Manuel Arias Maldonado

Consideraciones apresuradas sobre un indulto previsible

«Estamos más cerca del modelo norteamericano: el perdón concedido a los amigos del poderoso»

Opinión

Consideraciones apresuradas sobre un indulto previsible
Foto: EMILIO MORENATTI| AP
Manuel Arias Maldonado

Manuel Arias Maldonado

Profesor de Ciencia Política en la Universidad de Málaga y colaborador habitual en prensa y medios culturales.

El mismo presidente del gobierno que hace menos de un año —ahí están las hemerotecas— garantizaba el «absoluto cumplimiento» de las sentencias de cárcel impuestas a los líderes independentistas parece haber cambiado de criterio; la noticia sería que lo mantuviese. Según ha señalado el Ministro de Justicia, es inminente la «tramitación» de unos indultos que podrían venir acompañados de la reforma penal del delito de sedición. Tampoco es esto último precisamente lo que el candidato Sánchez prometió en campaña electoral: un dos por uno. Pero estos cambios de dirección ya no impresionan a nadie y solo sirven para provocar la carcajada nerviosa de los tuiteros más impresionables.

De acuerdo con la lógica maquiaveliana que parece regir la acción de este gobierno, las anunciadas medidas de gracia pueden interpretarse de dos maneras complementarias o, si se quiere, sucesivas. Por una parte, se trata de allanar el camino hacia unos presupuestos cuya aprobación ya no se concibe como un rito anual, sino como algo más parecido a un plan trienal: la llave que abre la puerta de la legislatura larga. Así que más que una negociación sobre las cuentas públicas, tenemos una negociación abierta sobre el apoyo a las cuentas públicas; son cosas bien distintas que poco tienen que ver con la distribución racional del gasto público. Por otra parte, el objetivo es mucho más amplio, a saber: fortalecer la mayoría salida de la moción de censura. Esta última promete al tándem Sánchez-Iglesias estancia en el poder cuya duración parece prolongarse hacia el futuro a medida que se traspasan esas imaginarias líneas rojas que una parte de la opinión pública veía pintadas en el suelo. Pero no existen: basta una mayoría parlamentaria dispuesta a borrarlas para comprobarlo. Desde este punto de vista, la decisión del gobierno era previsible.

Resulta también interesante constatar cómo la naturaleza misma del indulto es violentada con esta maniobra. ¿Tiene sentido indultar a quien no solamente no se arrepiente, sino que afirma con satisfacción que volverá a hacer lo que hizo? Estamos más cerca del modelo norteamericano: el perdón concedido a los amigos del poderoso. Pero el sentido particular que podía tener una medida de gracia en este caso también se ve truncado -a conciencia- con el proceso legal que ahora comienza. ¿Acaso no hemos oído en incontables ocasiones durante los últimos dos años que el indulto había de ser el paso final en el camino de la reconciliación entre españoles y catalanes? Maticemos: entre la España constitucional y el independentismo que se rebeló contra ella. Parecía que el libro negro del procés solo podía cerrarse con la renuncia explícita a la vía unilateral y con el reconocimiento del pluralismo interior de la sociedad catalana. Todo indica que se ha renunciado a este gran acuerdo reconstituyente. Y es una lástima, además de otra pésima noticia para nuestra integridad constitucional. Pero tal vez solo fuera otro espejismo para ingenuos: si quedaba alguno, ya puede ir espabilando.

 

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