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Cumbres fantasma

El hombre, hasta hace un par de siglos y medio, ha sentido la permanente amenaza de muerte por inanición. El economista e historiador Robert Fogel dice (The State of Humanity, capítulo V), que en el año 1700 la familia media europea apenas tenía muebles, no tenía ropa con la que cambiarse, y su alimentación era la suficiente como para mantener cuatro horas diarias de trabajo agrícola.

Ahora podemos decir que las hambrunas son cosa del pasado, y si queda alguna es por causa del socialismo, también en remisión. La mejora es tal que la FAO ha tenido que abandonar el concepto de hambre y sustituirlo por el de “malnutrición”. Aún así esa es una realidad para un número menguante de personas: 991 millones en 1992 y unas 780 millones en la actualidad. Y eso con una población que crece, por lo que el porcentaje de la humanidad malnutrida ha pasado en estos años del 23,3 al 12,9 por ciento.

En 1820 quizás un 17 por ciento de la población mundial había recibido una educación básica. En 2010 ese porcentaje alcanza al 82 por ciento, y en la región más atrasada en este aspecto, el África Sursahariana, está en el 65 por ciento. En España se estudiaba de media 3,83 años en 1950, y en 2010 eran ya 10,27. Es la misma tendencia que han visto tanto los países desarrollados (Alemania de 6,8 a 12,37 años) como los más rezagados (Zimbabwe de 1,58 a 7,61).

Cada año que pasa el mundo es mejor, y no le debe nada de ello a los políticos. Por eso son tan urgentes, tan necesarias, las cumbres de políticos indicando que todo va mal, que de eso tenemos nosotros la culpa, pero que ahí están ellos para remediarlo con grandes declaraciones y con planes mayúsculos.

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