Cristina Apgar

Contaré hasta doce

"El virus nos brinda la posibilidad (aunque depende de nosotros aprovecharla) de hablar tan solo un poco menos de banderas, lazos y fronteras y un poco más de nuestros retos compartidos"

Opinión

Contaré hasta doce
Foto: Michel Lipchitz
Cristina Apgar

Cristina Apgar

Connecticut, 1991. Gabinete de la Secretaría General de Ciudadanos. Anteriormente, jefa de comunicación en la Cámara de Comercio de EEUU en España (AmChamSpain). Licenciada en relaciones internacionales y filología románica por la Universidad de Johns Hopkins y máster en comunicación política y empresarial por la Universidad Camilo José Cela.

Preguntareis: Y dónde están las lilas?
¿Y la metafísica cubierta de amapolas?

¿Y la lluvia que a menudo golpeaba
sus palabras llenándolas
de agujeros y pájaros?

Hace más de ochenta años que Pablo Neruda planteaba estas preguntas que hoy, casi un siglo más tarde, nos volvemos a hacer. Cierto es que las circunstancias que le llevaron a Neruda a escribir estas líneas de su célebre poema “Explico Algunas Cosas” eran bien diferentes a las que hoy nos llevan a especular sobre cuándo podremos volver a abrazar a nuestros abuelos, padres, hermanos y amigos. Las “hogueras” de Neruda, que una mañana de repente “salían de la tierra, devorando seres”, hoy son gotitas de un virus microscópico letal que no se percibe hasta que ya nos ha tomado preso.

Sin embargo, este virus, al igual que esas hogueras, se ha llevado mucho por delante. A fecha de hoy, más de 27 mil personas en España han fallecido por esta inesperada malatía-, 27 mil familias injustamente lastimadas, sin poder despedirse debidamente de sus seres queridos. Además, el virus, como un huracán sin piedad, ha destruido cerca de un millón de empleos en tan solo dos meses, llevándonos en España a batir el récord de beneficiarios de prestaciones por desempleo (5,19 millones de personas en abril). Esto sin contar los más de 3 millones de españoles actualmente afectados por un ERTE total o parcial y, por supuesto, el número incalculable de negocios (desde pequeños comercios, hasta restaurantes, bares y hoteles) que se verán obligados a cerrar la persiana para siempre.

Pero este virus, además de destrozar todo lo que encuentra por el camino, no se detiene en las fronteras. Sube montañas, desciende ríos, cruza océanos y agrede a ciudadanos de todas las ciudades, comunidades autónomas, países y continentes por igual. Se habla mucho estos días de una posible moderación de la globalización que tanto ha definido nuestra historia reciente. Se habla mucho de una vuelta al comercio de proximidad: los productos locales, las tiendas de barrio y el turismo nacional.

Pero, al mismo tiempo, precisamente pocas veces como ahora hemos experimentado algo tan global. Hace muchos años ya que en España se pueden ver los mismos blockbuster films recién salidos de Hollywood que en EEUU, y que España exporta su cultura a cada rincón del planeta (solo hay que fijarse en el reciente éxito mundial de Rosalía y La Casa de Papel), pero nunca han sido tan universales como durante estos últimos meses las preocupaciones de los ciudadanos italianos, franceses, españoles, norteamericanos y británicos.

En los periódicos de cada país, las redes sociales y los chats familiares, la gente se hace las mismas preguntas. ¿Hay que desinfectar la comida después de hacer la compra? ¿Puedo ir de paseo? Y a mi familia, ¿cuándo la podré ver? Las mascarillas, ¿realmente sirven de algo? ¿Dónde puedo comprar gel desinfectante? ¿Quedará papel higiénico en el súper? ¿El gobierno está haciendo lo suficiente para protegerme? Y cada niño se convierte en aquella joven soriana inmortalizada por Machado que “piensa que en los verdes prados ha de correr con otras doncellitas en los días azules y dorados, cuando crecen las blancas margaritas”.

No todo lo que nos trae este virus es malo. Desde sesiones de zoom con familia que normalmente no vemos más que en navidades, hasta aperitivos virtuales con amigos que no hemos visto en años, el virus parece habernos recordado lo que realmente importa.

En este sentido, el virus nos presenta una gran oportunidad. Nos brinda la posibilidad (aunque depende de nosotros aprovecharla) de hablar tan solo un poco menos de banderas, lazos y fronteras y un poco más de nuestros retos compartidos. Cuestiones tan importantes como una educación de calidad, que verdaderamente prepare a nuestros hijos para la sociedad que les espera, la atracción de capital humano e inversión extranjera, más inversión en I+D+i y sanidad, el medio ambiente y, sobre todo, la reactivación urgente de la economía.

Durante estas próximas semanas, mientras todos soñemos con avanzar a la siguiente fase para por fin poder reunirnos con los nuestros y reencontrarnos en los bares, detengámonos un momento y reflexionemos. En las palabras de Neruda en su contundente poema “A Callarse”:

Ahora contaremos doce
y nos quedamos todos quietos.
Por una vez sobre la tierra
no hablemos en ningún idioma,
por un segundo detengámonos,
no movamos tanto los brazos.

Detengámonos y reflexionemos sobre todo lo que nos une y tendamos la mano el uno al otro porque todavía nos quedan motivos para hacerlo. Ahora más que nunca, hemos de remar todos en la misma dirección. No solo porque España y Cataluña se lo merecen, sino porque solo entonces podremos decirles a nuestros nietos que estuvimos a la altura.

Ahora contare hasta doce
y tú te callas y me voy.

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