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Educar con humor

Foto: Allen Taylor | Unsplash

“Científico o humorista. Humorista y científico. Vale, seré científico, pero lo que más me gusta del mundo es hacer reír, así que usaré la risa para colarle a la gente todas esas cosas sesudas y científicas que son supuestamente aburridas”. Estas palabras me las dijo uno de mis hijos hace tiempo y hace aún más tiempo, yo le dije: “el humor nos salva de todo. El humor es la esencia de la felicidad. No hay mayor placer que dar y recibir carcajadas. La risa es la llave de todos los corazones”.

Por supuesto, me equivocaba, porque no todos los corazones tienen cerradura. Hay quien no ha sido educado en el humor, no habla su lenguaje y no es capaz de reconocer una broma. También hay quien ha sido educado en la ofensa, en la idea de que todo ha de ser siempre serio y exacto y el humor es una de las más generalizadas formas de inexactitud. Se tiene la idea -todos la tenemos, aunque queramos no tenerla- de que la brillantez académica, por ejemplo, o literaria, están en la seriedad, en la exactitud, en la profundidad intelectual o en no romper la norma, por ejemplo, o de que lo sesudo siempre es más sesudo si no tiene maldita la gracia. Pero esto es porque se considera que el humor mayoritario es superficial. Y quizá lo es, pero también la seriedad, la literatura, el pensamiento supuestamente “de calidad”, suelen ser mayoritariamente malos y tan carentes de entidad como poco gracioso es el humor grueso y supuestamente popular.

De lo que se habla muy poco es del humor en la educación de los hijos y su papel épico a la hora de ayudarnos a soportar las inseguridades y dolores de la paternidad. O mejor aún, a la hora de que nuestros hijos nos soporten a nosotros. Yo no sé cuándo tuve la revelación del humor, de educar a mis hijos con humor. Claro, ahora tengo teorías, que para algo he llegado a la educación secundaria con mi primer hijo, pero cuando empecé a educarlos no tenía ni ideas ni teorías ni le veía la gracia a que mi hijo no durmiera. A que no durmiera nunca. A que siga sin dormir.

La cosa es que uno es padre de golpe, te ponen un bebé en los brazos, y como el niño no hace chistes, ni bromas, pues no sabes de qué pie cojea, el chaval, así que es imposible inventarse una teoría sobre cómo debes educar a ese niño que no duerme, hasta que empieza con el sarcasmo, por ejemplo, y con sus preguntas sobre la órbita de la luna. Así que educar, en realidad, es, primeramente, cubrir necesidades y corregir. Corregir conforme a un patrón invisible que, imagino, está dentro de cada padre conforme a sus valores, ideas, creencias, herramientas, traumas y esperanzas.

Yo no soy mejor madre que nadie, y como corregir siempre me ha resultado muy antipático y mis hijos son muy tercos, decidí hacerlo con gracia. Para ablandar su resistencia, nada como deshacerlos en carcajadas. Cuando uno se ríe, se pierde la fuerza. La risa es la entrega total. La verdad es que primero hice lo de todo el mundo, pero la frase NO HAGAS ESTO, los ponía muy rígidos, así que decidí empezar con un preámbulo gracioso. Es un poco como asustar a los pulpos en agua fría para que no queden correosos al cocerlos. Empiezo con un chiste, ¿vale?, con un ingenio, no hace falta ser el Gran Wyoming, que los niños son muy agradecidos, y si no se ríen, pues se intenta de nuevo, que a nadie le queda tierno el pulpo a la primera. Si te lo propones, los hijos te vuelven gracioso, porque las cosas como son, corregir a un niño es la tarea más dura del mundo y uno acaba no corrigiendo por desesperación y dejando que el niño haga cosas terribles, como contar chistes malos, o peor, volviéndose serio. Una de las primeras cosas que me empeñé en corregirles a mis hijos fue la seriedad. Mi hijo mayor nació muy cabreado, cosa que entiendo perfectamente. Traía dos vueltas de cordón alrededor del cuello, sufrió once horas de contracciones y estrangulamientos, le metieron en una incubadora, lo separaron de su barriga favorita y durante sus dos primeros meses de vida nos miraba con rencor. No era un bebé nada rico. No sonreía ni a tiros. Esto fue bueno, porque me obligó a darle muchas vueltas a mi propio sentido del humor. Lo intenté todo, hasta que dejé de preocuparme, me eché a reír y el tío me imitó. Este fue un momento eureka. Si te ríes, ellos se ríen. Si ves las cosas sin demasiada seriedad, ellos dejan de dar miedo.

Ya digo, al principio no tenía una teoría, pero tengo la suerte de ser más o menos graciosa, porque nací en una familia de graciosos. Así que, mientras corregía a mis hijos sin que se notara mucho, descubrí que el humor servía para todo. Para desactivar una situación tensa, para desarmar una pelea entre hermanos, para que el puñetero niño se comiera la sopa, para no cabrearme porque el mayor no quisiera dormir, para que hicieran los deberes, para que leyeran, para que soportaran el aburrimiento escolar, para todo. Mi hijo sigue sin saber dormir, pero al menos nos pasamos la noche riendo.

Gracias al humor, empecé a disfrutar de todo lo que hacía con ellos y cuanto más los educaba en el humor, más nos reíamos y con tal buen humor, empezamos a abrir brechas en todos los frentes. Y hemos tenido frentes, trincheras y dolor.

El humor es mi ganzúa, el sofrito de mi existencia, la navaja suiza de las emociones, la rueda de repuesto de todos los pinchazos familiares. El humor nos rodea de amigos, toca el alma del profesor más hueso, les ayuda a aprender, a memorizar, a grabar la información a superar los males y a aceptar la muerte. Nada me puede emocionar más que ver a mis hijos reír a carcajadas. Bueno, quizá una cosa, cuando al acabar de reír me dicen: “mamá, gracias por ser graciosa”.

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