Joaquín Jesús Sánchez

Derribemos todas las estatuas

«En Estados Unidos están tirando estatuas sin mucho criterio: lo mismo arramblan con el monumento a un amado prócer que se enriqueció comerciando con esclavos que vandalizan un busto de Cervantes»

Opinión

Derribemos todas las estatuas
Foto: JAIME REINA| AFP
Joaquín Jesús Sánchez

Joaquín Jesús Sánchez

Joaquín Jesús Sánchez (Sevilla, 1990) estudió Filosofía y escribe crítica de arte, crónicas malhumoradas y artículos de variedades. Puede seguir sus trepidantes aventuras en www.unmaletinmarron.com

En Estados Unidos están tirando estatuas sin mucho criterio: lo mismo arramblan con el monumento a un amado prócer que se enriqueció comerciando con esclavos que vandalizan un busto de Cervantes. Intolerable, oiga. Lo cierto es que el monumento, como invento, deja mucho que desear. Un pedestal con una figura que conmemora algún hecho glorioso o a alguien admirable. Venga mármol, venga bronce y perpetua memoria para que luego la posteridad se quede cortita: se cambia de régimen o de gustos y lo que iba a durar para siempre termina en la chatarrería.

Ni siquiera hace falta que lleguen los bárbaros. Hagamos la prueba de preguntar a los paisanos de cualquier lado quiénes son los mozos a caballo o las muchachas alegóricas que hay en las plazas y verán la sorpresa. Ni idea. Es sorprendente cómo el empeño por evitar el olvido lo provoca tan rápidamente. ¿Quién fue el cabo Noval? ¿En qué guerra luchó Eloy Gonzalo? ¿Qué es esa cosa que hay en la rotonda de Legazpi? (Y a todo esto, Legazpi ¿quién demonios es?).

La estructura del monumento (pedestal, retrato o alegoría, placa conmemorativa, etcétera) entró en crisis hace siglo y pico. Se suele mencionar, cuando se habla del asunto, el Balzac de Rodin. Es curioso cómo el devenir de la escultura desde entonces no ha afectado en nada la cuestión monumental. Hace nada se inauguraba en Madrid un mamotreto a los últimos de Filipinas. Un señor con gorra y bigote subido a un pedrusco de granito, la pura expresión del arte reaccionario y decimonónico.

La pobre calidad artística de la mayoría de estas obras debería tranquilizar a los que se lamentan por su derribo. La posteridad no se está perdiendo nada. He leído algunas comparaciones exaltadas con la destrucción de Palmira por parte del Daesh y una evocación de la destrucción de una estatua de Atenea hace 2.000 años. No me molestaré en desmontar estas majaderías. A los que se apenan por el agravio al legado de tipos ilustres les digo una cosa: lo mejor que le ha pasado a fray Junípero es que le pintorreen. La destrucción de su estatua hace más por su recuerdo que su preservación. Si no, seguiría ninguneado en mitad de una plaza, sirviendo de reposo a las palomas.

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