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Contra la crueldad

La campaña publicitaria que advertía, con grandes letras en un vistoso autobús, de que los niños tienen pene y las niñas vulva, y de que ambos datos son realidades sin vuelta de hoja –tertium non datur–, ha suscitado dos debates distintos y dejado en la penumbra acaso lo más importante.

Hay un debate sobre la libertad de expresión de los promotores de la campaña (que responde a otra que quería sensibilizar a la población sobre la realidad de los niños trasgénero). Aquí me confieso dubitativo: no sé si la libertad de expresión ampara o no a los promotores. Por un lado, ha escrito Aurora Nacarino-Brabo, «la libertad de expresión es un derecho hecho a la medida del impertinente, no del zalamero». Que es lo mismo que famosamente dijo Rosa Luxemburgo: la libertad es siempre la libertad de los que piensan distinto, por más que lo pensado ofenda el gusto o la inteligencia. De lo contrario, la libertad sería un privilegio y no un derecho. Por otro lado, siempre he creído que el discurso del odio ha de suponer un límite efectivo a la libertad de expresión. La pretendida lección de anatomía de Hazte Oír era agresiva y cruel, pero si transgredía el límite de la incitación al odio es algo sobre lo que me permito seguir teniendo dudas.

El otro debate versa sobre el fondo del asunto y ha propiciado encendidas disputas sobre si la proposición «los niños tienen pene» guarda o no una correspondencia tal con la realidad que la hace incontrovertible. Como todas las pesquisas en filosofía del lenguaje, ésta también deriva pronto en logomaquia. Y es que uno se ahorra muchos sofocos cuando renuncia a cuadrar lenguaje y ser, como en un balance el activo y el pasivo. Nuestras palabras, vueltas conceptos, arrojan sobre el mundo una malla que nos guía pero que es incapaz de apresar la multiplicidad de lo real. El sueño de la univocidad produce monstruos y la obsesión por un significado fijo es indicio de un temperamento fanático.

Pero, entre un debate y otro, ha pasado desapercibido, decía, lo más significativo. La disforia de género es una condición muy minoritaria que además desafía nociones intuitivas muy poderosas. Aun así, hemos visto una reacción masiva de rechazo a una campaña que se creía –correctamente– podía causar sufrimiento a otro ser humano. Dice Rorty que existe progreso moral en una sociedad cuando se está dispuesto a ver más y más diferencias tradicionales como irrelevantes. Lo que la sociedad española ha mostrado con su generalizada mueca de disgusto ante el autobús anatómico (se esté o no de acuerdo con su prohibición) es que está dispuesta a acomodar leyes y usos, también lingüísticos, para incluir como ciudadanos de primera a los transgénero, un colectivo largo tiempo invisibilizado, vapuleado y humillado. Eso es progreso moral y es el dato con el que me quedo.

Bien es cierto que días después de suscitarse la polémica, la emisión de un programa xenófobo en una televisión pública vasca no provocó la misma reacción universal de repudio, tratándose, en esencia, de lo mismo: la cruel exhibición pública de desprecio hacia un colectivo. En ese caso, el ludibrio era a costa de la condición de español, que tampoco ha sido prenda fácil de mostrar en el País Vasco durante mucho tiempo. Pero los que más ostensiblemente habían pregonado su condena del autobús, se pusieron de perfil y callaron. Lo que sugiere, lector, esta moraleja: a veces las buenas causas traen el viento en la popa y otras veces hay que empujar con el remo. Cuando sucede lo primero se soporta la compañía de puritanos porfiando por sobrepujarse en virtud los unos a los otros, pero eso no ha disuadirnos de prestar apoyo al bando que siempre es el correcto: el que abomina de la crueldad ejercida contra el vulnerable.

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