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En el corredor de la muerte

Foto: Tamara Rozas | EFE

El otro día me ventilé de una sentada el nuevo libro de Nacho Carretero, que tiene por título En el corredor de la muerte y que ha sido editado por Espasa. Se trata de otro éxito (me atrevo a augurarlo) del reportero que ya colocó su anterior investigación, Fariña, en los estantes de media España. Una vez más Nacho ha encontrado el tema, el tono y los argumentos para tratar un episodio de lo más conflictivo: el español Pablo Ibar fue condenado a muerte en Florida tras ser acusado de triple asesinato, pese a que las pruebas no resultaron nada concluyentes y pese a que el juicio estuvo plagado de irregularidades. Por suerte, se revisó la condena y ahora Ibar afronta un nuevo juicio que dará comienzo en octubre y al que todos los lectores de este libro estaremos enganchados como el que se enfrenta a una especie de epílogo para la obra.

Podría glosar innumerables rasgos que convierten En el corredor de la muerte en un libro extraordinario. Por ejemplo, su estilo conciso y pulcro de cronista experto. O su retahíla de personajes que van desde la joven Tanya, cuyo amor por Pablo se sobrepuso al frío de la celda, hasta un abogado defensor adicto a los calmantes pasando por una familia fiel hasta la ruina económica o unas amistades poco recomendables. Pero, de todas las heridas que producen estos párrafos, hay una que no termina de cicatrizar aun cerrando la cubierta y tiene que ver con la manera en que el autor es capaz de hacer temblar los cimientos de lo que una vez creíste que era la libertad, concepto difuso cuando se pone en manos de un colectivo. Durante la presentación del libro, con Mara Torres escoltándolo, Nacho Carretero explicó a través de su voz lo que Pablo Ibar entendía por ser libre: llevo veinticuatro años abriendo puertas por obligación. Es sorprendente cómo los grandes dilemas universales se resuelven con palabras llanas cuando se colocan en manos del hombre de a pie.

Nacho tiene la habilidad de, a través de unos escenarios narrativos excepcionalmente construidos, convertir cada relato en un pequeño espacio literario. Sé que no es su pretensión, pero lo consigue porque la literatura no se persigue, se encuentra. Así que, cuando en la penumbra del corredor, Ibar decide matar su soledad utilizando el colchón como saco de boxeo, o cuando coloca frente al lector el peso de la culpa que los pederastas y violadores tienen que cargar encerrados durante días en su celda, lo que quizás Carretero no sepa es que de algún modo ese pequeño universo de personajes trasciende la realidad para entrar en el imaginario, y a partir de ahí, claro, la literatura. En la presentación, el autor le confesó a Mara que muchos lectores han identificado parte de la angustia que se respira en su libro con la que a su vez se percibe en el mítico A sangre fría de Capote. En este caso, como en aquel, los personajes han traspasado una barrera que nada tiene que ver ya con una vulgar existencia. El autor norteamericano tuvo que esperar a que los asesinos fueran ajusticiados para escribir el final de su libro. Nacho, más gentil, ha dejado que sea el destino el que termine de redactar el suyo.

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