Cristina Casabón

Curillas posmodernos

«Nos piden que adoptemos un imperativo moral basado en una ideología victimista para alcanzar la “justicia social”, sembrando prejuicios sobre la identidad intransferible de los individuos»

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Curillas posmodernos
Foto: SHIHO FUKADA| AP Images
Cristina Casabón

Cristina Casabón

Madrid, 1988. Profesora en la Universidad Carlos III. Articulista. El mundo como sustrato potencial de la ficción.

Me acordé del cura don Octavio, que siempre que me veía me preguntaba ¿eres buena?cuando oí que Ayaan Hirsi Ali denominaba en un debate «nuevo credo» a los que ejercen la guerra cultural empleando diferentes herramientas, como la política identitaria, la interseccionalidad, la cultura de la cancelación o la corrección política. La naturaleza precisa de esta nueva religión es complicada, ya que surge de un dogmatismo no ilustrado con aires de superioridad moral. Aunque comúnmente se analiza como un fenómeno propio de grupos colectivos, cada vez más se ha convertido en la especialidad de políticos con capacidad de agitar las aguas identitarias y adoctrinar a sus votantes. Son los nuevos curillas posmodernos.

La política populista gana siempre que hay polarización: una sociedad radicalizada, bajo el lema de «lo personal es político» vota políticos que representan y apoyan sus intereses y los de determinados colectivos identitarios. Paralelamente, los políticos saben que no pueden representar a la totalidad del electorado si éste ha desarrollado identidades colectivas muy fuertes y está muy polarizado; aspiran en cambio a asentar su nicho de votantes mediante la guerra identitaria. El trabajo de algunos políticos posmodernos consiste en convertir todo en una lucha política de suma cero, entre el bien y el mal, que adoctrine en torno a temas de identidad posmoderna como raza, clase, nero, sexualidad

Existe un peligro significativo en dejar que una visión ortodoxa o dogmática posmoderna se imponga desde la política y las instituciones, porque esta teoría puede parecer motivada por una visión idealista de la justicia social, pero en la práctica impone una visión dogmática llena de prejuicios emocionales sobre la identidad. En el pasado la democracia liberal apostó por el secularismo, decidiendo que las instituciones públicas y los gobiernos no tenían que entrometerse en el ámbito privado de la fe; aprendimos que las instituciones no deben imponer o aconsejar las creencias religiosas. Ahora dejamos que los políticos se entrometan alegremente en el ámbito privado de la identidad individual bajo el lema lo personal es político.

Sobre el papel, la nueva religión del posmodernismo, la justicia social, asume que solo su concepción radical del mundo conduce a una sociedad justa; apuesta por desmantelar el poder y privilegios perpetuados de un sistema opresor y corrupto. Su supuesto subyacente es que el la injusticia está en todas partes, siempre, escondida, y si uno no se siente víctima o parte de un colectivo identitario con un ideario victimista pasa a ser sospechoso de participación con los poderes del mal. Como indican los autores de Cynical Theories, se trata de adquirir la creencia de que determinadas personas son frágilesla creencia en el razonamiento emocional por encima de la objetividad y la creencia en nosotros, los buenos, versus ellos, los malos.

Antes teníamos que ser católicos para ser buenos ciudadanos. Ahora los curillas posmodernos nos piden que adoptemos un imperativo moral basado en una ideología victimista para alcanzar la justicia social, sembrando prejuicios sobre la identidad intransferible de los individuos. Al implantar estos dogmas identitarios desde las instituciones, los políticos adquieren un aire a curillas que moldean las identidades colectivas con su visión monoteísta, dogmática y convierten la política en una lucha de suma cero.

Para ser buen ciudadano ya no tenemos que ser buenos católicos, ahora nos invitan a ser individuos emocionales pasivos e interpretar el mundo a través de una lente que detecta dinámicas de poder en cada interacción, obsesionados con cancelar a los otros e imponer nuestra superioridad moral. En España esta guerra cultural se libra desde el frente del populismo emocional que combate el asedio del fantasma del franquismo resucitado e implica cantar en las misas de las manifestaciones, participar en la guerra identitaria dejando que los curillas hablen en nuestro nombre, dar sermones de corrección política y cancelar a las voces disonantes en redes sociales.

¿Eres buena, bueno o buene?

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