –¡qué grande, Cary Grant!–con frases como aquella de «cuando soy buena, soy muy buena, pero cuando soy mala, entonces soy mejor». Pura arqueología cinematográfica que, comparada con algunas salvajadas que se filman hoy, nos muestra de forma entrañable lo poco que han cambiado las debilidades humanas y cómo ha evolucionado nuestra idea de la moral pública.

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