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Demasiado pequeño para 'Breaking Bad'

Foto: mojzagrebinfo | Pixabay

Un día discutía -sanamente, sin acritud- con una madre inteligente a la que conozco de las redes, sobre las cosas que les dejo ver en la televisión o no a mis hijos. Bueno, en la televisión, no. En el ipad o el ordenador. Contrastábamos si son demasiado pequeños para que yo les deje ver las cosas que les dejo ver y esos asuntos recurrentes que nos preocupan a los padres en las familias de hoy.

Tengo dos hijos, uno que es achuchable, que se ajusta a la idea que los adultos tienen de la infancia, que defiende su inocencia y su ternura a brazo partido y otro hijo, el mayor, que es adulto casi, casi, desde el día en que nació. Vive para hacer chistes irónicos, para la comedia ácida, para la ciencia, para la química y la física y para corregir los errores que comete la gente al adjudicarle a Leonardo Di Caprio una película que no ha hecho, por ejemplo. Es seriéfilo, científico, cinéfilo y experto en series.

Sobre todo y por encima de todas las cosas, este niño de casi once años, vive para ver ficción. Esto, que quizá asustaría a otra madre, en mi casa lo vemos normal, porque a fin de cuentas, ha nacido en el hogar de una guionista que jamás le ha censurado demasiadas cosas, si acaso, Walt Disney. Todavía me acuerdo de su mirada de reproche cuando, viendo El rey león, tras la secuencia de la estampida, mi hijo de cuatro años agarra el mando, para la película atónito, cargado de lágrimas, y me grita: “¿Y dices que esta peli es de niños? ¿Y va y se muere su padre así, de golpe y sin avisar? ¿Pero cómo se te ocurre ponerme esta película de terror?”

Así que nada de Walt Disney y sí todo de los Men in Black, de Misión Imposible, de guiones complicadísimos de espías, acción, magos (The Prestige, de Nolan, la habrá visto veinte veces) y de viajes en el tiempo. Cuando no estamos contando historias, estamos inventándolas y cuando nos cansamos de inventarlas, las compartimos.

Madre mía, lo que me habría podido gustar estar toda la tarde con mi padre, cuando yo era una niña de 10 u 11 años, viendo series como Lost o Juego de Tronos. Tuve que esperar a bien entrada la adolescencia para que me dejara quedarme tarde con él, por la noche, a disfrutar de los diálogos irónicos de aquellas películas en blanco y negro que ponían a las tantas. Ahí aprendí los nombres de los actores de la época dorada, supe de directores como Billy Wilder o Elia Kazan, ¡oh… y aquel ciclo de Lubistch! En aquellas ficciones se forjó mi vocación. Ahora, la vida me ha dado la oportunidad de darle a mis hijos toda la ficción que me pidan y lo hago gustosa, revisitando con ellos series como Lost o Juego de Tronos.

Ya, ya, no son series, en teoría, para niños tan pequeños, pero caray, a ninguno os parecen muy jóvenes para ponerles corbata y chaqueta azul para ir al colegio y sin embargo, muchos los visten de ejecutivos y los lanzan a estudiar nueve horas al día.

Yo tengo la teoría radical de que los niños nunca son muy niños para nada, porque la vida, la real, no hace distinciones entre niños y adultos. Son ellos mismos los que distinguen perfectamente lo que les gusta, lo que es apropiado, lo que les afecta, lo que les da miedo… aunque a veces necesiten nuestra ayuda para interpretar sus reacciones y reconducir la situación. Además, las más duras verdades de la vida, mis hijos las aprendieron antes que muchos adultos.

Anoche, me dice el niño que quiere ver conmigo Breaking Bad. Por unos instantes pienso: esa serie es muy de adultos. Luego borro el pensamiento. ¡Sí, cielo, que yo nunca la he visto! Y nos ponemos a verla, y le encantan los personajes y los diálogos y su abuela me mira extrañada horas después: “Es muy buena esta serie, pero… ¿Cómo puede gustarle? ¿Lo entiende todo? Una serie que va de las conversaciones adultas de una familia, que va de la cobardía o la valentía de enfrentarse al cáncer, en la que celebran largas reuniones familiares -llenas de humor, sí- sobre lo que es un tratamiento de quimioterapia. No lo entiendo… pero lo ve con intensidad, absorto, riendo a carcajadas”.

Y yo me callo y no le digo a su abuela: “pues porque domina las claves adultas gracias al lenguaje de la ficción, de las películas “adultas”. No busca escapismo en ellas, busca información, busca las respuestas que le faltan. Porque a ver, ¿no comprendes? Su padre pasó por todo esto que está pasando Walt, el protagonista, porque quizá no lo recuerde, pero hay una memoria interna, olvidada, y este niño estaba en la barriga de su madre cuando su madre se sentaba ante el oncólogo, en una escena como la que acabamos de ver, y luego tuvo dos meses, tres meses, seis meses, un año, dos años, tres años, cuando venía con nosotros al hospital de día, cada quince días, a ver cómo su padre se sentaba en una silla reclinable de estas, igual de horrorosas, con un gotero de quimioterapia en el brazo, esclavo de la medicina actual, resignado, con buen humor. Aquel niño paseaba entre los enfermos de cáncer y les preguntaba cosas y les hacía dibujos. Y habría quien pensaría: ¿Y este niño no es muy pequeño para ver esta miseria? Pero no lo era, porque yo sabía que tenía que vivirlo, que si no vivía el cáncer como un idioma que se aprende, iba a sufrir una catástrofe emocional el día en que muriera su padre. Porque su padre se iba a morir y eso no iba a haber forma de taparlo.

Los que somos del gremio literario alabamos, a veces, demasiado la lectura y poco, demasiado poco, la ficción audiovisual y su poder para penetrar en todos los estados del alma. Las series no solo nos dan entretenimiento, también poso y pared de rebote ante nuestras preguntas inconscientes. Nos presentan ante situaciones en las que nos miramos como espejos y nos obligan a hablar como hablé yo con él más tarde: “Tu padre vivió esto que está viviendo Walt, pero no de esta forma tan agresiva”. “¿Mi padre también perdió el pelo? Yo recuerdo a papá con pelo”. “No, cielo, no del todo. Pero perdió mucho peso”. “Mamá, me acuerdo de él. Me acuerdo de él todos los días”. “Y yo cada vez que tú y yo vemos juntos cualquier cosa que nos gusta”.

Vean series, vean series con sus hijos, vean series en soledad, déjenles explorar y ver, y sobre todo, compartir, no se sientan culpables por vivir enganchados a las series por tragarse ocho capítulos seguidos con el hijo o el marido o el hermano. Los niños saben ser niños si quieren, sin necesidad de que les ayudemos a serlo y las series también son cultura. Las series son, incluso, vivir.

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